Las novelas de suspenso se han convertido en una sección aparte en todas las grandes librerías del mundo. Algunos aún consideran el género como literatura de segunda, posiblemente con desconocimiento de la renovación del estilo, de los personajes y la historia. Allí se enredan y se desenredan parte de la trama y de los dramas de la sociedad contemporánea. La intriga ha salido del cuarto cerrado donde nació y se ha extendido hacia diferentes geografías y épocas. Las hay en el antiguo Egipto, la China, Albania, el África, América Latina y las reservas de pieles rojas. Los héroes ya no siguen más el modelo frío, reflexivo y distante de Sherlock Holmes o del atildado y maniático Hercule Poirot , se han tornado complejos, ambivalentes, desgarrados como el común de los mortales. Son médicos forenses, abogados, poetas, monjes medievales, escribas. Su carácter, sus mañas, sus problemas morales y existenciales influyen en la solución de los casos. Emplean las técnicas de la computación, el análisis químico, la erudición artística, la capacidad de descifrar símbolos y hasta los conocimientos tradicionales de la tribu para enfrentar asesinos en serie, terroristas mundiales, señores feudales que ignoran el código de honor estamental o conjuraciones de sectas milenaristas, dándose tiempo de preparar su plato preferido.
Algunos de los detectives caen en la glotonería con total despreocupación de violar un precepto constitucional, como Nero Wolfe de R. Scout, un gordo malhumorado y jadeante, a quien su masa corporal le impide moverse de su comedor y del invernadero donde llega en ascensor, para cuidar las 1.000 orquídeas que cultiva. La elaboración de una salsa de cerezas para marinar unas costillas de cerdo le atrae tanto como encontrar al chantajista de un viejo jubilado. Nada como un buen plato de comida para afinar la capacidad lógica y deductiva del investigador.
La novela policíaca no se priva de narrar en detalle los pormenores de la vida de los personajes, las crueldades y las delicias que pasan por ahí. La afición por la comida refinada o popular, en ocasiones inmoderada, es un asunto al cual más de un detective dedica su tiempo e interés. Ya se conocía las delicias que con las que la Sra. Maigret engolosinaba al comisario, quien además inspeccionaba con atención las novedades de las cartas y menús de los pequeños restaurantes. Las recetas de su mujer han sido recogidas en un libro de gran circulación.
Los recios detectives pintados por los autores norteamericanos de los años 30 y 40 buscaban al recogerse con las primeras luces del amanecer las alitas de pollo de los boliches de Nueva York, al igual que los tunantes andinos el fricasé mañanero para curar el cuerpo. La doctora Kay Scarpetta, médico forense, creada por P. Cornwell, una de las grandes damas anglosajonas del crimen cuyas intrigas son fábulas logradas, a veces tiernas a menudo crueles sobre la sociedad y los seres que allí viven, se agota en su laboratorio haciendo hablar las pruebas, pero halla tiempo para el amor, casi siempre ingrato, el humor y los platos italianos, meticulosamente realizados, ideales para relajar la mente, realzados con parmesano. Nunca olvida en la nevera una crema de chocolate al marsala y pistachos. La identidad pesa.
Sin embargo, pocos detectives llegan en materia de gastronomía a la altura de Pepe Carvalho de M. Vázquez Montalbán. En todas sus historias publicadas se deja llevar por sus dos manías: ´quemar libros en venganza por lo poco que le han enseñado de la vida y lo mucho que le han alejado de la realidad´ y cocinar. Le gusta disertar sobre las mejores preparaciones de los platos típicos, en particular de las regiones de España. Pero no tiene un paladar fino, sus gustos no son los de un gourmet refinado. Tampoco tiene un conocimiento profundo de los vinos y licores. Vázquez Montalbán, su autor, que guarda distancias con el temperamental detective, ha encontrado crímenes de lesa gastronomía, en las preferencias culinarias de Carvalho, producidos por ´la plebeyez´ originaria de su educación palatina, que los esfuerzos posteriores no han conseguido eliminar. Así, Vázquez Montalbán lo ha sorprendido en varias situaciones recomendado vinos equivocados como cuando prescribía un Chablis, en Los mares del Sur, con un paté que se alía muy bien a un Sauternes o un Montbrazillac, nunca al Chablis. Y horror de horrores, en Los pájaros de Bangkok convierte la fideuá, una especialidad valenciana hecha con fideos finos, en una argamasa de arroz y toda clase de animales. Una guisada en La Paz también supera de lejos la del detective.
Pero no sería justo desconocer que Carvalho tiene gustos sólidos y gran imaginación en sus preparaciones. Las recetas de los platos fuertes, de esos que se comen solos, que reúne en un capítulo titulado con justicia La soledad de los platos de fondo, al igual que las que figuran en Las minucias de lo cotidiano o las del apartado dedicado a la Cocina de los pecados capitales, no dejan al lector indiferente. Únicamente los postres son pobretones, simples, no elaborados ni sofisticados como ahora. Todo el libro: Las recetas de Carvalho, que expresa las preferencias culinarias del detective, compite exitosamente con los textos de cualquier chef titulado. El articulista glotón como es, leyéndolas recordó las de su abuela, cuando Santa Cruz era un pueblo, por el parentesco entre unas y otras. Cocinaba locros y majaditos, spaghettis y ñoquis con ingredientes poco ortodoxos y también un rissoto sencillo, aprendido de su marido italiano, con arroz de Portachuelo graneado en tuétano con cebolla y ajos, mezclado con una salsa sofrita de tomates aplastados, mojado en agua y vino, hasta alcanzar el punto. El todo rematado con queso seco de Cordillera. ¿ Dónde encontrar parmesano y hongos frescos en ese entonces? El plato en mi memoria era inmejorable. He hecho comparaciones posteriores y sale sin mella de las pruebas.
La cocina, elemento por excelencia de la cultura, como sostienen Vázquez Montalbán y C. Levi Strauss, atenúa en las historias de detectives, la brutalidad y la violencia desenfrenada que se cuecen en la sociedad, manifiestas en la naturaleza de sus crímenes.
*Salvador Romero P. es sociólogo.
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