Un cerro ubicado en Conventillo, La Paz, se transformó durante la Colonia en el hogar de los esclavos africanos. Abandonado por más de un siglo, un campesino revivió sus glorias pasadas.
Texto y fotos: Javier Badani Ruiz
Tomás Quispe Copa es el hombre de los milagros. A sus 77 años, este “verdulero de cepa” se ufana de haber resucitado a Conventillo, una fértil localidad paceña que fue totalmente abandonada durante las guerrillas independentistas que sacudieron esta región altoperuana en el siglo XIX.
“Un ratero hubiera llorado grave aquí. Cuando llegué parecía altiplano siempre; no había nada..., ni siquiera a quién robar”, bromea Quispe, quien a pesar del estado de aridez de Conventillo decidió a sus 45 años, y luego de que una mazamorra destruyera sus productivas chacras en Río Abajo, recomenzar su vida en estas tierras.
Sin saberlo, las manos de este campesino devolvieron la vida al suelo que durante la Colonia fue labrado por los esclavos africanos. Entonces esta área era también conocida como Negro Cárcel, ya que la caprichosa geografía que la rodea hacía imposible cualquier intento de fuga de los negros, que estaban al servicio de los religiosos católicos que vivían en el lugar.
Esta historia revolotea en los labios de los pobladores del municipio de Chuma, donde se halla Conventillo. Sus voces aseguran, además, que los monjes instalaron allí una maquinaria de falsificación de monedas de plata que los hicieron ricos, lo que explicaría el hallazgo de tapados —que se asegura contenían plata y oro— en la construcción del camino que hoy vincula esta localidad con La Paz.
“Una campana de oro hay enterrada aquí. Los curas no la han podido llevar cuando escaparon de los soldados (independentistas)”, suelta Quispe, quien no muestra ningún interés por que el preciado tesoro se encuentre debajo sus pies. Y “si lo hallara, nunca dejaría de ser un verdulero-tomatero”.
Un búnker en el templo
Si bien no existen datos oficiales sobre la cantidad exacta de africanos que llegaron hasta América durante la Colonia, los miembros del Movimiento Cultural Saya Afroboliviano calculan que su presencia superó los 10 millones. Los negros arribaron al Nuevo Mundo en el siglo XVI y su mano de obra fue inmediatamente utilizada por los conquistadores, entre otros, en los campos de azúcar y de tabaco ubicados en valles y trópicos.
La fiebre de la explotación de la plata en Potosí, sin embargo, provocó que los pasos de los esclavos africanos —que entonces eran considerados mercancía y eran llamados “piezas” por los conquistadores— llegaran a los más de 4.000 metros de altitud sobre el nivel del mar en los que se asienta la Villa Imperial. Allí desarrollaron trabajos como el de acuñadores de las monedas del mineral argentífero.
Para los africanos —que en su mayoría provenían de las cálidas y bajas tierras de Congo, Angola, Benguela y Biafra, entre otras— el nuevo destino resultó ser fatal.
“Era muy difícil para ellos adaptarse a la altura de Potosí; muchos de ellos murieron. Y los que no podían adecuarse eran enviados a otros lugares más bajos. Entonces nació Conventillo —ubicada a menos de 3.000 metros de altitud—, donde los religiosos católicos instalaron grandes viñedos”, explica el chumeño Ronald Angles, consejero prefectural de la provincia Muñecas, la que acoge a esta localidad que se encuentra a aproximadamente unos 200 kilómetros de la ciudad de La Paz.
Un cerro ubicado en el lugar fue el espacio elegido para acoger a los esclavos que en esa época eran sujetos a trueques, pago de deudas o herencia. Los negros se vieron obligados a improvisar sus hogares en la colina y dentro de las estructuras de piedra y barro que la cultura mollo construyó siglos atrás.
Infestada de serpientes, para ascender al lugar es necesario contar con botas que protejan las piernas de posibles mordeduras. Sin embargo, basta subir unos metros para evidenciar vestigios de la infraestructura de los originarios.
“El área está circundada por precipicios y ríos. Esto, sumado a la ausencia de caminos, hacía que el lugar fuese como una cárcel para los africanos”, dice Angles.
Los pobladores de Chuma aseguran que, además de trabajar en los viñedos, los negros eran utilizados en la falsificación de monedas de plata, práctica ilegal que, según la tradición oral, fue realizada por años por los religiosos católicos.
“Comprobamos la existencia de una especie de búnker dentro de una de las estructuras de la época que aún se mantienen en pie; un lugar bien secreto donde acuñaban las monedas falsas”, agrega el funcionario de la Prefectura.
El ocaso de Negro Cárcel se dio a partir del año 1814 con el surgimiento de las guerrillas independentistas en esta región, impulsa- das por el cura revolucionario Ildefonso de las Muñecas.
Impregnados por los vientos revolucionarios, los campesinos de las poblaciones aledañas dejaron de pagar tributos a los españoles; otros, en tanto, se sumaron a las fuerzas insurrectas que fundaron la Republiqueta de Larecaja.
Este hecho provocó que los religiosos abandonaran abruptamente el lugar. Los esclavos, mientras tanto, se dirigieron a los Yungas paceños donde ya existía una fuerte presencia africana trabajando en los cocales, tal y como lo narran los habitantes del lugar. Y así, por más de un siglo, Conventillo quedó en el olvido al igual que su historia. Una muestra de ello es la inexistencia de datos bibliográficos sobre Negro Cárcel. Así lo aseguraron por separado Marfa Inofuentes Pérez, presidenta del Movimiento Cultural Saya Afroboliviano, y Fernando Cajías, historiador e investigador paceño.
Un poco de cariñito Actualmente 14 personas habitan Conventillo. Y no es de sorprender que todos carguen en sus espaldas los apellidos Quispe Copa.
“Yo soy pues el resucitador de aquí, papazo... Ni pajaritos había cuando he llegado. He tenido que chaquear, he traído agua en acequia y recién he sembrado pimentón, pepino, palta, chirimoya, vainita, pacay, tomate... Sabes, papazo, este tomate no es cualquier tomate, es mejor que el de Río Abajo; brillosito es. Agua limpia de la Cordillera lo baña, pues”, cautiva Tomás, quien oferta sus productos en los mercados paceños.
Claro, hace 30 años el transporte de las frutas y verduras producidos por la familia Quispe Copa se realizaba a través de recuas de mulas debido a la falta de caminos. Así, la caravana de animales, que llegaban a sumar 15, tocaba la ciudad dos días después de haber iniciado el viaje desde Conventillo.
Hace tres años, sin embargo, la Prefectura paceña habilitó una carretera de tierra que actualmente une La Paz con Chuma, ruta que atraviesa la localidad de Conventillo. Ahora el viaje de Tomás Quispe dura menos de cinco horas.
Con todo, el pequeño oasis que este campesino construyó junto a su familia llamó la atención de algunos dirigentes de la provincia Camacho, vecina de esta localidad, quienes buscaron adueñarse de las cerca de 80 hectáreas.
“Como milagro ha sido. Han venido; me querían quitar mi tierrita diciendo que era de (la provincia) Camacho. Pero yo soy bien cariñoso..., mucho cariñito les he dado y me han dejado en paz”, confiesa.
En la actualidad, la Alcaldía de Chuma busca que la Facultad de Agronomía de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) desarrolle campos experimentales de producción agrícola en todo el área que circunda Negro Cárcel, espacio que ya está cercado.
Este proyecto no alegra mucho a Tomás. “Ojalá no arruinen mi trabajo”, pide y asegura un nuevo milagro para el 2008: cosechar el tomate más grande de la historia.
CULTURA afroboliviana
“De manera alarmante, en los últimos años han muerto una gran cantidad de afrobolivianos en los Yungas paceños”, alerta Marfa Inofuentes, presidenta del Movimiento Afroboliviano. Con una población que alcanza en la actualidad a los 30.000 a nivel nacional, los miembros de esta comunidad asentados en las poblaciones yungueñas son víctimas de enfermedades estomacales. Para Inofuentes, la razón radica en la creciente utilización de pesticidas y otros componentes químicos en los sembradíos de cocales. Para la dirigente urge la incorporación de la colectividad afroboliviana dentro de las políticas estatales, para así proteger a sus componentes. Y así lo hicieron conocer en la Constituyente. Si bien el departamento de La Paz acoge a la mayor cantidad de afrobolivianos, los asentamientos en Santa Cruz crecen a mayor ritmo, según datos de Inofuentes. Aunque en el gobierno de Belzu la esclavitud fue abolida, los descendientes africanos terminaron como pongos en las haciendas. Con todo, los representantes afro han aportado al país en distintas áreas, como en el fútbol, la música y las fuerzas del orden.