El papa Benedicto XVI se interroga: ¿Quién dará los criterios para concretar esta justicia y construir la paz? En la obra Jesús de Nazaret (Planeta, 2007) del papa Benedicto XVI, el diablo tienta a Jesús: “Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes” (Mt 4, 3). Con ello desde la antigüedad se pone en duda la existencia de Dios. Con mucha astucia algunos argumentan que si Dios es bueno no debiera permitir tanta hambre en el mundo. Los bienes son jerárquicos y si no respetamos ese orden, apartamos al hombre de Dios, haciendo que sus capacidades valgan por sí mismas y estableciendo como verdaderas sólo las realidades políticas y materiales, tentación en la que muchos han cedido. No sólo importa saciar el hambre de pan, sino también el hambre de amor, de paz espiritual, de felicidad interior.
El autor critica las ayudas que se dan a los países en vías de desarrollo, las cuales sólo se basan en principios técnico-materialistas. Dejando de lado las estructuras morales, religiosas y sociales existentes. Benedicto XVI llama la atención: “No se puede gobernar la historia con meras estructuras materiales, prescindiendo de Dios”. Para que las obras del hombre sean buenas, su corazón también debe serlo, bondad que sólo puede provenir de Dios.
La tentación también se expresa con la pregunta: ¿Qué ha traído Jesús, si no ha conseguido un mundo mejor? El papa Benedicto XVI responde: “Ha traído a Dios”. Porque Jesús se nos muestra como el camino para llegar a Dios, auténtico bien del hombre.
El concepto del “reino” de Dios ha sufrido muchas variaciones en un sector de la teología católica, quienes le dan una interpretación secularista. En un momento se llegó al “teocentrismo” (Dios como centro de todo); pero con el pretexto de que Dios puede generar divisiones entre las religiones y entre los hombres, se pasó al “reinocentrismo”, un mundo donde reine la paz y la justicia. En esa posición, todas las religiones conservarían su identidad y trabajarían por un mundo mejor donde reine el respeto por lo creado.
Sin embargo, Benedicto XVI se interroga: ¿Quién dará los criterios para concretar esta justicia y construir la paz?, y agrega que en ese aparente respeto por las tradiciones religiosas se las considera como costumbres, que al fin y al cabo no cuentan para nada. El autor acierta cuando precisa que aceptar dicha posición es caer en el error porque aceptaríamos la desaparición de Dios. Porque ya no se le necesita, sólo estorba, se convierte en un obstáculo para el crecimiento económico y político. No olvidemos que el mensaje de Jesús es enteramente “teocéntrico”.
Otro mensaje sustancial es afirmar que la enemistad con Dios origina la corrupción del hombre. Por el contrario, la reconciliación con Dios supone estar en armonía consigo mismo y luego multiplicar su efecto positivo construyendo paz a su alrededor.
Esta obra es digna de destacar, toda vez que irradia una luz que sirve como referencia para no sucumbir ante la dictadura nefasta del relativismo moral. Si negamos a Dios, nos negamos a nosotros mismos.
*Carlos Alberto Rosales P. es educador y analista.
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