Un osezno de apenas seis semanas de vida fue alejado de su madre y capturado en el bosque para ser vendido en la feria de Quime. Este jukumari, que ahora está al cuidado de Animales SOS, no puede ser acogido por el zoológico. Esta es la historia de un osito huérfano y de sus hermanos de elegantes anteojos.
Texto: Liliana Carrillo V. Fotos: Miguel Carrasco
A ciencia cierta se sabe que tiene dos meses de vida, que nació en un bosque de Quime, que es travieso, que le encanta el yogurt. Desde sus anteojos mira largo y profundo y, a veces, parece esbozar una sonrisa que se vuelve llanto cuando hace frío. Lo que vivió en sus cuatro primeras semanas y cuál será el futuro de este jukumari bebé, eso no se sabe.
No tiene nombre. “Es una falta de respeto bautizar a un animal silvestre”, arguye su madre sustituta y, sin embargo, Susana del Carpio lo llama “llocalla”, “peludo”, “hermoso” en sus largas sesiones de juegos en Animales SOS.
“Lo rescató el médico del hospital San Antonio de Quime en la feria dominical del pueblo; estaba en un costal y lo ofrecían a 200 dólares”, relata Porfirio Adriázola Quispe, alcalde del municipio de la provincia paceña de Inquisivi. “Dos comunarios se habían chocado en el monte con una osa y sus dos crías. Asustada al ver los machetes, la madre se habría enrollado en su propio cuerpo para escaparse rodando; lo mismo hizo uno de los oseznos, pero el otro se quedó paralizado y fue capturado”, cuenta el Burgomaestre.
Así se convirtió el osito en mercancía. Cuando fue rescatado estaba muy enfermo y por ello fue traído al albergue paceño de Animales SOS. Sanó gracias a la atención de veterinarios del zoológico municipal Vesty Pakos; pero allá no podrá quedarse.
Una fosa para seis
Balú tiene 15 años, pesa 130 kilos y, en dos patas, alcanza el metro ochenta de estatura. “Tiene problemas de sobrepeso”, comenta Fidel Fernández Anaya, veterinario del zoológico Vesty Pakos de Mallasa. Y sí, Balú está gordo porque siempre brilla entre sus compañeros —Eddy, Cucho, Rocky, Alfredo, Rufina y la adolescente Luna— y se “gana” regalitos.
“Lamentablemente, la gente le da dulces y pasankallas que sólo lo enferman”, asegura el veterinario que ve en la actitud “antropizada” un peligro. “Son animales que están lejos de su hábitat natural; nosotros los tratamos con el mayor cuidado, les damos buena alimentación, pero ello no evita que puedan sufrir estrés por el encierro”, añade el profesional. Abajo, en la fosa de los jukumaris, Eddy se frota contra el cemento. ¿Se rasca? “No, está nervioso”.
Aunque los huéspedes de anteojos del zoo gozan de abundante comida (fruta fresca, granos, leche), ahora no admitirían a un nuevo miembro, o quizás sí, pero como almuerzo. “Actualmente hay seis jukumaris en el zoológico y, responsablemente, no podemos cuidar un osezno que tendría que crecer aislado pues, de unirse a los adultos, moriría irremediablemente”, explica Fernández.
“El jukumaricito no puede quedarse en Animales SOS y no puede ir al zoológico, pero tampoco podemos regresarlo al monte donde es totalmente indefenso”, explica Del Carpio. La disyuntiva crece para el pequeño que, ajeno a los mundanales ruidos, goza trepando los troncos de su jaula y descubriendo el sabor de la piña.
El único, único oso
“Hay que ser claros, el jukumari es el único oso de Sudamérica y tiene su mayor población en Bolivia y Perú”, sentencia el biólogo Robert Wallace, de la Sociedad para la Conservación de la Vida Silvestre (WCS/Bolivia). “Acá hay especies que tienen el nombre común de oso, pero ni el hormiguero ni el bandera son osos”.
Siendo único en el continente, el Tremarcitos ornatus —conocido como jukumari, oso andino, oso de anteojos u antifaz— es selectivo para elegir su hogar. “Su hábitat está restringido a las cabeceras de valle, cejas de monte y páramo yungueño; vive en bosques húmedos entre los 2.000 y 4.000 metros sobre el nivel del mar”, afirma el zoólogo inglés que radica hace 15 años en Bolivia.
El oso andino es una especie protegida por la Ley 133 de Vida Silvestre y por la CITES (Convención Internacional para el Tráfico de Especies Amenazadas) que prohíben su caza o comercialización. “La densidad de este plantígrado es muy baja, se calcula que hay cinco por cada cien metros cuadrados”, informa Wallace.
Aunque su principal fuente de alimentación son las frutas y vegetales, el jukumari —como todo oso— es carnívoro. “Se ha reportado casos de pérdida de ganado a causa del Tremarcitos ornatus”, dice el biólogo. A ello se añade el gusto del anteojero por los granos que ocasiona, a veces, la devastación de plantaciones de maíz.
“Si el hombre invade el bosque, el oso andino está obligado a ingresar a los espacios humanos; por ello existen las reservas naturales que protegen el hábitat; el desafío es hacer que éstas funcionen. El jukumari es un símbolo muy importante de los Yungas, pese a ello no se lo conoce a profundidad. Hay que investigarlo”, reflexiona Robert Wallace.
Tierra de jukumaris
La milenaria cercanía del oso andino con el hombre ha ocasionado que el gran mamífero sea parte importante del imaginario andino y yungueño. De hecho, en la tradición oral, abundan las narraciones sobre el jukumari que “humanizan” al animal. “Personifica a un ser sobrenatural, muy inclinado al amor apasionado”, definió Antonio Paredes Candia.
Clásico es el cuento de “Juan el jukumari” que se enamora de una mujer y tiene un hijo con ella. El vástago, mitad hombre y mitad animal, significa un eslabón entre dos mundos pero no logra pertenecer plenamente a ninguno.
Porfirio Adriázola creció oyendo estas historias en su natal Quime. “Esta es la cuna de los jukumaris, hay hartos; tenemos que mostrarlos como orgullo de Inquisivi, pero cuidándolos y respetándolos”, reflexiona el alcalde que planea crear la reserva “Tierra de osos”. El proyecto, que ya cuenta con aval municipal y se encuentra en evaluación estatal, podría concretarse el 2008.
Rumbo a otros bosques
Mientras no se implemente la “Tierra de osos”, y en tanto no haya un espacio adecuado en el zoológico, el osito quimeño no tendrá casa. “Pronto se irá a una reserva natural en Colombia”, cuenta Susana del Carpio. “Antes, tendrá que pasar por un largo proceso de reinserción para aprender a vivir como oso; y todo porque dos hombres lo sacaron de su hogar y lo dejaron huérfano”, lamenta la Directora de Animales SOS.
Ajeno a todo, el osito juega. Parece que ríe pícaro cuando ve su comida pero en las noches llora, quizás por el frío, quizás porque todavía extraña a su madre.
RETRATO
Su habilidad para erguirse en dos patas, su mirada profunda y su actuar misterioso han convertido al jukumari en protagonista de gran variedad de cuentos. Esta descripción del escritor sucrense José Felipe Costas Arguedas resume la fascinación que provoca el oso: “Es un ser fantástico que habita los bosques. Se parece al hombre. Es velludo, camina sobre las patas traseras, sonríe y no habla... Para mirar se descubre el rostro, apartando los pelos con su diestra. Ágil y fuerte, sube con facilidad a los árboles más altos. Temible en la batalla con los hombres; se enamora de las mujeres jóvenes y apodérase de ellas para procrear”.
Con tales dotes, el animal ha ganado el derecho de ser representado en el baile de la Diablada, donde es el único que puede hacer travesuras a su gusto. Al respecto, el actor y dramaturgo Luis Bredow sostiene que el oso juega en el imaginario el papel de mediador, no sólo por vivir en zonas de transición sino también por su apariencia humanizada. El mamífero peludo tiene la virtud de prestarse a la representación de la fusión de la naturaleza y la civilización; lo bueno y lo malo; el cielo y el infierno; la vida y la muerte. Y éste es el papel que desempeña en la Diablada.