La intransigencia es antidemocrática En el fondo, los objetivos de unos y otros —Gobierno, prefectos, cívicos— resultan ser uno: luchar contra la pobreza, dar oportunidades a todos los bolivianos para mejorar su calidad de vida. Lo que no conseguirán si persisten en no escucharse.
En el último cuarto de siglo, los políticos y no políticos han coincidido en adoptar a la democracia como la mejor forma de vida que pueden tener los pueblos, cuyos fundamentos son la libertad y la tolerancia, pero, sobre todo, la humildad, que es la antítesis de la soberbia.
Estos preceptos han sido asumidos de la forma más consciente, o sea sin imposiciones ni exigencias, sino simplemente porque los bolivianos siempre han sido modestos y generosos. Más todavía, amantes de la paz y del respeto a los derechos de los demás. Aunque el tema de la guerra no es el más propicio para esta ocasión, es oportuno que propios y extraños recuerden o conozcan un acontecimiento histórico.
La demostración más elocuente del carácter dignificante de los bolivianos se produjo a mediados del siglo XIX, cuando el general peruano Agustín Gamarra, presidente del Perú, invadió el suelo patrio. La confrontación decisiva se libró en la batalla de Ingavi y las huestes bolivianas fueron las ganadoras, incluyendo la muerte de Gamarra. Con este resultado, Bolivia consolidó su existencia como República independiente. El héroe nacional, que hasta ahora no ha recibido los honores que merece, fue el general José Ballivián, presidente del país.
El conflicto bélico, sin embargo, no terminó ahí. Las tropas bolivianas avasallaron a las del Perú, hasta llegar a ocupar Arequipa e incluso Angamos. Bolivia pasó a ejercer su dominio hasta casi un tercio del territorio vecino. Empero, Ballivián no aceptó ser un usurpador. Una vez que la región fue pacificada, retornó a Bolivia, sin quedarse ni con un metro cuadrado de territorio peruano.
La oportunidad de hablar de esta gloria nacional podría considerársela como una evocación presuntuosa e incluso como una salida de tono, pero si se considera que en estos días se están poniendo a prueba esas virtudes de la bolivianidad, se convendrá que es extremadamente pertinente.
El presidente Evo Morales y sus asesores, tanto como los prefectos y dirigentes cívicos, harían bien en conocer y aprovechar las lecciones del pasado. Lecciones que para el caso muestran que el poder —todo poder— tiene que ser humilde. No es fácil, pero de eso se trata aceptar un liderazgo.
Desde otro ámbito, el religioso Mons. Jesús Juárez, al referirse al inicio de la Cuaresma, ha aludido directamente a los líderes del país al señalar que urge deponer el odio, la soberbia y el revanchismo para poder pensar en un diálogo con perspectivas positivas. Ha dicho que es preciso entender que si cada quien cree ser dueño de la verdad, difícilmente podrá reconocer lo que el otro está planteando. Y éste parece ser el mayor obstáculo a la hora de encontrar salidas, sobre todo —en este particular momento— en el tema del IDH (Impuesto Directo a los Hidrocarburos): las regiones reclaman la oportunidad de disponer de esos recursos para impulsar el desarrollo de sus provincias y municipios, y el Gobierno defiende sus prerrogativas para beneficiar a la población en general.
En el fondo, los objetivos de unos y otros resultan ser uno: luchar contra la pobreza, dar oportunidades a todos los bolivianos para mejorar su calidad de vida. Lo que no conseguirán si persisten en el afán de no escuchar al otro.