Cochabamba y una nueva identidad Solamente en la medida que quienes ostentan hoy liderazgos a medias y/o representan a grupos de poder logren concentrarse en la renovación de la identidad regional enfocada en la reconstrucción de 'esa comunidad social”, habrá aporte al país.
En Bolivia existen, en este momento, regiones que además de su propia identidad han cobrado un particular liderazgo por encima de otras. Si se menciona a Santa Cruz, la referencia inmediata es que es la fuerza del desarrollo económico, la pujanza y, en el último tiempo, goza del liderazgo por la autonomía departamental. Tarija es hoy identificada con el futuro y la esperanza, gracias a las reservas de gas natural. La Paz es advertida por ser la sede de los poderes y el pivote de las decisiones políticas. En años recientes, la ciudad de El Alto cobró protagonismo por la fuerza de sus movimientos sociales. En este breve recuento, Cochabamba, que es considerado el tercer departamento más importante del país, aparece en el escenario con un perfil difuso y con una personalidad que parece extraviada.
En el pasado, Cochabamba era más que el núcleo geográfico de Bolivia. A lo largo de su historia fue centro de iniciativas históricas, políticas, económicas, culturales y cívicas. La región había acuñado títulos como el granero de Bolivia, el corazón de la República y de Sudamérica. Por su ubicación geográfica era, además, un núcleo de convergencias camineras, un centro de decisiones sociales y un motor de la industria manufacturera, así como del comercio. Llegó a tener el perfil de integrador de la nacionalidad boliviana y de articulador.
Hoy es inevitable preguntarse, ¿dónde están todos esos títulos?, ¿adónde quedaron?, ¿cuándo se extravió la vocación, la pasión, la identidad, la comunidad?, ¿para dónde partieron?, ¿qué sucedió?
Cochabamba yace herida, con una identidad, un protagonismo y un liderazgo empobrecidos. Dos acontecimientos político - sociales han marcado profundamente a la región: la denominada Guerra del Agua que sacudió a Cochabamba en abril del 2000 y la desprendió de su letargo, sí, por una demanda cívica por la que se venía bregando durante décadas, pero que, a su vez, mostró la fragilidad de una sociedad. Y más dolorosa todavía que la primera, la crisis política más reciente donde los cochabambinos no pudieron mirarse de frente, se encaramaron en una lucha enceguecida por el poder, allanando el camino a la violencia y descartando las posibilidades de reconciliación social. Fue enero que parece haber abierto una profunda herida en su sociedad, deprimido sus estructuras, divorciado a los grupos sociales, endeudado su desarrollo, apagado su liderazgo, ensombrecido su protagonismo y, finalmente, resignado su identidad.
Cochabamba parece haber perdido el sentido de comunidad y solamente en la medida que quienes ostentan hoy liderazgos a medias y/o representan a grupos de poder logren concentrarse en la renovación de la identidad regional enfocada en la reconstrucción de “esa comunidad social y democráticamente fuerte”, habrá aporte al país. De lo contrario, el departamento, como un karma, seguirá cargando y reproduciendo los problemas estructurales de Bolivia: la división política y social, el desempleo, la migración, el desarrollo económico mediocre y el ahuyento constante de oportunidades.
A Cochabamba le sobran las posibilidades para afincar una nueva identidad y ser el lugar de encuentro, de la reconciliación que tanto requiere Bolivia en los momentos actuales.