El drama de Colombia Bolivia, con grandes extensiones selváticas, sin comunicaciones para movilizar contingentes militares, podría ser —sin ningún afán dramatizador— tierra fértil para lo que, justamente, no queremos: la guerra interior. El caso de Colombia es una alerta.
Colombia es una nación que se mantiene democrática —pese a sus adversidades internas—, que se desarrolla y crece, que alienta la cultura y la educación como pocos países latinoamericanos, pero que está entrampada, desde hace décadas, en el drama de la guerra civil. Porque una guerrilla —como la de las FARC, ELN y milicias de derecha— pasa de ser una simple guerrilla a una guerra interior. El hecho de que existan territorios ocupados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) demuestra su poder y preocupa la impotencia de los sucesivos gobiernos colombianos en su afán de terminar con el conflicto, que no lo logra ni por la vía del enfrentamiento armado ni por el camino de la negociación.
Las permanentes emboscadas al Ejército en la selva, las respuestas sangrientas de las FFAA colombianas a los subversivos, la toma de rehenes seleccionados por parte de las FARC, los atentados con bombas en las ciudades y las acciones criminales de los llamados sicarios hacen de una de las naciones más ricas de Sudamérica lo que se define como un drama. Es, quién lo duda, una injusticia este azote que dura décadas y que ha marcado la historia de los últimos 40 años de Colombia.
Bolivia, con todas sus penosas horas que la circundan, ha podido, hasta hoy, librarse de esa combinación de terrorismo y narcotráfico que afecta a nuestros hermanos colombianos. El narco-terrorismo es una peste de la que es muy difícil zafarse. Colombia no puede hacerlo, hasta hoy, y Perú pudo sacudirse de ese mal perverso porque logró actuar a tiempo y batirlo, cuando, por ejemplo, el Alto Huallaga ya era tierra vedada a las autoridades.
Nuestro país, con grandes extensiones selváticas, sin comunicaciones para movilizar contingentes militares, débiles desde el punto de vista castrense, podría ser —sin ningún afán dramatizador— tierra fértil para lo que, justamente, no queremos: la guerra interior. Existe el narcotráfico y eso nadie lo puede desmentir, porque aquello no es de este Gobierno, sino de muchas administraciones pasadas. Y existen quienes viven de los cultivos de la coca —ahora con muchas más libertades— y que podrían facilitar la materia prima para la droga. Esa es la realidad y está en manos del Gobierno que tome las providencias.
Porque no quisiéramos emboscadas en los caminos ni asaltos a inocentes poblaciones, ni secuestros, ni rehenes. Hoy el presidente Uribe tiene que soportar presiones de toda índole para canjear a 17 secuestrados por las FARC —entre ellos a la ex candidata presidencial Ingrid Betancourt— por un indeterminado número de guerrilleros. Y negociar con la guerrilla es riesgoso porque la probabilidad de tener que someterse a la extorsión es enorme. Por eso, Uribe tuvo que admitir que el presidente venezolano Hugo Chávez participara como intermediario en un canje de prisioneros, aunque finalmente desistió en vista de que éste es un asunto con mucho contenido político y presenta flancos por donde se pueden obtener ventajas políticas como, al parecer, observó a tiempo el Presidente colombiano y separó a Chávez de dicha intermediación.
Sólo nos resta desear un final satisfactorio en el tema de los rehenes y hacer votos porque cese la violencia y pare la sangre en una nación que se merece mucho mejor destino.