La democracia es hoy vista como el escenario del cambio. De ese que posibilitó la ascensión al poder de un liderazgo que representa la renovación y que ha legitimado el régimen democrático en Bolivia. Por eso y mucho más, es hora de homenajes a la democracia...
Este 10 de octubre, Bolivia recordará la restitución del sistema democrático en Bolivia, luego de 18 años de dictaduras militares. Son 25 años de una democracia que aunque se ha mostrado frágil ha persistido como el mejor sistema de gobierno para los bolivianos, o por lo menos el que este país desea para garantizar los derechos y las libertades ciudadanas, el desarrollo institucional y el bienestar nacional.
Este país de paradojas, como es Bolivia, probablemente resuma e influya también en el tipo de democracia que tiene la nación, si es que se la puede caracterizar de acuerdo a la naturaleza de un país. Probablemente no, pero lo cierto es que la democracia boliviana, que es aún un proceso en construcción, es particular e imperfecta como todas.
La democracia en Bolivia sigue un proceso dinámico en el que por momentos se estanca y hace crisis, y en otros sigue, arrolla y se repone. Ese proceso implica necesariamente una transformación de las estructuras del sistema que aunque desde la filosofía y esencia es aceptada por los bolivianos, quienes reconocen en ella su valor, también perciben sus debilidades. Los bolivianos han sido contestatarios respecto de las fallas de la democracia porque han esperado de ella y de sus conductores, en este caso de los partidos políticos, de las instituciones, de los sistemas electorales, de los gobiernos, más de lo que ellos, en esencia, eran capaces de hacer.
Es en ese sentido, que no sólo la democracia en sí misma merece, en este contexto de 25 años de su vigencia, una reflexión profunda, sino también su estructura que está formada por pilares claramente identificados.
El país está obligado a reflexionar sobre la democracia y sobre las formas de encarar su fortalecimiento, consolidación y sostenibilidad.
Pero además, es hora de honrarla más allá de que puede no haber cumplido con las expectativas ciudadanas generadas desde antes de su recuperación en 1982 y amplificadas con el transcurrir de los años.
La democracia merece un homenaje sentido porque permitió a Bolivia —y se insiste, más allá de que no redujo o erradicó la exclusión social, la marginación, la pobreza, y no concretó el desarrollo, entre otras expectativas sociales— la vigencia plena de los derechos y las garantías ciudadanas, avanzó en la creación y construcción de institucionalidad, posibilitó la generación de un Estado de Derecho, del lanzamiento y la aplicación de políticas públicas, habilitó procesos electorales, edificó ciudadanía, amplificó la participación social y más.
Y a pesar del sentimiento de crisis constante, de incertidumbre, y de reducción de la confianza hacia las instituciones de la democracia, los bolivianos siguen creyendo que ésta es el mejor sistema de gobierno, siendo cada vez más, por ejemplo, las personas que asimilan a la democracia con el ejercicio de derechos y libertades civiles que quienes sólo creen que es el ejercicio ciudadano del voto (PNUD).
Pero aun más allá, la democracia es hoy vista como el escenario del cambio. De ese que posibilitó la ascensión al poder de un liderazgo que representa la renovación y que ha legitimado el régimen democrático en Bolivia. Por eso y mucho más, es hora de homenajes a la democracia y de reflexiones sobre ella.