Un año de conflictos Los temas de mayor cuidado que han quedado pendientes son los que deja la Asamblea Constituyente y los estatutos autonómicos. La nueva Constitución ha sido criticada porque se la forzó y porque fue producto casi exclusivo del partido oficialista.
Este segundo año de gobierno del presidente Evo Morales no se puede calificar de destacado, ya que ha sido una etapa de conflictos permanentes, de intolerancia del Gobierno y de la oposición, de crecimiento insuficiente, de una inflación que se ha elevado a dos dígitos, de asomos de corrupción, y falta de una política eficiente de comercio exterior. La vinculación con la Iglesia ha sido precaria, peor con el Poder Judicial. Asimismo, las relaciones internacionales no han sido de lo más acertadas. Si no fuera que nuestros vínculos han mejorado notablemente con Brasil en la reciente visita a La Paz del presidente Lula da Silva, Bolivia seguiría aferrada a Venezuela y Cuba, porque las relaciones con Estados Unidos siguen estancadas. A esto se agregan los enfrentamientos que hubo, y, naturalmente, los muertos.
No obstante, el mayor mérito del Mandatario ha sido llamar a la concordia y al diálogo, así como efectuar una política social de beneficio a la vejez y a los niños, que, pese a la razonable oposición que enfrenta, se le ha reconocido. También ha dedicado tiempo y recursos en obras de infraestructura, sobre todo carreteras. Y parece que el gas, que corría riesgo de no alcanzar para el cumplimiento del consumo nacional y los compromisos internacionales, ha retomado un camino seguro. La minería marcha a buen ritmo. Ha sido muy importante también la relación que ha mantenido con las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, que se han convertido en una plataforma sólida para la estabilidad democrática e institucional.
Empero, los temas de mayor cuidado que han quedado pendientes son los que deja la Constituyente y los estatutos autonómicos. La nueva Constitución ha sido criticada porque se la forzó y porque fue producto casi exclusivo del partido oficialista. Además, lleva en su seno la abierta intención de la reelección presidencial que siempre ha sido conflictiva. Y no es clara en cuanto a las autonomías y el problema de la tierra. Ha desterrado de plano la capitalidad que reclama Chuquisaca, un conflicto irresuelto. Ciertamente la imagen que ha dado esta Carta Magna no ha gustado a gran parte de la ciudadanía.
Pero tampoco puede tomarse como referentes de democracia los aprontes precipitados de los estatutos autonómicos en Santa Cruz, Beni, Tarija y Pando, así como queda en la incertidumbre lo que pudieran hacer, en el mismo sentido, los departamentos de Chuquisaca —que está en plena actividad autonomista— y Cochabamba. El enfrentamiento entre el Presidente y los prefectos opositores y la dirigencia cívica por el Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH) y otras demandas provocan un malestar que preocupa al pueblo, cuando se anuncian y avizoran pugnas entre regiones.
Seguramente que una de las mayores derrotas, para ambas partes, ha sido el no haber conseguido instalar el diálogo, intención que sólo se quedó en el discurso público, ante grandes manifestaciones o a través de los medios de comunicación, pero sin que nadie diera formalmente el primer paso.
Sin duda que el año que se va deja mucho por desear y en el que viene deberá imponerse el tacto y la concertación que tanto espera el pueblo boliviano para que finalmente el país arranque y supere su rezago, que es evidente.