La democracia esencialmente es respeto por el otro, convivencia con el otro, generación de proyecto común con el distinto. La democracia no puede ser imposición de uno al otro, la democracia no es el ejercicio del poder de unos para aniquilar a los otros. En democracia no se puede admitir la lógica amigo-enemigo, cuando más en una democracia pueden haber adversarios, pero que precisan dialogar entre sí para lograr un proyecto de país compartido. La democracia no admite jugar con la vida humana, no acepta cercenarla. La ideas revolucionarias que expresan que los cambios tienen costos y que esos costos son las vidas humanas de los enemigos, esa idea revolucionaria no es democrática. Si algo debe hacer una democracia es valorar la vida, de todos, de los propios y de los ajenos. Cuando se sigue a pie juntillas la idea de que los cambios se realizan con violencia, con violencia hacia los otros, cuando se admite eso, se está transgrediendo los valores de la democracia. Claro que toda sociedad requiere cambios, no puede estar estática, pero esos cambios, si desean ser democráticos, no pueden realizarse acudiendo a la violencia, no deben efectuarse atentando contra la vida humana. Nada justifica el matar, ni siquiera la mejor y más correcta idea política. Es claro que muchos bolivianos fueron excluidos en el pasado, pero eso no justifica que cuando están en el poder traten de excluir a otros, a los que miran como sus enemigos.
La violencia no radica sólo en la agresión física y en el acto de matar a otros, a los enemigos, la violencia también es discursiva, implica el uso del discurso confrontacional, ese que arenga contra los otros, ese que empuja a eliminar al otro, a escarmentar al otro. Es tan culpable de la violencia el que la ejercita con sus actos como aquel que incendia con la palabra y los gestos. Lamentablemente el país se ha llenado de un discurso confrontacional que agita violencia y, peor aún, el representante de todos, el Estado, es quien está desatando más violencia discursiva impulsando conductas confrontacionales. Ese discurso confrontacional ha generado graves heridas políticas, sociales y culturales en Cochabamba, esas heridas no van a poder curarse en muchas décadas. En Chuquisaca, y en Sucre en concreto, el discurso de la violencia, las actitudes confrontacionales han generado muertos, cientos de heridos y una herida moral que se curará en varias décadas. Sucre, Chuquisaca, no olvidó en un siglo lo acontecido en Ayo Ayo, tampoco olvidará lo que ha sucedido el 2007. Siempre hay tiempo para evitar muertes, siempre hay espacio para resguarda la vida humana. Los políticos, los dirigentes sociales, los dirigentes cívicos, pero, ante todo, los gobernantes son quienes tienen más responsabilidades para ahorrar vidas humanas. Es una ceguera tratar de eliminar al enemigo, al intentar hacerlo sólo perderán quienes apuesten por ese camino. Todavía es tiempo del diálogo. Esperemos que el Estado se conduela por los muertos y dé un giro que implique valorar la vida humana.
*Carlos Toranzo R. es economista y analista político.
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