Los 3 muertos de Sucre eran jóvenes pobres Fallecieron como consecuencia de los sucesos del sábado 24. Vivían plenamente y sus seres más cercanos cuentan cómo eran en sus casas. Los recuerdan como esforzados trabajadores. Se dice que dos de ellos simpatizaban con el MAS.
MUERTE EN FIN DE SEMANA • El sábado, enormes grupos de pobladores de Sucre se enfrentaron con la Policía. La violencia terminó con tres muertos y más de 300 heridos.
“Arriba, cuando ya hicieron retroceder a los policías, ya no tenían gas lacrimógeno para disparar, sólo armas de guerra. Y la voz pasaba, de más arriba, entre los policías: \'¡Ya no tenemos gas, ya no tenemos gas!\'. Entonces los muchachos se dispersaron y ahí es donde mi hermano apareció solo en el cerro, lo agarraron, lo torturaron”.
Es el testimonio de un joven que acaba de velar el cuerpo de su hermano menor, uno de los tres jóvenes que murieron tras los choques entre policías y civiles, el fin de semana en Sucre.
José Luis Cardozo, estudiante y catequista (20), repitió la historia que tanto recitó de niño, como buen \'escalerita\' y guía en el Cementerio General, se sabía de memoria los sucesos de Ayo Ayo, batalla en la que murieron universitarios chuquisaqueños como él, en enfrentamientos por un conflicto similar: la declaratoria de Sucre por la capitalidad.
Amalia Carazani recuerda una frase sencilla de Gonzalo Durán (29); lo escucha con su propia voz, diciéndole “mamita, te voy a traer en la tarde”, y… se quiebra. Lejos de allí, un señor mayor abre las puertas de su humilde tienda y, entre suspiros de resignación, muestra las fotos de Juan Carlos (20), el hijo que dejó huérfana a la que era la niña de sus ojos, Karem, de nueve meses.
El Cheo fue escalerita, guía del cementerio y luego mártir
“Mis papitos eran de una situación de bajos recursos y desde niño fue a canchearse al cementerio; estaba en la escuela, ha hecho colegio, pero sustentaba a la familia llevando por lo menos un peso de pan”.
Juan recuerda así las primeras muestras de integridad de su hermano menor, José Luis, a quien acaba de enterrar en el mismo camposanto donde unos años atrás el Cheo, como le decían todos, recitaba de memoria la historia de Bolivia para colaborar económicamente a sus padres.
Los Cardozo Lazcano no pueden dejar de llorar al Cheo. El fatídico sábado 24, en La Calancha, zona sur de Sucre donde se desató una guerra campal entre miles de citadinos y policías, José Luis no alcanzó a escuchar a su hermano Juan, el último “¡Cheo, Cheo!” se perdió por las montañas.
Juan dice que presentía algo malo y que la tarde de ese día había salido hacia La Calancha para buscar a sus hermanos. Ahí fue que comenzó a gritar el apodo de José Luis. En algún momento escuchó cómo la gente pedía por una ambulancia, pero jamás imaginó que podía ser su hermano menor, “el más querido de todos”.
José Luis era especial. Fue \'escalerita\' y guía en el cementerio general y así repetía de memoria la historia de Bolivia, sobre todo los sucesos de Ayo Ayo. “Sabía los hechos del 24 de enero de 1899, y ahora qué lamentable, él que sabía la historia, ahora yo creo que otras generaciones de niños también explicarán los sucesos ocurridos el 24 de noviembre del 2007”. Juan tiene la premonición en la boca.
De la escuela Gregorio Reynolds, José Luis pasó al colegio Monteagudo. En todo momento compartió el estudio y trabajo para darles una mano a sus padres. “Cuando hizo su primera comunión, le gustó preparar niños. Pasó a ser catequista de confirmación, primera comunión, era monaguillo de la iglesia de San Roque”.
A la universidad entró para estudiar Construcción Civil, pero no podía con su energía y nunca dejó de prodigarse por los demás. “Sabía de todo, tenía un oficio de todo: trabaja en construcción, en carpintería, plomería, electricidad; era bien habiloso”.
Su hermano no sabe nada de la presunta historia política del joven José Luis, a quien se le vincula con el MAS: “No ha trabajado con nadie, no había tiempo para que se meta a la política”.
Juan retornó al centro de la ciudad y buscó a José Luis hasta las 23.00 del sábado. Esa noche ni sus padres ni él pudieron dormir. La sangre atrae la sangre, el corazón al corazón. “Yo presentía, tampoco pude dormir”.
A las 7.30, un amigo le dijo: “Hermano, te tengo una mala noticia. El Cheo está en el hospital”.
Según el informe médico, llegó al hospital a las 3 de la madrugada, semidesnudo y con una polera de su comparsa totalmente destrozada. “No solamente estaba con la bala en la cabeza, tenía hematomas, moretones en todo el cuerpo; su cara era irreconocible. No sólo le disparararon a mi hermano, le han torturado”, remarca con bronca. Y remata: “No conforme con golpearle, le dan un tiro más”. José Luis luchó por vivir hasta el lunes. La bala le provocó una hemorragia interna.
Gonzalo, abogado esforzado y reservado
En la familia Durán Carazani nadie se explica hasta ahora el trágico desenlace de Gonzalo, al que describen como bueno, tranquilo y pacífico.
“No le gustaba ir a ningún lado. Si había problema en la familia, miraba nada más, no reaccionaba, nada, y esta vez no sé qué le llevaría también a él, tan pacífico que era mi hermano, y a eso que llegue…”.
Habla Apolinar Durán, acompañado con la mirada gacha de sus padres, René y Amalia. Un amplio salón deshabitado es el ambiente donde se recuentan los hechos que, según coinciden los tres, no tienen por qué caber en la historia de 29 años de este muchacho sereno. Gonzalo Durán supo capear con las penas de la escasez económica y, desde su humilde morada del Barrio Lindo, salió adelante hasta graduarse como abogado nacional.
“Solamente decía: \'Es justo\'. Eso nomás decía. \'Este gobierno debería pedir un referéndum, con eso tranquilo se libraba este gobierno\'”, cuenta su padre, que sólo pide justicia y protesta contra el gobierno de Evo Morales.
De niño, Gonzalo ingresó a la escuela Benjamín Guzmán, prosiguió en el colegio Eduardo Abaroa y luego se integró a la comunidad de San Francisco Xavier. Tenía su propio bufete, “se ha esforzado para trabajar, su escritorio se ha comprado, después la computadora; de poco en poco ha empezado a hacerse”, agrega su hermano. Circuló el rumor de que dirigía la célula de profesionales del MAS. En su familia no lo descartan; Gonzalo era muy reservado. Apolinar recuerda sus últimas horas. “Yo le llamé el viernes al mediodía y le dije que no bajara porque hay mucho riesgo y al día siguiente igual: \'Hay enfrentamientos\', le dije. \'No voy a ir\', me respondió”.
Pero fue. Su madre revela que Gonzalo estuvo viendo la televisión al mediodía y que escuchó cómo el Canal Universitario convocaba a sumarse a las protestas en medio de la convulsión social.
Primero se habría reunido con unos colegas, luego pasado a la plaza 25 de Mayo y de allí a La Calancha. Según comentarios que retransmite Apolinar, “él habría ido en la punta, con su banderita en la marcha, y habían bajado tras de él. Dicen que incentivó a sus colegas”, relata.
Juan Carlos llegó de Argentina hace poco
Pese al desconsuelo acumulado en largos días de duelo, hay resignación, paz en la mirada de estos padres de edad que criaron 11 hijos, pero apenas dos vivían últimamente con ellos. Ahora, con la pérdida de Juan Carlos, se quedaron con la compañía de uno solo.
Valle Hermoso llora con cielo y todo esta tarde, a menos de una semana del deceso de uno de sus hijos. “Con nosotros comía, a esta hora llegaba todos los días”, rememora su madre. Llegaba de su trabajo, era ayudante de carpintería. Le faltaba un año para salir bachiller. Hasta hace tres semanas vivía en Buenos Aires, a donde había migrado para trabajar junto a un hermano con el objetivo de ahorrar dinero y ofrecerle un bautismo digno a su bebé de nueve meses.
En cuanto recuerda ese vínculo de padre e hija, la señora madre de Juan Carlos lo extraña intensamente, con el alma. Al caer la tarde regresaba a su casa, se duchaba y volvía a partir, entusiasmado: ´Voy adonde mi hijita´. Así lo recuerdan sus padres, que acotan: ´Tanto la quería´. Y ella a él. Con sus nueve meses, cuentan que no dejaba de buscarle en las habitaciones de la casa: ´Papá, papá´. El mismo día del velorio, pedía por su papá.
Se volvió de la capital argentina porque la madre de la niña lo llamó de urgencia. Pero pensaba retornar; ´quería criar a su hijita, bautizarla bien y ayudarnos a nosotros´. Sus padres sostienen que ´no estaba mareado´ la noche anterior a su muerte y que amaneció bien, en el puente de su zona, junto a unos amigos. Habría caído a las 10.00 del domingo.
Describen así su aspecto, al momento de reconocerlo en la morgue, casi cuatro horas después: ´He visto que lo habían maltratado en su cuerpo, había redondos, de bala no le he visto yo… Golpes he visto, moretes, y su nariz estaba rota´. La señora acota que parece que habría recibido un golpe en el labio inferior. A Juan Carlos Serrudo Murillo lo mató una granada de gas lacrimógeno que impactó de lleno en su pecho. A media cuadra de las oficinas de Tránsito, en la calle Junín; a pocas cuadras del centro de la ciudad