Doris Lessing nació en Irán, cuando se llamaba Persia, en 1919, y pasó su infancia y juventud en Rhodesia (ahora Zimbabue). Allí empezó a leer libros que su madre le compraba por catálogo. A los 31 años se fue a Londres, con su tercer hijo y su primera novela. Dejó atrás dos ex maridos y dos hijos. Autora de libros como Instrucciones para un descenso al infierno, Memorias de una superviviente o La buena terrorista, es una apasionada luchadora por la libertad, comprometida con las causas del Tercer Mundo. Militó en el partido comunista británico, pero lo dejó decepcionada por el estalinismo. A los 82 años recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, para lo cual viajó a España y dejó claro, según escribieron sus entrevistadoras, Rosa Mora y María José Díez de Tuesta (El País, Oviedo), que seguía “siendo rotunda en sus opiniones, contra las feministas, por ejemplo, o contra las ideologías”.
A los 88 años se hace merecedora del Nobel de Literatura, según anunció la Academia el reciente jueves, al reconocer la capacidad de la autora para retratar “la épica de la experiencia femenina, y su escepticismo y fuerza visionaria con la que ha examinado una civilización dividida”. Es una de las decisiones más meditadas que hemos tomado jamás, ha afirmado el jurado.
En La Paz, por lo pronto se puede leer Las abuelas (Librería Lectura), cuatro relatos sobre la vejez, periodo de vida que para su caso, Lessing ha calificado aburrido. “Todos los días hay algo que no funciona. Pero la vida no es aburrida. Todo me interesa”.
Rosa Mora/M. José Díaz El País de Madrid para La Razón
Los años 60 han fascinado a las generaciones siguientes, pero usted se muestra crítica. Fueron contradictorios. La cultura estadounidense, por ejemplo, culpa de todos los males a los años sesenta, y, en cambio, a otros les fascinan. Lo más importante de aquellos años y lo mejor que tuvieron para mí es que había un espíritu muy generoso. A lo mejor fue pura inocencia, ingenuidad. La verdad es que hubo una revolución sexual y todo el mundo se lo pasó muy bien, pero no cambió nada. También fueron años de droga, y eso tuvo efectos negativos, muchas víctimas, gente que se suicidó o que acabó en hospitales mentales dañada de por vida. Pagamos un precio muy alto por aquellos días. También había mucho sentimentalismo, aunque yo no comparto el punto de vista romántico de esos años. Mis amigos jóvenes me dicen que eso se debe a que soy vieja y a que estoy un poco amargada. Me pregunto ahora por qué esa generación tan privilegiada, la más privilegiada de todas, tuvo tantísimos problemas.
En esos años hubo un gran auge del feminismo, y su libro El cuaderno dorado, en el que aborda la crisis personal y artística de una mujer, se convirtió, contra su voluntad, en un mito, en una especie de bandera para las feministas, a las que usted ha vapuleado a placer. ¿En qué han fallado? Surgió como un movimiento un tanto explosivo en los 60. Había detrás muchísima energía. Pero creo que era un movimiento político, y cuando se implican aspectos políticos, sobre todo de la izquierda, surgen divisiones, traiciones, abusos, y esto ocurrió. Se pasaron el tiempo peleándose en vez de buscar soluciones.
¿Se benefició alguien? Se trató más bien de una revolución sexual, y no lo critico, lo acepto. Sin embargo, estoy mucho más interesada en que se produzcan cambios legislativos. Lo que voy a decir es una generalización, pero creo que las que más se beneficiaron de este movimiento fueron las mujeres del ámbito profesional, no las mujeres de las clases trabajadoras ni las que viven en el Tercer Mundo. Las mujeres que no tenían ideología política pero que sí eran feministas fueron ignoradas e incluso insultadas. Si se las hubiera implicado en ese movimiento entonces, sí que hubiéramos tenido resultados positivos. Y lo que es peor, se rechazó y se insultó a muchísimas mujeres que tenían niños. Fue muy negativo.
Las mujeres han seguido evolucionando, ¿cómo cree que se sienten los hombres? La relación entre hombres y mujeres es diferente en cada país. Por ejemplo, en EEUU, es bastante mala; en el Reino Unido, un poco mejor. Los hombres se siente amenazados, y no me preocupan tanto los hombres como los niños, que se ven en una situación de inferioridad.
Le preguntaron si estaba de acuerdo en que las mujeres en el poder contribuirían más a la paz que los hombres y usted se puso casi como una fiera. Nosotros, en el Reino Unido, hemos tenido una primera ministra, la señora Thatcher, que condujo con gran éxito una guerra contra Argentina. Es una idea absurdamente sentimental pensar que las mujeres pueden hacer más por la paz que los hombres. No hay pruebas históricas. Siempre ha habido mujeres muy guerreras y muy racistas.
Han pasado 50 años desde que publicó su primera novela, Canta la hierba, que escandalizó, porque trata de los amores de un negro con una blanca. ¿Cómo ha cambiado su vida en este medio siglo? Me he vuelto muy intolerante con las ideologías. Soy de una generación de grandes sueños, utopías de sociedades perfectas, y lo que ocurrió es que ha habido mucha sangre. He observado a gente de mi generación que tenía grandes esperanzas y hoy la veo muy rezagada respecto a sus expectativas. Ya no creo en esos sueños perfectos y maravillosos.
¿Y en qué cree? Simplemente me dedico a sentarme y ver cómo pasa la vida. ¿Qué más podemos hacer? Fíjense en lo que ha pasado en los últimos meses, en cómo de repente han cambiado las cosas cuando nadie lo esperaba. Creo que nosotros, me refiero a la raza humana, tenemos una idea falsa, creemos que podemos controlarlo todo, y no es así. Somos expertos en adaptarnos al cambio, ahora a la guerra, a las enfermedades que van surgiendo, a los virus... nos vamos adaptando a todo. Creo que eso es admirable, por eso sobrevive la raza humana. En EEUU hay pánico, pero todos nosotros lo vivimos de una manera bastante calmada.
¿Le preocupa la muerte? Radica en una cuestión de personalidad y temperamento. Hay cristianos que viven permanentemente preocupados por la muerte. Pero, si uno es ateo, no se preocupa en absoluto.
¿Está segura? ¿Qué puedes hacer? La muerte está ahí, llegará, es inevitable. Tengo una amiga que vive en un continuo estado de terror y no oye nada de lo asustada que está. Ya sé que el sentido común no es ningún tipo de defensa, pero es necesario mantenerlo.
¿Y la vejez? Es aburridísima. Continuamente hay cosas que no te funcionan bien, todos los días hay algo que va mal. Sí, la vejez es un aburrimiento, pero la vida no es aburrida. Todo me interesa.
El Perfil de la Nobel
Libros • La narradora Doris Lessing es autora de las novelas El cuento dorado, Canta la hierba, La buena terrorista, las memorias Dentro de mí (1994) y Un paseo por la sombra (1997), entre otras obras.
Premios • La 11a mujer en ganar el Nobel ya obtuvo el Príncipe de Asturias de las Letras (01), el David Cohen a la literatura británica (02), el Médicis de Francia, etc.
NOVELA (FRAGMENTO)
El más dulce de los sueños
DORIS LESSING
Era otoño, empezaba a anochecer, y la calle era un escenario de lucecitas amarillas que sugerían imágenes de intimidad y de gente que ya se había recogido para el invierno. Detrás de ella la habitación se iba llenando de una oscuridad fría, pero nada podía desalentarla: estaba flotando, alta como una nube de verano, feliz como un niño que acaba de aprender a andar. La razón de esta inusitada ligereza de alma era un telegrama de su ex marido, Johnny Lennox —el camarada Johnny— que había recibido tres días antes. FIRMADO CONTRATO PARA PELÍCULA FIDEL TODOS TUS PAGOS ATRASADOS Y PRESENTES EL DOMINGO. Hoy era domingo. Lo de \'todos los pagos atrasados\' se había debido, ella lo sabía, a algo parecido a aquella fiebre de euforia que ella sentía ahora: no cabía plantearse que él fuera a pagar \'todo\', que debía sumar ya tal cantidad de dinero que ella había dejado de molestarse en llevar la cuenta. Pero seguramente él esperaba una gran suma para mostrarse tan confiado. Aquí la alcanzó un pequeño soplo, ¿aprensión? La confianza era su —no, no debía decir especialidad— a pesar de que ella se había sentido así a menudo a lo largo de su vida, pero ¿podía recordarle a él sobrepasado alguna vez por las circunstancias, o siquiera desconcertado?
En el escritorio que había tras ella yacían dos cartas, una junto a la otra, como una lección sobre las dramáticas yuxtaposiciones que a pesar de ser improbables son tan frecuentes en la vida. Una de ellas le ofrecía un papel en una obra. Frances Lennox era una actriz menor, estable, de fiar, y nunca le habían pedido nada más. Este papel era para una obra nueva, brillante, un diálogo, y el papel masculino lo iba a hacer Tony Wilde que hasta entonces había parecido estar tan por encima de ella que jamás habría tenido la ambición de pensar que su nombre y el de él pudieran estar uno junto a otro en un cartel. Y él había pedido que se le ofreciese a ella el papel. Dos años antes habían actuado en la misma obra, ella como siempre en un servicial papel secundario. Al final de una corta temporada —la obra no había sido un éxito— ella había oído en la noche del cierre cuando iban y venían según se les llamaba a escena: \'Bien hecho, ha estado muy bien\'. Sonrisas del Olimpo, es lo que ella había pensado, aunque sabía que él había dado señales de estar interesado en ella. Pero ahora se contemplaba a sí misma estallar en toda clase de sueños febriles, que no es que la tomasen exactamente por sorpresa, dado que ella sabía muy bien lo acorazada que estaba, lo bien que mantenía bajo control su yo erótico, pero no podía evitar imaginar su capacidad para la diversión (suponía que ¿seguía teniéndola?) e incluso para el disfrute insensato, si le daban ocasión, mientras demostraba al mismo tiempo lo que podía hacer en escena, si le daban la oportunidad. Pero no ganaría mucho dinero en un teatro pequeño y con una obra que era una apuesta. Sin el telegrama de Johnny no podría haberse permitido decir que sí.
La otra carta le ofrecía un puesto en un consultorio sentimental (el nombre estaba aún sin decidir) en The Defender, bien pagado, y seguro. Esto podría ser una continuación de la otra faceta de su vida profesional de periodista independiente, que era su forma de ganar dinero. Ediciones B