Por: Jaime Paz Zamora Ex presidente de la República de Bolivia
Si nos ponemos a pensar con cierto detenimiento sobre cuáles serían los dos acontecimientos más trascendentes, por sus consecuencias para el país y para cada uno de los bolivianos, ocurridos en los últimos 25 años, probablemente coincidiríamos en que la instauración de la democracia en octubre del 82 fue el primero y que el segundo fue el descubrimiento por YPFB del gran campo de gas de San Alberto en octubre de 1990, que nos introdujo a través de la estructura de Huamampampa en la gigantesca cuenca gasífera del Aguaragüe. En efecto, está claro hoy que estos dos acontecimientos articulados entre sí constituyen la base sólida para un Proyecto Nacional Boliviano en el siglo XXI. El primero con sus posibilidades de cambio y de convivencia social y política incluyentes, y el segundo con su enorme potencial de recursos para financiar el desarrollo del país y el bienestar equitativo de todos los bolivianos.
Decimos “instauración” de la democracia y no “restauración”, concepto este que podría ser aplicable a Uruguay o Chile, países donde fueron “restituidos” sistemas democráticos que ya funcionaban. En Bolivia, por el contrario, se trata de un proceso inédito en la vida de la República a través del cual se estructura una democracia institucional moderna sostenible. Esto es posible, además, gracias al antecedente histórico que constituyó la revolución nacional del 52, que aunque no logra generar institucionalidad democrática, desata nuevas fuerzas sociales para el cambio. Por ello, fue un acierto de la denominada Generación de la Democracia plantear el proyecto de la Revolución de la Democracia que encarnaba como un “Entronque Histórico” con la Revolución Nacional.
Cuando nos referimos a la Generación de la Democracia nos referimos en realidad a varias generaciones biológicas que por sus objetivos comunes constituyen una sola generación política, que a comienzos de los años 70 organiza una resistencia frontal a la dictadura con mística y voluntad de entrega a prueba de fuego, alimentada en gran parte por lo que había sido la inmolación de una élite juvenil en Teoponte. A finales del 77 esta vanguardia política le dice sí a la convocatoria a elecciones hecha por el gobierno militar, asumiendo el desafío democrático electoral en condiciones precarias, con la misma moral combativa con la que había asumido la confrontación clandestina.
El proceso democrático boliviano se inicia con las elecciones de 1978, que luego de una dolorosa transición instala el
primer gobierno democrático en 1982. Es contemporáneo por tanto a otros dos grandes procesos de reforma estructural en el mundo de hoy, la aprobación de la Constitución Política Española en el mismo año y la modernización y apertura económica de China planteada por Ten Shiao Pin también el 78. Lo señalamos en el propósito de ver a dónde llegaron ellos y a dónde nosotros. España entre los grandes protagonistas de la Unión Europea y China una potencia económica y comercial mundial. Sin el afán de compararnos con nadie, en términos de nuestras dimensiones de país creemos no haber perdido el tiempo y más allá de lo bueno o malo que haya podido ocurrir en estos casi 30 años, no hemos arado en el mar ni sembrado en el desierto. La instauración de la democracia era una condición absolutamente necesaria para la viabilidad de Bolivia como país en el siglo XXI.
Bolivia tuvo que encarar en estos 25 años dos grandes procesos de reforma. El primero, la reforma política hacia el sistema democrático, y el segundo, la reforma económica hacia el libre mercado. El primero facilitado por lo que ya prácticamente era el final de la guerra fría y el segundo impuesto por la lógica de la globalización, y más específicamente por lo que se vino a denominar el consenso de Washington de contenidos neoliberales. Si bien la reforma económica logra la estabilidad macroe-
conómica primero (D. 21060) y luego el crecimiento por encima del 4% no superado hasta hoy (D. 22407), deriva posteriormente en políticas privatizadoras bajo el nombre de capitalización y de reforma del sistema de pensiones de consecuencias negativas. Lo paradójico de señalar es que en este mismo periodo las grandes empresas públicas como YPFB, Entel y Ende llegan a su máximo potenciamiento entre 1989 y 1996 para ser luego abruptamente enajenadas con un daño incalculable para el país. Estos hechos interfirieron negativamente al proceso de reforma política que, pese a ello, logró sobrevivir, y generaron profundas contradicciones en el seno de la sociedad boliviana, las mismas que deberán ser resueltas en los marcos del desarrollo acelerado, eficiente, competitivo y global que el país necesita con equidad, urgente inclusión, solidaridad y soberanía nacional.
El 6 de agosto de 1989, en el discurso presidencial ante el Congreso Nacional en ocasión de la instalación del tercer gobierno del proceso democrático, propusimos una definición programática del país al decir “Bolivia, unidad en la diversidad”. Con ello proponíamos la necesidad de asumir lo diverso como un componente fundamental de nuestra realidad. Que somos diferentes como regiones, pueblos, etnias, culturas, sectores y clases, pero que teníamos que hacer de esas diferencias un factor de complementariedad positiva y en ningún momento ni por ningún motivo permitir que las mismas abran fisuras o resquicios por donde el enemigo del subdesarrollo, la explotación, el neocolonialismo, la pobreza, la inequidad y la división pueda penetrar entre nosotros y desbaratarnos como país y como nación. Considero que hoy más que nunca esta propuesta tiene plena validez.
“La instauración de la democracia era una condición absolutamente necesaria para la viabilidad de Bolivia como país en el siglo XXI”
El perfil
El hombre • Nació en Cochabamba en 1939. Estudió Ciencias Políticas en Bélgica.
La trayectoria • Fue Presidente de Bolivia del 6 de agosto de 1989 al 6 de agosto de 1993.