Diálogo, no agresiones El diálogo que propicia el Presidente para el martes con los prefectos tendría que ser la oportunidad para el entendimiento. Eso supone que ambos bandos renuncien al propósito de imponerse al rival o burlarse. Las actitudes ladinas deberían descartarse.
Los actores políticos del país han dejado de lado el diálogo y están mostrando una peligrosa predilección por las agresiones. La agresión de un lado es respondida con la agresión del otro lado, sin que aparezca ni la más mínima esperanza de un diálogo entre las partes.
La Asamblea Constituyente estaba, según dijo el Gobierno, secuestrada en Sucre. Y luego, a los pocos días, los grupos afines al Gobierno optaron por secuestrar al Congreso Nacional en La Paz. La primera agresión dio lugar a violencia, con tres muertos, mientras que la segunda lo único que provocó fue un agravamiento de la situación política, que fue reflejado por los medios de comunicación internacionales como el virtual cierre del Parlamento boliviano. Este ejercicio, de agresiones que van y vienen, no ha de beneficiar al país, ciertamente.
Por el contrario, está llevando las cosas al peligroso terreno de la violencia, como acaba de presentarse en Cobija con el incendio de la casa de un senador o enfrentamientos entre vecinos. Agredir a los que piensan diferente en uno de los bandos es una invitación a que en el otro ocurra lo mismo con el bando contrario. Y ese podría ser el comienzo de una espiral que lleve al país a abismos de violencia que nadie quiere.
Por el momento, la convivencia nacional ha sido afectada. La sociedad, acostumbrada durante 182 años a convivir con sus diferencias y sus similitudes, ha comenzado a mostrar rasgos de intolerancia que no se conocían ni sospechaban.Por eso es que los políticos tendrían que meditar en este momento y proponerse detener este intercambio de agresiones para reemplazarlo por un diálogo. Pero un diálogo sincero, que sea capaz y tenga la prerrogativa de ofrecer concesiones al otro bando en aras de la paz, la convivencia y la unidad del país.
Los líderes deben tomar en cuenta que la ciudadanía los observa y no los va a premiar porque sean violentos, sino porque sean capaces de proponer o aceptar soluciones inteligentes. La angustia con que Bolivia observa a los políticos es porque ha crecido entre los bolivianos el temor a que la unidad del país quede afectada con este festival de agresiones mutuas.
El criterio de que todo esto se resuelve sólo con un triunfo contundente de alguna de las partes es el que predomina en este momento. Derrotar a la oposición, ponerla de rodillas, ofender a las regiones donde se piensa diferente, agredir a los contrarios, forma parte de este comportamiento por el cual el único desenlace buscado es la derrota total y definitiva del rival.
Quizá el presidente Evo Morales deba aceptar que es el gobernante de todos los bolivianos, como le reclaman algunas regiones. Pero del mismo modo algunas regiones deberían aceptar que el diálogo con el Gobierno tendría que ser el camino para soluciones inteligentes y con visión nacional.
Eso sí, el diálogo tendría que ser sincero y, como se ha dicho líneas arriba, con facultades plenas para buscar soluciones. Propiciar un diálogo en el que se intercambien acusaciones ante los medios de comunicación serviría sólo para empeorar las cosas.
El diálogo planteado por el Presidente con los prefectos debería ser la oportunidad para el entendimiento. Pero eso supone que los bandos renuncien al objetivo de imponerse al rival o burlarse. Las actitudes ladinas deberían ser descartadas.