El Choco Millán puede considerarse un hombre feliz: después de asesinar a mansalva a tres personas, la justicia boliviana le ha dado 15 años de prisión, lo que hace suponer que el querubín estará de nuevo paseando por las calles en seis o siete años. Ya estuvo preso en Sucre pero algún juez benévolo y generoso lo hizo salir de la cárcel.
Millán, junto a su banda, secuestró a tres turistas y después de vaciarles las tarjetas de crédito estranguló a los dos austriacos y le dio un tiro de gracia en la cabeza a un ciudadano español que vino a conocer Bolivia.
Los padres de los europeos vinieron hasta nuestro país no para ver las hermosas ciudades donde sobrevive algo de lo colonial ni para ir a nuestra selva o al salar de Uyuni. No, llegaron a nuestro país para pedir justicia y ésta demostró que en Bolivia, por lo menos, es ciega, sorda y muda. Porque además de que Millán recibió la mínima pena, sus dos cómplices tienen apenas tres años y tres años y medio, lo que hace suponer que ni siquiera estarán en las cárceles.
El generoso juez del caso se defiende señalando que los tres reconocieron su delito. A mí eso me parece muy bien, pero no creo que eso debería servir de excusa para darles tan bajas condenas.
Por el juicio abreviado se ahorra dinero al Estado. Muy bien. Pero ¿y la justicia para con los asesinados?
A todo esto hay que sumar el hecho de que a raíz de la muerte de los austriacos y del español, muchos turistas ya no vinieron a Bolivia y que varios países sugieren a sus pobladores no viajar a estas tierras. Menos turistas, menos ganancias para el país. O sea que el crimen contra los europeos cometido por el Choco y sus secuaces también es un crimen contra el país.
Hace algunos años en Cuba, un grupo similar al manejado por Millán mató a un turista. Se los capturó y luego se los fusiló. No pido tanto, pero la señal fue muy clara. Quien atenta contra la economía tiene que ser castigado. De manera que los turistas en la isla de Fidel pueden pasear tranquilos.
De nada servirán programas de protección a los ciudadanos, o una mayor acción de la Policía Turística si es que los jueces y fiscales siguen dejando libres a los delincuentes o les dan penas del tipo de “no podrás comer hamburguesas los próximos tres meses”. Francamente, en este país la impunidad reina. Los delincuentes de guante blanco o manchado con sangre salieron ganando con el Nuevo Código de Procesamiento Penal. Y los bolivianos estamos aprendiendo a vivir con el Jesús en la boca.
Sin una política férrea de castigo al delito y sin la construcción de nuevas y más severas cárceles, seguiremos lamentando la inseguridad en la que vivimos.
Por supuesto, esto debe estar acompañado de una política de creación de empleos. No desconozco que parte del delito tiene su origen en la pobreza y en la falta de laburo. Pero otra parte solamente está basada en el deseo de aprovecharse por la fuerza de lo que otros consiguieron con su trabajo. Me imagino que todavía el caso será apelado e irá a la Corte Superior, donde espero que se les dé las más severas penas a estos delincuentes confesos. Mientras tanto, después de escribir esta columna sólo espero que en seis o siete años el Choco Millán no me venga a buscar. Para mi buena suerte no tengo tarjeta de crédito, aunque suene a triste consuelo.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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