¿Dónde están y con cuánto nos ayudan? Se deben corregir las anomalías que existan para normar la presencia de la cooperación internacional, pero guardando siempre las formas diplomáticas, sin estridencias, y además con el respeto y el reconocimiento expreso que se merece...
La cooperación internacional que Bolivia recibe anualmente pasa de los 400 millones de dólares, por lo que es una de las mayores que se tiene en América Latina. La cuestión está en que no está adecuadamente controlada y administrada, lo que podría atribuirse a una falencia del país, antes de descargar supuestas culpas a los donantes.
El Gobierno debería manejar este delicado tema con mucha prudencia, desde el momento en que el país, de todos modos, es el beneficiario. Ante la posibilidad de que pudieran existir observaciones, lo que corresponde hacer es manejar esto con mucha discreción y no como algo político o policiaco.
En el caso de que haya o se sospeche que tiene estos ingredientes, lo correcto es poner en práctica la vía diplomática, que es la que se ajusta a las relaciones entre países y organismos externos. Al hacer uso de mecanismos mediáticos, como se dio últimamente con la asistencia estadounidense, lo único que se consigue es malograr una cooperación de antigua data.
En todo caso, sin duda alguna, la cooperación internacional debe merecer la gratitud permanente de los bolivianos y de los propios gobiernos, sean del signo que sean. Y si hay que hacer ajustes o buscar la forma de aprovechar de la mejor manera posible la ayuda que se recibe, se debe imponer el diálogo cordial, que es el que rinde mejores frutos, en toda circunstancia.
De momento, se advierte que en la cooperación internacional existen algunas confusiones o malos entendidos. Consultas realizadas por La Razón han permitido establecer que los países cooperantes saben en qué se usan sus recursos, pero el Estado sólo conoce una parte del manejo de esos fondos.
Los recursos son dispersados en la atención de una variedad de necesidades y proyectos nacionales. Se dan también casos en que se desarrollan esfuerzos dobles, porque los gobiernos no identifican prioridades para centralizar el dinero de la cooperación en áreas específicas y, de esta forma, tener resultados concretos y, por supuesto, un mejor control.
En los últimos días se supo que se elaboran o están ya concluidas dos normas legales, una en el Ministerio de Planificación del Desarrollo y otra en la Comisión de Política Internacional de la Cámara de Diputados. No sólo se trataría de regular la cooperación bilateral, sino también la que se encauza a través de las ONG (organizaciones no gubernamentales).
En el caso de que estos proyectos puedan ser unificados y debidamente compatibilizados con la cooperación internacional y las ONG, convendría hacerlo pronto. Ahora, si son independientes, uno de otro, tal vez sea adecuado tener dos instrumentos legales debidamente separados, pero igualmente puestos en práctica cuanto antes.
Esto es lo urgente en la actualidad, de manera de corregir las anomalías que existan en esta materia, pero guardando siempre las formas diplomáticas, sin estridencias, y además con el respeto y el reconocimiento expreso que merece la cooperación internacional, partiendo del principio de que son los bolivianos los que se favorecen con ella y no incurrir en el error de que son los cooperantes los que nos hacen el servicio de ayudarnos. La soberbia no es buena consejera y mucho menos cuando se trata de naciones amigas dispuestas a ayudar.