Es una mole cuadrada, asentada en un cerro y, al mismo tiempo, suspendida por encima de la ciudad; por lo mismo, su imagen y su ser compiten entre la levedad y la fortaleza. Sin embargo y, contradictoriamente, esa doble cualidad no interrumpe el paisaje ni lo agrede, se integra a él, siendo al mismo tiempo cerro y aire. Es la Capilla del Hombre. El museo de la obra del pintor Osvaldo Guayasamín, que en la ciudad de Quito celebra, testifica y recrea los últimos cincuenta años de la historia de América Latina usando el lenguaje esencial del arte.
Allí estamos todos, sin importar el lugar que ocupamos ni el tamaño de nuestras fuerzas. En sus paredes descomunales están pintados el dolor y la furia; el miedo y la esperanza de nuestra historia reciente. Sus pinceles recorrieron el dolor de las dictaduras, la furia de sus batallas, el ansia de libertad, el miedo sembrado durante la represión y la esperanza de destruir la pobreza.
El nombre del museo no es casual, se trata, en efecto, de una Capilla del Hombre. Un lugar de recogimiento, consagrado al ser humano, a sus amores y odios, a sus levantamientos y caídas… a sus señales atávicas de construcción y destrucción.
La puerta de ingreso obliga a entrar a una sola persona por vez, con la soledad recargada del individuo. Apenas se recorre el pequeño pasillo de ingreso se abre, enorme, mística, la copa ceremonial, en cuyo centro arde una llama eterna, la de la vida, que es también la de la muerte. Si los ojos quedan prisioneros de esa llama, casi al instante un haz de luz natural obliga a levantar la mirada hacia un cono en que el maestro Guayasamín inició las siluetas de mujeres y hombres ascendiendo desesperadamente hacia el cielo, hacia la Búsqueda de Luz. Precisamente así se llama ese mural circular (otra contradicción de la forma, otra provocación del pintor), que fue inspirado por el Cerro de Potosí y las vidas de miles de mineros que éste consumió. Por fuera, ese símbolo del cerro está recubierto con planchas de bronce donadas por el pueblo chileno, que tiene su propia deuda con ese mineral.
La estructura cuadrangular del centro ceremonial va acompañada de dos naves. En una se puede apreciar el mural de la Piedad, inspiración terrenal a partir del cuadro religioso. A diferencia de la imagen mística, en la de Guayasamín Cristo está desnudo, los halos desaparecen y los rostros son, una vez más, esa expresión ocre de tierra, piedra y agua con la que el pintor ecuatoriano reflejó siempre lo latinoamericano. En la otra nave hay una galería de fotos que reflejan, paso a paso, nuestra historia. Allí están los rostros y los momentos de ayer y de ahora de los países de nuestro continente. Allí están Bolivia y muchos de sus personajes políticos desde la década de los cincuenta, como está su pueblo en los murales.
Quienes hemos transitado esos momentos y visto con interminable asombro, admirado, repudiado y hasta temido a muchos de esos personajes, la Capilla del Hombre no nos parece un monumento ecuatoriano, sino propio. Probablemente Osvaldo Guayasamín pensó en eso y nos dejó en esa construcción y en su obra una larga, interminable, carta de amor. Para seguir creyendo que la justicia y la libertad no son un sueño imposible.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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