El presidente Evo Morales dice en todas partes que su propósito no era llegar a la presidencia de la República: “yo sólo quería despenalizar la hoja de coca”. Repite también que cuando deje la presidencia quiere volver a su “cato” de coca en el Chapare, que es para lo que sirve.
Pero el Presidente está cometiendo un error muy peligroso en su campaña en defensa de la coca, según la delación hecha por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Chávez ha admitido ante la Asamblea Nacional de su país que él consume todos los días la “pasta de coca” que le envía su amigo Evo Morales.
Es probable que Chávez se haya referido a lo que en Bolivia se conoce como la “pasta base de cocaína”, muy cercana al sulfato de cocaína, del que, con el uso del éter, se obtiene el clorhidrato de cocaína, la “diosa blanca” de las drogas.
Quizá Chávez no lo haya advertido, y sus colaboradores lo hayan callado, pero el consumo de pasta de coca es dañino para el cerebro. Más dañino que el clorhidrato, porque contiene residuos de kerosene, el reductor que usan los pisa-cocas en el Chapare y ahora en casi todo el territorio nacional. Ese procedimiento es el primer paso de la transformación de la hoja de coca, la inocente hoja de coca, en una droga. También en esto Bolivia exporta materia prima, o casi. No llega a producir el producto final. Se queda en la mitad del camino, en el sulfato o la pasta base, que usan algunos jóvenes de la calle para drogarse con un producto barato y alguno que otro extranjero despistado.
Este episodio perjudica la campaña del Presidente en favor de la coca. El Presidente debería haber recomendado a su amigo Hugo no consumir la pasta de coca tal como él se la envía, sino convertirla en clorhidrato.
Porque —podía haberle dicho— consumir la pasta podría causarle graves daños en el cerebro, a tal punto de ponerlo irascible, con deseos de insultar a la gente, hablar demasiado y perder el control. Y si ya tuviera esos síntomas —debería haber seguido el consejo de Morales—, lo que tendría que hacer es interrumpir el consumo de inmediato y someterse a un lavado del hígado y los riñones. Lo del cerebro ya no tiene remedio: las neuronas que desaparecieron con el consumo de la pasta están bien muertas y no se recuperarán jamás. En esto existe el riesgo de que el paciente siga hablando cosas sin sentido, indefinidamente.
El presidente Morales debería, por su parte, abstenerse de seguir enviando la pasta de coca a su amigo. No está bien que un presidente haga en persona el tráfico de drogas prohibidas.
El problema es más grave todavía. Será preciso saber por qué medios se hace el envío de la droga desde Bolivia hasta Venezuela. La valija diplomática está descartada. Y aquí surge la duda de lo que llevaba el avión militar venezolano que los riberalteños atacaron con piedras a principios de diciembre pasado. El avión se fue del otro lado de la frontera, a Río Branco y allí la policía federal brasileña estuvo a punto de inspeccionarlo, cuando llegó una nerviosa contra-orden desde Brasilia. Y el avión siguió viaje a Caracas.
El presidente Morales puede tener razón en aquello de que la coca no es mala en sí. Pero que no se meta con la droga. Y sobre todo que no promueva su consumo.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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