Tensiones en Bolivia Es probable que los sectores confrontados tengan razones poderosas para hacer lo que están haciendo. Pero no se enteran, al parecer, de que el país los está mirando con angustia. El país está esperando que sus líderes dejen de alimentar el odio...
Bolivia ha caído en una época política en la que la confrontación se ha convertido en la regla que predomina. En cada caso, en cada tema, en cada ocasión, los desenlaces no son resultado de acuerdos, soluciones o consensos, sino solamente del triunfo de un lado, procurando la derrota del otro. Este ejercicio, por el cual se procura sólo vencedores o vencidos, está acentuando las diferencias a tal punto que muchos ven, con temor, que el único desenlace posible es la disputa final, el choque definitorio.
Quizá habría que preguntarse si esta realidad llevará al país a algún progreso, o por el contrario continuará hundiéndolo sin remedio, en medio de un choque entre partes permanente.
Por el momento, lo que han logrado quienes comandan esta era de confrontación, es que el país pierda más puntos todavía en las mediciones internacionales, pues nadie parece estar interesado en invertir o venir a vivir en un país que se pasa la vida entre tensiones sectoriales, políticas, ideológicas. Y, además, donde persiste la cultura del paro que perjudica a todos. Los choferes paran, los aeropuertos paran, los carniceros paran, las regiones paran. Todos usan el paro perverso como única lógica de solución de demandas y de presión irreverente.
El presidente de la CAF, Enrique García, acaba de repetir lo dicho por expertos del Banco Mundial en los últimos días: la tasa de inversión boliviana es muy baja y es urgente hacer algo para que aumente del actual 13 por ciento respecto del PIB. Esta tasa, que es la más baja de América Latina, se mantiene por el temor que tiene la ciudadanía, por la incertidumbre política que pone todo en duda.
Si los líderes políticos quieren realmente el bien de la población, si sus proyectos han sido diseñados para que los bolivianos del futuro vivan mejor que los del presente, deberían meditar en lo que están haciendo. Lo que produce esta confrontación es exactamente lo contrario del clima que podría dar lugar a que las cosas cambien en el país, para bien de todos.
En este momento, la confrontación es la regla que predomina en todos los escenarios. La Asamblea Constituyente está paralizada por la pugna de la capitalidad que no encuentra el más mínimo espacio para una solución dialogada. El manejo de la economía parece inspirado en el propósito de chocar contra las regiones, y viceversa. No hay un solo documento que llegue al Parlamento que no sea sometido a este agobiante ejercicio por el cual se enfrentan Gobierno y oposición, incluso sin dirigirse la palabra. El futuro de las autonomías departamentales está sometido también a este procedimiento de victorias totales o derrotas definitivas, sin que se vislumbren posibilidades de entendimiento, de concertación, de diálogo.
Es probable que los sectores confrontados tengan razones poderosas para hacer lo que están haciendo. Pero no se percatan, al parecer, de que el país los está mirando con angustia. El país está esperando que sus líderes dejen de alimentar el odio entre las regiones y abran, con el diálogo, la posibilidad de que surjan soluciones inteligentes y urgentes. Esos líderes tienen la responsabilidad de que en el futuro se les recuerde como los que afianzaron la unidad nacional o los que sellaron la división. Habrá que percatarse de que se está haciendo historia.