No se sabe si la Asamblea concluirá en una confrontación mayor a la que se intentó evitar con ella, si será pre Constituyente, si habrá una nueva Constitución o si, habiéndola, la población la rechace al votar en el referéndum aprobatorio.
Pese a los malos augurios y a la sensación de fracaso de sectores de la población, del sistema político, de los medios de información y de los propios asambleístas, ésta no es una oportunidad perdida, sino un escenario de diálogo que vale la pena defender.
La Asamblea se desarrolló con una pesada carga de expectativas desmesuradas, pesimismo y desprecio. Se suponía que la Asamblea, uncida al carro del proyecto político MAS, realizaría las ofertas de transformación social, económica y política que demandaban las directivas de los sectores sociales y el anhelo de inclusión e igualdad de oportunidades de la mayoría de la población. Y había quienes no consideraban necesario ningún cambio en la Ley Fundamental y despreciaban la idea de que los “iletrados” hicieran una nueva Constitución.
Otros consideramos que la realización de una Asamblea Constituyente era una oportunidad histórica en dos vías. La jurídica, para elaborar una Carta Magna coherente con aspectos de equidad, inclusión y modernidad en tanto continuación históricamente secuencial de cambios que ya se habían ido dando en los últimos 25 años de democracia ininterrumpida en el país. Y la política, en tanto la Asamblea posibilitaría que las fuerzas políticas vigentes en Bolivia pudieran expresar sus visiones de país y, en función a ellas, proceder a uno o varios pactos políticos que permitieran la continuidad de un proceso democrático (fortalecimiento institucional del Estado, ejercicio de ciudadanía, ampliación del alcance de políticas públicas y maduración de la cultura ciudadana) todavía en construcción incipiente. Ambos productos, el jurídico (la nueva Constitución) y el político (los pactos) serán insuficientes según las expectativas iniciales y de corto aliento.
Un número significativo de conflictos en la Asamblea proviene de visiones radicalmente opuestas respecto al tipo de país, a la idea de democracia y, por lo tanto, al modelo de Estado que se quiere suscribir y al cual se desea contribuir. Pero ¿qué piensa y quiere la mayoría de la población boliviana? Probablemente la gente quiere una tercera vía, que respete las demandas de inclusión de una población que está recuperando el orgullo y la dignidad de sus orígenes indígenas, sin renunciar a los beneficios de la modernización. La tercera vía se remite a la propuesta de una república con relaciones interculturales. La interculturalidad no es una moción nueva ni ajena a la construcción democrática en Bolivia. Al contrario, ha sido permanentemente una aspiración expresada sobre todo en el proceso de reforma educativa, asumiendo que se trata de un peldaño por encima de la multicultural y una respuesta abierta a la propuesta de convivencia social entre distintos culturalmente.
La luz en el túnel sigue siendo la aspiración democrática y de justicia y equidad de la sociedad boliviana como un proceso vivo y en construcción, en el que el momento de la Asamblea Constituyente deviene en etapa importante pero no fundacional.
De esa etapa aún pueden obtenerse productos positivos como la renovación de los partidos, mejor correlación entre mayorías y minorías, práctica democrática según experiencias culturales diversas, apertura hacia otras formas de gobierno, tiempos y acciones de la política, y la construcción legítima de un Estado más responsable con la población.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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