Cristina Fernández, la Presidenta En un panorama como el presente, es de esperar que las relaciones de Argentina con Bolivia se afiancen y que, más allá de los planes y programas que se han cumplido o están camino de cumplirse, se realicen proyectos nuevos.
Cuando el 19 de julio pasado, Cristina Fernández de Kirchner lanzó oficialmente su candidatura a la presidencia de la República Argentina, pocas personas —dentro y fuera de aquella nación— pusieron en duda que esa mujer, de carácter definido, carisma, y experiencia política, sería la ganadora de los comicios generales en Argentina. Y, en efecto, así fue. En la primera ronda ganó ampliamente, el 28 de octubre reciente, y accedió al mando el lunes pasado. Es, como todos saben, la primera presidenta argentina que ha ganado una elección y la segunda jefa de Estado en ese país, luego de que ocupara la primera magistratura, María Estela Martínez de Perón, vicepresidenta constitucional a la muerte de su esposo, el presidente Juan Domingo Perón.
El caso de Cristina Fernández no es el mismo que el de la viuda de Perón, desde ningún punto de vista. Porque esta ciudadana platense, afincada en la sureña provincia de Santa Cruz, abogada y casada desde hace más de 30 años con su compañero de estudios, el ex presidente Néstor Kirchner, fue diputada y senadora por Santa Cruz, y luego senadora por la provincia de Buenos Aires, representando al “Frente para la Victoria”, escisión del Partido Justicialista. Participó activamente como defensora de los derechos humanos a nivel continental e impulsó la participación de la mujer en la política.
Esposa de un político obstinado como Néstor Kirchner, acompañándolo en su vida partidaria —y participando de ella—, su conocimiento del arte político y de la administración del Estado, está más que garantizado. Sus contactos con dignatarias y mujeres que llegaron a altos cargos públicos, han hecho de la nueva Presidenta argentina una persona que tiene los conocimientos necesarios para gobernar, aunque, es sabido, el gobernar una nación tiene por naturaleza complicaciones y presenta contrariedades imprevistas.
En el momento que la presidenta Cristina Fernández sucede en la Casa Rosada a su esposo —un caso inédito por cierto—, Argentina se encuentra en un trance de admirable recuperación económica y de bonanza. Luego de los contrastes que sucedieron cuando Fernando de la Rúa asumió el poder en diciembre de 1999, habiendo heredado una situación caótica de su antecesor, Carlos Menem, tuvo que pasar mucho tiempo —y los argentinos muchas penurias—, para que la Argentina lograra primero un equilibrio y luego retomara su crecimiento, aprovechando las ventajas que ofrece el mercado mundial y su propio esfuerzo, que ha sorprendido positivamente a la comunidad de naciones.
En un panorama como el presente, es de esperar que las relaciones de Argentina con Bolivia se afiancen y que, más allá de los planes y programas que se han cumplido o están camino de cumplirse, se realicen proyectos nuevos. El jefe de Estado, Evo Morales, ya ha anunciado en la transmisión del mando presidencial en Buenos Aires, que, a propósito de un nuevo yacimiento de gas en Chuquisaca, Bolivia estará en condiciones de cumplir con todos sus compromisos sobre la materia con el vecino del sur. Cumplir con lo pactado, además de obligatorio, resulta un paso importante en las relaciones bilaterales.
Existen, por lo tanto, expectativas muy interesantes en el año que se inicia, tanto en los temas de interés mutuo cuanto en la política de integración, donde Argentina tiene un gran peso propio.