Dejando al margen la secuencia de eventos y sus consecuencias. Suponiendo que hemos retornado a la normalidad, a ese hábito de resolver las cosas mediante “la política en las calles”. Pero cambian algunas cosas, porque cambia (casi) todo cambia. Y me interesa precisar un desplazamiento discursivo que muestra nuevos ingredientes en el tratamiento de los problemas o en el despliegue de la conflictividad. Me refiero a la disputa por el sentido de la democracia, al margen de los cálculos estratégicos de los actores políticos o de las demandas maximalistas de los movimientos sociales, sean cívico-regionales o campesino-indígenas.
Como se sabe, las ideas centrales —que expresan demandas y propuestas— son motivo de disputa por parte de actores políticos y sociales que enarbolan discursos en cuyo seno adquieren determinado significado. Así, la nacionalización tenía un sentido en el discurso de Carlos Mesa, otro en el de la Fejuve de El Alto, y era distinto su significado en el caso del MAS. Pasa algo similar con la demanda de autonomías territoriales que, precisamente, muestra la diferencia entre los discursos de los actores sociales que apelan a lo regional o a lo étnico y le proporcionan sentidos distintos —con efectos legales y territoriales diversos— al tema en cuestión. Otro ejemplo es la propia Asamblea Constituyente en cuanto proceso de reforma estatal porque era (y es) entendida de distinta manera por los actores políticos de acuerdo a su visión de las cosas, es decir, su discurso. Así, tanto la “refundación del país” como la inutilidad de su realización pueden discurrir como ideas cuyo significado resulta del lugar que ocupa ese elemento en el orden de un determinado discurso.
Estas son reflexiones elementales que nos permiten abordar un tema que distingue a la actual coyuntura y explica en parte la densidad de las movilizaciones sociales, la profundidad de las divisiones regionales y el retorno exacerbado de la polarización política. Porque, a diferencia de los acontecimientos del año pasado y de este primer semestre, entró en disputa el sentido de la democracia y la confrontación se expresa en la articulación de su sentido a discursos contrapuestos. Sin duda, la democracia como participación y proceso de inclusión política era y es un elemento articulado al —y por el— discurso del MAS; la victoria electoral de Evo Morales sintetizó esa idea y la legitimidad de sus decisiones gubernamentales reposa en ese sentido progresista de la democracia y se traduce en la consigna oficialista de “revolución democrática y cultural” que contiene una tensión irresuelta en su formulación.
En las últimas semanas, a partir de la conducta del MAS en la Cámara de Diputados, en torno al juicio al Tribunal Constitucional, y en la Asamblea Constituyente respecto al tema de la capitalidad plena, la oposición levantó la bandera de la “defensa del Estado de derecho” como expresión de reivindicación democrática frente a los supuestos afanes totalitaristas del partido de gobierno. Y detrás de esta reivindicación, la democracia fue vinculada a la libertad y la conducta masista a su negación. Por su parte, el MAS cuestiona las acciones opositoras como conspiración y atentatorias contra el proceso de cambios promovidos por el Gobierno y apela a la democracia en vínculo con esas transformaciones. Esta disputa marcará el curso de los acontecimientos y definirá, en parte, la fortaleza de los actores políticos y sociales a la hora de concertar para resolver la crisis actual o resolverla mediante el enfrentamiento. La democracia, pues, está en juego.
*Fernando Mayorga es sociólogo.
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