Ante todo, mi respeto por quien da su vida por su ideal. Pero no puedo dejar de repudiar la agresión bélica que dirigió el Che Guevara contra Bolivia. Por su lado el gobierno de Don Evo ha promovido multitud de celebraciones con ocasión de los 40 años de la muerte del guerrillero argentino-cubano, que encabezó una agresión militar, por muy “no convencional” que se la quiera calificar, agresión sangrienta al fin, contra un Estado libre y soberano como es Bolivia (capital, La Habana o Caracas, bromean algunos con desgarrado sarcasmo). El Che ya había intentado una operación guerrillera en el Congo, en donde fracasó. Pero tuvo la suerte de salir con vida. Según diversas biografías, Fidel alentó aquellas aventuras como una forma marrullera de desembarazarse de un potencial competidor. Por esta misma razón, el Che y sus amigos cubanos vinieron a Bolivia, donde fracasaron en el reclutamiento de combatientes suficientes como para poner a parir al país entero y tuvieron que enfrentarse con un ejército que, aún cuando escaso en medios, pero en fiel cumplimiento de lo que manda la Constitución, combatió valientemente defendiendo a la Patria contra la invasión extranjera.
Al cumplirse los 40 años de aquella tragedia, paradójicamente, el gobierno del MAS se desentendió de cualquier merecido homenaje a los oficiales y soldados que defendieron e incluso dieron su vida, por Bolivia. Para encubrir tan cobarde omisión, endilgó a imaginarios movimientos sociales el deber patriótico de honrar públicamente la memoria de nuestros soldados muertos por la Patria. Incalificable hipocresía. Hasta el Comandante de las FFAA tuvo que medir cautelosamente sus palabras en una entrevista de prensa aparecida el pasado lunes 8, para no comprometerse. Cualquier desliz podría haberle costado el cargo. No hubo recordación en el Gran Cuartel General de Miraflores, ni mucho menos en el Colegio Militar, pero sí en algunas guarniciones, pero muy “de tapadillo”.
En contraposición con esta ruborosa atonía, un general en retiro, sin duda secundado por muchos de sus camaradas, incluso en activo, supo dar la cara en una solicitada de prensa (La Razón, 8, X, 70) que encabezó con este expresivo titular: “Lo que no puede callar un soldado de la Patria”. Firma, el Gral. Ejto. Alwin Anaya Kippes. Multitud de ciudadanos patriotas suscribirían la declaración del general. Y mientras en el Gran Cuartel General reinaba una temerosa indiferencia, algunas guarniciones militares del interior del país salvaban de la vergüenza al apoltronado Alto Mando y honraban oportunamente a los excombatientes de la soberanía nacional. El presidente de la Confederación de Beneméritos del Ejército que combatió en Ñancahuazú, Guillermo Ríos, desde Camiri, “la capital petrolera”, se expresó con indignación contra el presidente Morales que presidió los homenajes al “Che” en Vallegrande, en donde flameaban más banderas cubanas y venezolanas que la Tricolor boliviana. El excombatiente Ríos afirmó que el propio Jefe de Estado rindió honores “a los perdedores insurgentes y no a los ganadores combatientes” que repelieron la incursión guerrillera extranjera hace 40 años. ¡Todavía quedan patriotas!
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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Parecen más los años transcurridos y en realidad no ha pasado tanto tiempo, talvez quince o a lo sumo veinte años. Solíamos refugiarnos en sus nieves eternas los días de las clases de matemáticas, para en ausencia de esquís