Fidel Castro afirma desde la cama del hospital que ya no tiene afanes de ´aferrarse al poder´. Eso ocurrió —afirma el propio Fidel— ´por exceso de juventud y escasez de conciencia´. ¡Valiente excusa! Para qué aferrarse, precisamente ahora, cuando el cuerpo no le aguanta, si ya lo dominó férreamente, y con exceso, durante cincuenta largos años, durante los que gustó de sus placeres y experimentó sus decepciones. En su actual senectud, todo esto ya es pasado. Pretender aferrarse ahora al poder desmerecería su aguda inteligencia y la indeclinable pasión de mandar que caracterizó al dictador más longevo de América Latina.
La confesión de que esa desmedida pasión fue por ´falta de conciencia´, entendiendo como tal un pecadillo de juventud, equivale a confesar que jamás tuvo un momento de lucidez para devolver a los cubanos las libertades y el bienestar a los que tenían derecho. La confesión de Castro se parece más a una farsa casi póstuma para que la historia le perdone su empecinamiento, que a una sincera confesión propia de un hombre arrepentido.
¿Someter durante 50 años a los cubanos a malvivir sin libertad puede merecer el subterfugio de ´falta de conciencia´ y no más bien, la acusación de culpable contumaz? En el medio siglo que subyugó a los cubanos a una vida miserable, ¿no tuvo tiempo de rescatar algún nivel de recta conciencia? ¿Tantos años ha tardado en darse cuenta de lo que todo cubano respetable soportaba, y el mundo entero reprobaba? Uno se pregunta, si la vana excusa encierra un verdadero arrepentimiento, con dolor de corazón y propósito de enmienda, si ésta fuera posible, o es una farsa indecorosa dicha con plena conciencia.
Pero las cosas van a cambiar. ¡Tienen que cambiar! Fidel dejará una Cuba en decadencia: salud, educación, vivienda, salarios, transportes... menos la aspiración cada vez más evidente de la mayoría ciudadana a vivir mejor y en libertad. El propio Raúl, hermano de Fidel y Jefe de Estado ´ad interim´, jefe del Gobierno, jefe del partido, jefe de las FFAA y jefe total del país, ya lo anunció hace unos días cuando dijo que en el país hay ´un exceso de prohibiciones y medidas legales que hace más daño que beneficio´. Es lo propio del exagerado reglamentismo de las dictaduras. Sin embargo, indefectiblemente llega un momento en que la juventud exige un cambio hacia la libertad y el merecido bienestar. Como ha ocurrido en Venezuela en donde los estudiantes han encabezado la resistencia ciudadana a la nueva Constitución que pretendía imponer el otro dictador, Hugo Chávez.
El nuevo año se pinta decisivo para Cuba. Ante todo, debe decidir sobre la sucesión efectiva del anciano y enfermo dictador. Habrá elecciones nacionales el 20 de enero. La Asamblea tendrá que nombrar al nuevo Presidente que, previsiblemente, tendrá que liberalizar el régimen, sea por propia iniciativa o por la presión de un pueblo que ha sufrido medio siglo de opresión y que ya es hora de que viva la libertad. Y con ella, el progreso. Pues este último no puede darse cuando la iniciativa de la gente está ahogada por una burocracia ´aferrada´ al escritorio sin competencia ni otro mérito personal que el carnet del partido. Que el 2008, sea mejor para los cubanos.
*José Gramunt es sacerdote jesuita y director de ANF.
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