Desde hace mucho tiempo, pero ahora descaradamente, se afirma en Bolivia que el desarrollo cruceño no hubiera sido posible sin los recursos de la minería de occidente. Y lo cierto es que a Santa Cruz se la ignoró olímpicamente, hasta que aparecieron los recursos petrolíferos en su territorio, y, sobre todo, cuando los viejos cruceños de los años 40 y 50 del siglo pasado, comenzaron a producir en sus campos, azúcar, alcohol, algodón, y luego la soya y la ganadería de primera clase.
El MNR destinó recursos a Santa Cruz, ciertamente —basta con recordar el ingenio de Guabirá y algunas otras inversiones de importancia— pero debe quedar muy claro que los ferrocarriles Yacuiba-Santa Cruz, Corumbá-Santa Cruz, y la carretera Cochabamba-Santa Cruz, fueron enormes trabajos que se realizaron por la visión de los gobernantes anteriores a la Revolución, cuando existía una diplomacia competente, trazada con inteligencia, que sabía hacia dónde iba, y que, en el fondo, descubrió el oriente boliviano, después del desastre bélico con el Paraguay.
Los ferrocarriles con Argentina y Brasil que pactaron los grandes diplomáticos de la época, tenían como garantía, de parte de Bolivia, el petróleo. Se creía que Bolivia era un país petrolero y no gasífero, como resultó ser. Así que no es que el estaño hubiera financiado estos emprendimientos, sino las expectativas del petróleo. En cuanto a la carretera Cochabamba-Santa Cruz, ya se sabe que fue una obra que estaba financiada cuando el gobierno del presidente Hertzog.
Una cosa es que el gobierno central hubiera inaugurado esas obras que vincularon a Santa Cruz con el Atlántico, y otra muy distinta que las hubieran realizado. Así que decir que la minería ha sido la fuente del crecimiento cruceño, es, por decir lo menos, una exageración. Pero, además de ser una exageración, esconde un propósito de restar méritos al esfuerzo y visión de los empresarios cambas, lo que es totalmente injusto.
Yo he visto en mi niñez cómo mis abuelos maternos trabajaron el campo. He visto cómo se criaba el ganado y cómo se moría, en una semana, por una peste cualquiera, allá en Providencia, donde mi abuela dejó más de la mitad de su vida, trabajando al lado de mi abuelo, en las faenas más duras y con doce hijos a cuestas. He visto cruzar nadando el río Grande a 500 novillos que llegaban agotados y enfermos desde el Beni. Y he visto a mis tíos cabalgar durante semanas arreando el ganado y llegar a Santa Cruz más flacos que perros callejeros pero con el hato de astados a salvo. He convivido con mi tío Noel en Buen Retiro y nunca voy a olvidar cuando compró su primera heladera que funcionaba a kerosén, cuando comíamos quesillo con yuca asada, y cuando la vieja tapera de motacú la techó con tejas. ¡Qué progreso! Esa era la vida cruceña a finales de los 50.
Pero de ningún modo vamos a decir que Santa Cruz hubiera sido lo que es hoy sin el empeño y el sudor de los collas. De todos lados del interior llegaron los zafreros que de cara al sol cortaron la caña para los ingenios, ganando una miseria. Iban a Santa Cruz de paso. Acababa la zafra y retornaban a sus lugares de origen. Después entendieron que era mejor quedarse. Y luego que era mejor encontrar una moza robusta y sana para juntarse y hacer familia. Nadie les regaló nada. Todo se lo ganaron, como debía ser, a machetazos. No había sinvergüenzas como los dirigentes de hoy proclives a la rapiña.
De los primeros zafreros viene el mestizaje camba que los ideólogos el MAS quieren romper. Estos falsos forjadores de la “nueva Bolivia” quieren repartirse Santa Cruz alegando que es muy grande, que es muy rica, que está plagada de oligarcas. ¡Asaltantes a mano armada! Quieren arrebatar tierras justamente a familias que las trabajaron desde hace 100 ó 200 años. Quieren adueñarse de lo que ya está hecho. Pretenden aymarizar Santa Cruz. Imponernos en el siglo XXI costumbres bárbaras que sólo nos harían retroceder al último lugar del planeta. Pero el destino cruceño ya está trazado a nuestro modo. Guste o no guste.
*Manfredo Kempff es escritor y diplomático.
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