El joven médico había aceptado unirse a Castro para derrotar a Batista. En la foto, de 1956, cuando la policía mexicana les detuvo. Ya Guevara se había entrenado para el combate.
A los 28 años, el médico argentino subió al Granma para atracar en la isla y librar la guerra de guerrillas que terminó en victoria. Pronto, el comandante se daría cuenta de que una revolución aislada no tenía futuro. Quería crear un bloque internacional.
EL FRUSTRADO INTENTO DE GUATEMALA POR RECUPERAR SUS FRUTALES DEL DOMINIO DE EEUU FUE ATESTIGUADO POR ERNESTO GUEVARA. SU INDIGNACIÓN HALLÓ UNA SALIDA EN LA REVOLUCIÓN QUE LE PINTÓ FIDEL CASTRO.
En 1955, Ernesto Guevara de la Serna se encontraba en la capital mexicana, donde conocería a Raúl Castro, primero, y a su hermano Fidel, después. Hasta allí había llegado luego de recorrer Centroamérica: Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. En este último país se había visto, en 1954, en medio del intento socialista de Jacobo Arbenz de terminar con la explotación de los recursos frutales por parte de la estadounidense United Fruit Company. La reacción de la empresa, presente en toda la zona, se fortaleció con la ayuda de la CIA y así puso fin al proceso. Guevara no pudo luchar, como hubiese deseado, al lado de los seguidores de Arbanz. Pero ayudó acarreando armas y hasta llegó a manejar un cañón antiaéreo.
Una vez que el presidente guatemalteco se vio obligado a exilarse en México, él buscó un salvoconducto en la embajada argentina y, pese a que se le ofreció volver a su país, se dirigió al norte. “Dejé Guatemala derrotado, unido al pueblo de ese país por un sentimiento común de pena”, escribió, y le contó a su madre, en una carta, que sentía “furia contra los Estados Unidos”.
En México se produciría el decisivo encuentro con los Castro que habían salido de la isla luego de darle dolores de cabeza al dictador Fulgencio Batista, a quien no le perdonaban su servilismo a EEUU y su corrupción. Como explicaría Fidel, el afán por derrocar a ese gobierno no se había detenido ni mucho menos. Iba a rearticularse desde México. Guevara, a quien los cubanos ya llamaban Che, decidió unirse a la revolución y desechar, para siempre, sus opciones de ir a EEUU o a Francia, o de reencontrarse con su amigo Alberto Granados en Venezuela.
Nace el Comandante A principios de 1956 comenzó a entrenarse con la gente de Castro: clases teóricas de guerra de guerrillas, pelea cuerpo a cuerpo, tiro a blancos móviles. Se destacó nítidamente y llegó a ser líder, pese a los recelos de muchos de los cubanos.
El 25 de noviembre de 1956 comenzó el operativo. En febrero del siguiente año, el Che era ya un destacado combatiente. De capitán pasó a ser comandante. Su disciplina y rigor se hicieron legendarios.
A fines de 1957, el periodista argentino Jorge Masetti —que luego emprendería una frustrada guerrilla en su país, apoyada por el Che— pudo entrevistarle. El Comandante, con un acento mezcla de “cubano y mexicano”, se explicó: “La verdad es que después de las experiencias de mis vagabundeos por América Latina y para colmo en Guatemala, no hizo falta una gran incitación para enrolarme en cualquier revolución contra un tirano, pero Fidel me pareció un hombre extraordinario... (Había llegado el momento de) dejar de llorar y empezar a pelear”.
Y el Che siguió haciéndolo, de manera que el ingreso triunfal a La Habana, a principios de 1959, le debió mucho a ese argentino que no tenía sino 30 años de edad.
La misión de organizar el nuevo gobierno en la isla no era fácil. Guevara participó de ese empeño y, con la misión de buscar nuevos mercados para el azúcar, en vista del recelo cada vez mayor de EEUU respecto a una filiación de la revolución con el comunismo ruso, partió el 12 de junio de 1959 para visitar Egipto, India, Indonesia, Yugoslavia, Ceilán y Japón.
En este último país, según recuerda Alfredo Menéndez, que fue parte de la delegación como experto en el tema azucarero, el Che habría hablado, en una noche de descanso, “de sus proyectos; pero yo no lo asocié con un verdadero plan. Dijo que ‘en Sudamérica hay un altiplano allá en Bolivia, en Paraguay, una región lindante con Brasil, Uruguay, Perú y la Argentina... donde si insertáramos una fuerza guerrillera podríamos extender la revolución por todo el continente’”.
Para el Che comenzó a pintarse claro que el triunfo del proceso en Cuba no iba a consolidarse si se aislaba. Había que buscar que otros países se unan contra el imperialismo. En 1960, el propio Fidel Castro, que hasta entonces había afirmado que no tenía intenciones de exportar la revolución, habló de un plan de guerrilla continental: “El ejemplo de Cuba convertiría a la Cordillera de los Andes en la Sierra Maestra del hemisferio”, afirmó en su discurso del 26 de julio, aniversario del ataque al cuartel Moncada.
En noviembre, el Che recorrió por dos meses el bloque comunista. En Berlín, en 1961, conoció a Tamara Bunke, la alemana que se uniría a las operaciones en Bolivia.
Ese año se rompieron las relaciones de Cuba con EEUU. En el Congo Belga se reportaron combates y en Guatemala se aplacó otra revuelta, así como la de Venezuela contra Rómulo Betancourt. Hay cubanos en estas movilizaciones que, nuevamente, se frustraron.
En 1962, EEUU intentó desembarcar en Bahía de Cochinos, pero sufrió una derrota que no sólo fortaleció a Castro, sino que le llevó a decir, oficialmente, que era inevitable la revolución en América Latina. El Che creó entonces un plan para reclutar y organizar a aspirantes a guerrilleros. Cientos de estudiantes que llegaban a La Habana, entre ellos algunos bolivianos, fueron llamados.
En Nicaragua, Guatemala, Perú y Venezuela se produjeron movimientos que recibieron el apoyo cubano. No prosperaron y el Che comenzó a desesperarse, más aún con el golpe militar en Argentina. Aquí actuaría Masetti, con resultados igualmente infructuosos.
La cruzada mayor En 1964, y preocupado por ver a Cuba como un satélite de la URSS, el Che tomó la resolución de seguir con la revolución latinoamericana. Dados los fracasos recientes en el área, optó, con la aprobación de Castro, por buscar la alianza antiimperialista en África. El Congo Belga fue el lugar elegido y hacia allí marchó el Comandante en marzo de 1964. Luego de seis meses tuvo que admitir el fracaso de haber llegado a un lugar sin ser invitado.
Castro trató de convencer al Che de retornar a Cuba, pero este Che estaba consciente de que sus críticas contra el régimen soviético perjudicarían a la isla. Además, quería actuar en Sudamérica. Fidel, preocupado por las versiones de la ruptura entre ambos, proclamó 1966 como el Año de la Solidaridad con los movimientos contra el imperialismo. Había que buscar el lugar para enviar al Che, en un panorama difícil, con divisiones de los partidos comunistas en varios de los países y una fuerte presencia de la CIA en muchos de ellos.
Bolivia no era el objetivo inicial. Pero, al parecer, Fidel convenció al Comandante de dirigirse al país altiplánico y desde allí avanzar en su objetivo de liberar a Sudamérica. Cosa que intentaría hacer desde su arribo a La Paz el 3 de noviembre de 1966.
Sangre fría para ejecutar a un acusado de traición
Eutimio Guerra fue ejecutado por el Che, según su propio relato. Eran tiempos de la guerrilla en Cuba y la disciplina debía ser férrea. El dato, contenido en el libro “Che”, de Jon Lee Anderson (Emecé, Argentina, 1997), describe el episodio que fue guardado como secreto de Estado cubano por más de 30 años: “La situación era incómoda —afirma el Comandante— para la gente y él, de modo que acabé el problema dándole en la sien derecha un tipo de pistola .32... Boqueó un rato y quedó muerto”. Un reloj atado por una cadena al cinturón del ejecutado, le fue arrebatado. “Arráncala, chico, total...”, había dicho Fidel. “Eso hice y sus pertenencias pasaron a mi poder”.
El viajero
El viaje inicial por la América de los contrastes El 14 de enero de 1952, Ernesto Guevara y su amigo Alberto Granados salieron de viaje montados en La Poderosa, una moto Norton de 500 cm3. Recorrieron Chile, Perú, Colombia y Venezuela. Sufrieron, en su afán aventurero, hambre y frío, pero pronto se dieron cuenta de que ser blancos y profesionales les reportaba beneficios que la gente del lugar —indios y negros— no tenía. En Chuquicamanata le indignó a Guevara la explotación a los mineros por parte de una empresa norteamericana; en el altiplano peruano fue testigo de la paradoja: indígenas peruanos tratados como animales de carga, mientras los turistas “yanquis” hacían turismo en la obra inca de Machu Picchu. Al cabo, Granados se quedó en Caracas y Guevara siguió hasta Miami, donde, contó luego, no dejó de percibir el racismo contra los negros.
El viajero
La ruta de las revoluciones le guió a Guatemala En julio de 1953, el ya titulado Dr. Ernesto Guevara partió en un nuevo viaje, esta vez junto a su amigo de infancia, Calica Ferrer. De La Quiaca pasaron a Bolivia. Iban en tren. Llegaron a La Paz, la sede de un gobierno nacionalista a punto de poner en marcha la reforma agraria. “Estoy un poco desilusionado por no poder quedarme aquí, porque éste es un país muy interesante y pasa por un momento sumamente agitado”, escribió a su padre, lamentando su falta de dinero. Se fueron a la mina de Bolsa Negra, cerca del Illimani, y quedaron impresionados por los mineros “semejantes a guerreros de otras tierras”. Siguieron viaje por Perú y a Guayaquil, donde invitaron a Guevara a ir a Guatemala y ver una revolución izquierdista. Calica partió a Quito y de allí a Caracas. No volvieron a encontrarse.
Un futuro para América
Una declaración de guerra contra EEUU El 27 de enero de 1960, el Che habló en el foro del Partido Socialista del Pueblo sobre las Proyecciones Sociales del Ejército Rebelde. Fue, afirma el periodista Lee Anderson, el discurso más importante de los dirigentes revolucionarios, pues hablaba del futuro. El Comandante convocó a la “unión espiritual entre todos los pueblos de América, una unión que va más allá de la demagogia y la burocracia para una ayuda efectiva, prestando a nuestros hermanos los beneficios de nuestra experiencia. Hoy todo el pueblo de Cuba está en pie de guerra y debe permanecer así, para que la victoria contra la dictadura no sea pasajera sino que se convierta en un primer paso para la victoria de América”.
El primer gran fracaso
El Congo no era lo que el Che Guevara esperaba El Comandante, deseoso de sumar fuerzas en el mundo, se dirigió al Congo Belga, donde pensaba luchar cinco años. No estuvo ni 7 meses. “Los guerrilleros congoleños eran flojos, preferían beber cerveza a combatir. Sus dirigentes pasaban el tiempo en bares y burdeles, lejos del enemigo”, cita Roberto Querejazu al Che en el libro “El Quijote de Ñancahuazú”. Y hay más: “El ejército popular de liberación se caracterizaba como un ejército de parásitos, que no trabajan, no se entrenan ni combaten, que exigen que la población los alimente y trabaje por ellos, a veces con extrema pobreza. El fracaso de la revolución congoleña es inevitable”. Enfermo, pesando menos de 50 kilos, volvió a Cuba.