Los actuales líderes políticos del país (oficialistas y opositores) nos tienen secuestrados. Secuestran nuestro derecho a creer en una nación de todos, nuestro derecho a discrepar en paz y democráticamente, nuestro derecho a decir basta a las amenazas y a la violencia, pero, sobre todo, nuestro derecho a expresar nuestras ideas sin que ello implique tomar partido por uno de los gladiadores en este escenario delirante de dos extremos que pretenden, sin otro fundamento que el volumen de sus gritos, que son portadores de la verdad, que tienen la razón, que son dueños del cambio y dueños de la ´única´ visión posible de país.
No debemos aceptar la falsa disyuntiva de que en Bolivia o ´estás con Evo o estás contra Evo´, o ´estás con las regiones o estás contra las regiones´. Se puede y se debe estar con Bolivia desde la perspectiva legítima de quienes creemos que ambos extremos nos arrastran a una debacle no sólo innecesaria, sino potencialmente suicida.
Cada vez cala más el dislate de que no hay otro camino para resolver nuestros problemas que la violencia, y que ésta es en consecuencia inevitable, necesaria incluso. Será inevitable y llegaremos a la violencia si creemos esa tesis sobre la que se han construido los peores experimentos de destrucción social a título del cambio y de hacer la revolución. La paz fue, puede y debe ser revolucionaria, el discurso alternativo puede y debe triunfar.
No debemos aceptar que la revancha histórica de 472 años sea la construcción de una nación de dos repúblicas, como la que concibió la Corona española en sus famosas ´Leyes de Indias´. Ese momento de la historia ya pasó y no volverá, no debe volver. No debemos estar dispuestos a que nos mutilen, o peor, que nos obliguen a automutilarnos cualquiera de nuestros brazos, el occidental o el indígena. No debemos estar dispuestos a que nos hagan creer que collas y cambas no podemos vivir juntos porque somos tan, pero tan distintos, que los 1.130 millones de hindús con su treintena de lenguas (habladas cada una de ellas por millones y millones de personas, no por unos pocos centenares o miles), su docena de etnias y otra docena de religiones, son nada al lado de las ´tremendas e insalvables´ diferencias entre benianos, tarijeños, orureños y potosinos. Hemos convivido más de un milenio fuertemente interconectados entre Andes y llanos, como para creer en los discursos de las diferencias que ´hacen imposible´ compartir este espacio. ¿Por qué un blanco en La Paz es distinto a un blanco en Santa Cruz? ¿Por qué un mestizo en El Alto es distinto a un mestizo en Montero? ¿Por qué un indígena en Achacachi es distinto a un indígena en San Julián? ¿Por qué entre todos no podemos compartir como otras tantas comunidades del planeta un destino común?
¿Qué historia es esta de que la ´existencia precolonial de naciones y pueblos indígena originario campesinos´ (sic) otorga credenciales de calidad superior a quienes son herederos del mundo precolonial, colonial y republicano, o quienes sólo son herederos del mundo colonial y republicano, o quienes lo son sólo del republicano? Baste mencionar algunos ejemplos. Los ´herederos del mundo precolonial´ tienen el pututu y la wiphala como elementos de profundo contenido simbólico y ritual (no podrían haber pututus sin vacas y toros traídos por los europeos, ni wiphalas que son banderas, porque en el mundo prehispánico no se usaban banderas). No tendríamos charango (cuyo antecedente es la guitarra), ni carnaval de Oruro (con diablos, ángeles y Virgen del Socavón), ni fiesta del Señor del Gran Poder, ni taquiraris, ni tipoy, todos resultado del mestizaje cultural de un tiempo que hoy se pretende borrar constitucionalmente. La historia no se puede ni se debe borrar.
Los bolivianos no debemos aceptar ni revanchas ni cuentas por pagar, debemos construir juntos el futuro porque este presente sólo será creativo en la medida en que aprendamos la lección y recojamos del pasado aquello que vale la pena recoger y sepamos, sin odios, no repetir lo que no vale la pena repetir (que no es sinónimo de olvidar ni de borrar).
No tenemos por qué aceptar el secuestro de quienes hacen discursos racistas, de quienes desprecian lo indígena. No tenemos por qué aceptar el secuestro de quienes parecen no haberse dado cuenta de que definir un país por el color de la piel y categorizarlo a partir de una historia dividida en segmentos, es tan discriminador como la exclusión secular que se pretende combatir. Son demasiados años de seres humanos de primera, de segunda y de tercera clase para que insistamos en esa visión de sociedad fundada sobre execrables compartimientos estanco.
Es posible un camino diferente, es posible reclamar unidad y apostar por las autonomías, reclamar igualdad y apostar por los municipios indígenas, creer en la justicia e integrar con sensatez la experiencia prehispánica de la justicia comunitaria, es posible en suma, escribir una carta común en la que la idea de igualdad sea real y se base en un matrimonio entre el respeto a la conciencia individual y el fortalecimiento de la filosofía comunitaria de reciprocidad.
La mayoría de los bolivianos está asustada, cree que en el 2008 el país estallará. Cerremos la boca de los agoreros y demostremos a nuestros secuestradores que la oportunidad que nos ha dado la historia se puede recuperar todavía. La única condición es escuchar al otro, respetarlo, aprender de él y saber que ese espacio es de todos, sin excepciones, por igual, con prerrogativas y posibilidades que no consideren para nada el pueblo o ciudad donde nacimos, el color de nuestra piel, nuestra lengua o nuestra creencia. Que un cruceño pueda ser autoridad en Cochabamba y que un potosino pueda ocupar un cargo en Trinidad, que sepamos que las riquezas de nuestro territorio nacional son nuestras, no sólo de quienes viven en, encima o debajo de ellas. Que no necesitamos hablar una determinada lengua que no es nuestra lengua materna para ser funcionario de este Estado que es de todos nosotros.
Pongamos punto final a este secuestro inaceptable. El ´estás conmigo o estás contra mí´ es de los fundamentalistas del blanco y el negro, profetas y actores del desastre.
*Carlos D. Mesa Gisbert es ex presidente de Bolivia, periodista, historiador y político.
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