La tensa situación política en Bolivia está teniendo consecuencias más allá de sus fronteras: está poniendo en jaque al siempre mencionado liderazgo brasileño. Analistas de política externa consideran que eso ocurre debido al manejo ideológico de la diplomacia brasileña en Sudamérica, confiada al asesor presidencial para asuntos internacionales, Marco Aurelio García, y al viceministro de Relaciones Exteriores, Samuel Pinheiro Guimarães. Ambos son cuadros de izquierda ampliamente favorables tanto a Evo Morales como a Hugo Chávez, lo que prácticamente inviabiliza cualquier gestión, basada en neutralidad, para restablecer el diálogo entre las fuerzas políticas bolivianas.
“Nuestro liderazgo se basó en la asimetría, pero no tiene respuestas cuando enfrentamos situaciones como la boliviana”, opina un analista, al señalar la escasa disposición del presidente Lula de ocupar una posición más destacada frente al problema. La defensa de los derechos de ciudadanos brasileños que viven en Bolivia o el eventual envío de tropas venezolanas a tierras bolivianas, como ya advirtió Chávez, podrían cambiar la tendencia actual de la actitud brasileña en relación a lo que ocurre al otro lado de la frontera.
La tendencia de Lula y del canciller Amorim ha sido la de presentar a Brasil como fuente de inversiones y de cooperación técnica, que son atractivos naturales en situaciones de normalidad. El cambio de actitud de Petrobras ha sido percibido por quienes se ocupan de la coyuntura regional y sería resultado de un intenso trabajo de persuasión del canciller Amorim con el presidente de Petrobras, José Sergio Gabrielli. La estatal brasileña no estaba dispuesta a seguir invirtiendo en Bolivia por considerar desventajosas las condiciones impuestas por el gobierno de Morales, pero la política sonó más fuerte. Muchos consideran riesgoso ese uso político de la mayor empresa del país.
La prensa ha destacado que Brasil perdió su capacidad de influir en la agenda sudamericana y los conflictos en la región corroboran esa impresión. Pero, por el momento, Lula está dispuesto a llevar inversiones y cooperación técnica y tal vez a discutir con la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, una forma de devolver la condición marítima a Bolivia. Son buenas noticias para el Gobierno boliviano, pero tal vez no ayuden a superar la inestabilidad política. Para ello, y para aprovechar la nueva oportunidad que se le abre, tendrá que negociar con la oposición.
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