Científicos bolivianos lograron criar en cautiverio una especie silvestre en miras de su aprovechamiento. Con raíces prehistóricas, esta perdiz es la más antigua de las aves y una veta por estudiar.
Texto: Liliana Carrillo Valenzuela • Fotos: Miguel Carrasco y Álvaro Garitano-Zavala
Hace al menos 100 millones de años, lo que es hoy el altiplano boliviano era un bosque tupido de queñuas. Era reino de dinosaurios y, entre varios gigantes misteriosos, habitaban los celulosaurios, unos viejos antepasados de las aves. “¿Tendrían plumas, serían omnívoros?”, se pregunta Álvaro Garitano-Zavala Burgos. Desde su laboratorio en el campus universitario de Cota Cota, el doctor en Biología halló en una especie de ave nativa, la pisacca, una veta de respuestas a estas interrogantes.
La pisacca (nothoprocta ornata) es un ave silvestre, muy similar a la perdiz, que habita en las montañas, altiplanicies y cabeceras de valles secos interandinos de los Andes Centrales sudamericanos, entre los 3.500 y los 4.800 metros sobre el nivel del mar. Hasta aquí, las presentaciones de rigor.
Garitano-Zavala, tras años de estudio, ha concluido en que “las pisaccas pertenecen al grupo de las aves vivientes más antiguas, desde su origen de dinosaurios”. Además, ha logrado que esta especie silvestre sea por primera vez criada en cautiverio, en miras a su aprovechamiento económico.
La abuela de las aves
Rodeado de cientos de frascos con aves en formol, cascarones diversos de huevos coloridos, microscopios, una computadora y libros, el experto explica que el hábitat natural de la pisacca de extiende desde Cusco, en Perú, hasta Tarapacá, en Chile, y comprende todo el altiplano boliviano. “La pisacca pertenece al orden de las Tinamiformes, aves con una única familia (Tinamidae) y nueve géneros exclusivamente neotropicales”, añade. Es decir, que las Tinamiformes habitan exclusivamente en territorio latinoamericano, donde se han distribuido en 47 especies. En miles de años, soportaron la amenaza de los depredadores, cambios climáticos y aún hoy sobreviven como las aves más antiguas.
Tres argumentos permitieron al biólogo elaborar la tesis del primitivismo de las pisaccas: primero, el cascarón de sus huevos es muy delgado respecto a la masa. “El huevo va creciendo como cristal, lo que genera un aspecto pulido, igual que los huevos fósiles de dinosaurio que se han hallado”. Segundo, “la siringe de la tráquea tiene músculos simples que producen sus cantos”. Se cree que los dinosaurios también emitían ruidos por un sistema similar. Y tercero, “las pisaccas presentan un tracto digestivo que es muy simple y sin especialización”: otro rasgo eminentemente primitivo.
“Estudiando el comportamiento de estas aves quizás podremos descubrir muchas cosas de dinosaurios”. Esa la importancia de la propuesta científica que permite descubrir esta particular especie en la que las hembras mandan.
Feminocracia entre plumas
17 pisaccas adultas pasean nerviosas en su jaula instalada en el campus de la UMSA. Sus cuerpos gordos y compactos presentan alas timoneras cortas y débiles que parecen más bien pelos. Vuelan poco y mal; por eso, para defenderse de zorros, aves de rapiñas y del hombre en el altiplano, deben contar con buen camuflaje.
Sus plumas grises y cafés, contorneadas con bordes negros, dan el perfecto disfraz. Entre la tierra y los matorrales, quietas, son prácticamente invisibles. Pero ahora, con la visita de intrusos a su jaula, están alborotadas: tres intentan meterse a un nido y el resto mueve la cabeza en una especie de baile frenético. “Las hembras son las más agresivas. De hecho, hay una dominante que marca su territorio lastimando, y a veces matando, a otras hembras y también a los machos”, explica el biólogo.
Si la sociedad de las pisaccas fuera la humana, seguramente el macho sería el héroe de todas las telenovelas. Él es el que se encarga de empollar los huevos durante días y, cuando nacen los pollos, debe cuidarlos hasta se mantengan por sí mismos, soportando a veces los picoteos de las malhumoradas hembras, cuya labor parental se reduce a poner los huevos e irse.
“Hemos comprobado que hay un alto índice de abandono de la nidada por parte del macho. Suponemos que como le resulta fácil ir a fecundar otras hembras, sencillamente se va”, dice Garitano-Zavala quien explica así la creencia popular que dice que si un humano mira o si siquiera su sombra toca el nido, éste es abandonado y todos los pollos mueren.
En su natal altiplano
Habitante desde tiempos inmemoriales del altiplano, la pisacca adquirió fama por su particular chillido agudo —“¡Pissssak\'a, Pissssak\'a!”— que emite cuando huye de sus depredadores, y tiene muchos. Ese grito la ha bautizado, tanto en aymara como en quechua, como p\'isaka, nombre que, en castellano, se escribe pisacca. “Es muy común que las aves reciban nombres onomatopéyicos por los sonidos que emiten: así está el Leke leke, Puku puku o el Yaka yaka”, explica Garitano-Zavala.
La pisacca es tradicionalmente un ave de presa. Cuando nieva en las comunidades, es una tradición que los jóvenes de las escuelas salgan a la cacería de las pisaccas siguiendo las huellas que dejan en el piso nevado. En pequeña escala, desde las ciudades, eventualmente también llegan cazadores.
Con todo, el ave no goza de buena fama en el campo. “Algunas comunidades las consideran una plaga porque se comen los granos de cultivo e incluso llegan a escarbar y a picotear las papas”.
Sin embargo, el potencial de esta especie es enorme si es que pudiera criarse y reproducirse en cautiverio. Este fue el siguiente reto para los biólogos.
Criando a un ave silvestre
El proceso histórico de la domesticación de los animales silvestres fue largo y lento. “Se necesitaron varios milenios para llegar a la actual simbiosis entre el humano y los animales que dependen de sus cuidados, al tiempo que le prestan sus valiosos servicios”, apunta la doctora en Biología, Cecile Belpaire de Morales. Por ello, el concebir e iniciar el proceso de domesticación de la pisacca en el altiplano no fue tarea sencilla.
“Las pisaccas prometen aprovechamiento: su carne es deliciosa, no tiene grasa y es baja en colesterol. El huevo es grande para el tamaño del ave, tiene un atractivo color chocolate lustroso y es sabroso”, explica Garitano-Zavala quien desde el año 2000 encabeza un proyecto experimental para la crianza de la nothoprocta ornata, financiado por la Autoridad Binacional del Lago Titicaca.
Dos comunidades lacustres paceñas sirvieron para hacer el experimento piloto: Qorpa, en la provincia Ingavi, y Sahuiña en la provincia Manco Capac. “La idea fue instalar con tecnología simple criaderos que sean baratos y significaran un ingreso extra a los comunarios”. Así se instalaron jaulas que se iniciaron con una decena de aves. Siete años después, son cientas las pisaccas descendientes de las primeras que viven en cautiverio y otro tanto ha sido vendido. A ello se suma una enorme cantidad de huevos comercializados.
En el proceso hubo un solo problema, que fue la máxima atención que merecen los huevos y los pollos y que no siempre reciben del padre. “Instalamos incubadoras y así se reproducen fácilmente”, apunta el biólogo que está a punto de finalizar la segunda etapa del proyecto, que continuó con el aporte GEF del Banco Mundial.
Un tercer criadero fue instalado en el campus universitario de Cota Cota. “Hay mucho por investigar, éste es apenas un eslabón del proceso”, concluye el científico.