Nunca estuve de acuerdo con el Bonosol. Me pareció desde el primer momento una burda jugada demagógica, electoralista a todas luces. Los acontecimientos políticos subsiguientes me dieron la razón. Ahora el Gobierno lo reemplazará por el bono “Dignidad”, aumentando su monto a Bs 2.400 y a la población beneficiada desde los 60 años.
La dignidad de un pueblo no se construye con dádivas, se fortalece con otros ejemplos de trabajo, disciplina, responsabilidad y respeto. Es en esta escuela que los políticos y gobernantes deben educar al pueblo y no con regalos ridículos en lo individual, pero que, globalmente, representan cuantiosos recursos para acometer emprendimientos realmente beneficiosos para el Estado y para el mismo pueblo. ¿Acaso no es mejor inversión abrir carreteras hasta los últimos confines, crear industrias en todos los departamentos, construir escuelas y
hospitales, desarrollar la agropecuaria y el turismo y establecer un sistema de seguridad ciudadana para todos los estantes y habitantes de la República? ¿No es mejor construir estas obras que son más beneficiosas y retornan a cada uno de los ciudadanos con más dividendos? ¿De qué servirá que las personas adultas recibamos 100 ó 200 bolivianos mensuales, si continúan los demás sufriendo la falta de empleo, las dificultades de transitar en el país, la carestía de medicinas y alimentos y la falta de garantías para ellos mismos, de una vida de seguridad, paz y tranquilidad?
Un gran porcentaje de la población de la tercera edad recibe una jubilación, o debe estar bajo el amparo de los hijos que también están obligados a asistirlos, habrá un porcentaje menor que realmente está desvalido o indigentes que merecen la protección del Estado. Pero hay otras personas que necesitan más la ayuda del Estado, son las madres solteras o viudas sin renta, esas mujeres que sufren padecimientos sin cuenta para criar a sus hijos. ¿Quién se acuerda de ellas? La ayuda del Estado debe llegar realmente sólo a los que necesitan. En este caso la universalidad no es justicia.
Pero ya que los gobernantes se proclaman tener “sensibilidad social” a costa del erario público; más bien, los excedentes que se obtienen deben invertirse para impulsar el desarrollo económico del país, lo que verdaderamente distribuye beneficios sociales con real dignidad a todos los habitantes, porque las dádivas suenan a soborno más que a donativo honroso. Los políticos están consolidando una condición de país menesteroso y pedigüeño en lo externo que, hasta para construir una pileta pública depende de la ayuda externa; así en lo interno se está creando en la gente la mentalidad de subordinación a los milagrosos bonos políticos, lo que es pura demagogia que carece de dignidad.
Lo ejercitaron todos los demagogos de este país, desde Belzu, hasta recientemente el Gral. Barrientos, que llevaba dinero a los lugares que trajinó y donde se refocilaba haciéndose festejar con las más bajas adulaciones, desdorosas del sistema republicano, donde el Presidente no es sino el primero entre sus iguales. No se puede buscar y ganar popularidad distribuyendo dineros del erario público. Su aceptación y reconocimiento prueban la ignorancia y la falta de moral de un pueblo.
*Rodolfo Becerra de la Roca escribe desde La Paz.
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