Alemania, Argentina, Australia, Austria, Bélgica, Bosnia y Herzegovina, Brasil, Canadá, Comoros, Emiratos Árabes Unidos, Estados Unidos de América, Etiopía, India, Malasia, México, Micronesia, Nigeria, Pakistán, Rusia, Saint Kitts y Nevis, Sudáfrica, Suiza y Venezuela son los 23 países federales que hay en el mundo. España es considerada un Estado federal “de hecho”, e Italia, Irak, Sudán y Sri Lanka se hallan en un proceso de transición hacia este sistema de organización del Estado. En términos generales podemos decir que el federalismo es un sistema que ofrece autonomía regional y supone responsabilidades compartidas.
Los especialistas sostienen que hay dos tipos de federaciones: las que se formaron a partir de la fragmentación de un país unitario, como podría ser el caso de México y quizás de la Argentina y las que tienen su origen en países fragmentados que, para su defensa, decidieron unirse, como Estados Unidos de América o Canadá.
El federalismo nació como una doctrina política que buscaba que una entidad política esté formada por distintos organismos que se asocian delegando algunas libertades o poderes propios a otro organismo superior, a quien pertenece la soberanía, pero conservando una cierta autonomía, ya que algunas competencias les pertenecen exclusivamente. En la práctica existen el federalismo simétrico que está basado en la igualdad de competencias para cada entidad regional, es decir, cada territorio tiene los mismos poderes y el federalismo asimétrico donde hay uno o varios territorios con más atribuciones que el resto, este caso se da normalmente en países multiculturales para reconocer las diferencias de una región con respecto a las demás. En general, la política exterior, la moneda, la defensa nacional y las grandes líneas de la economía son competencias de la Federación, mientras que la educación, la cultura, los cuerpos de seguridad y la administración territorial, entre otros, son asuntos de los estados federados.
En nuestro país el federalismo tuvo su auge a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, tanto que llevó a sus promotores, las elites paceñas, a ganar una “guerra federal”. Por razones que la historia no ha podido explicar convincentemente, todavía estamos esperando la institución de este sistema en nuestro país.
Después del 9 de abril de 1952, la palabra federalismo se volvió sinónimo de “antinacional” y “antipatriótico” y comenzó a ser utilizada para descalificar peyorativamente a los circunstanciales rivales políticos que demandaran cualquier tipo o grado de autonomía para sus regiones.
Hoy en día, en pleno siglo XXI, continúa esa práctica y se escuchan nuevamente voces oficiales que descalifican rotundamente cualquier iniciativa de autonomía regional calificándola de “federalista”… como si aquello fuera un pecado de lesa humanidad.
Sin embargo, tal vez quienes más han contribuido a esa confusión son aquellos que promueven ideas y propuestas federalistas de manera vergonzante, sin llamar a las cosas por su nombre.
Sería pues hora de evitar los juegos de palabras y debatir en serio las propuestas federalistas con su nombre propio. Los proyectos de “Estatutos Autonómicos” lo son y nadie debería abochornarse por ello, sino defenderlos con claridad conceptual.
*Ricardo Paz Ballivián es sociólogo y constitucionalista.
Las joyas de la familia
En el tema de los minerales no-metálicos, quiero referirme a las piedras preciosas y semipreciosas; a las gemas en un sentido amplio, muy poco conocido y peor manejado en el país en sus distintos niveles. Bolivia no figura entre los que se llaman países productores ni tiene un mercado significativo en el rubro.
Con mucho dinero y pocas ideas
Apesar de la bonanza de ingresos que vive Bolivia, que debiera prepararnos para dejar en un futuro próximo esta situación de pobreza secular, parecieran no existir condiciones que permitan pensar en que ésta es la oportunidad histórica para dar el salto a un Estado moderno enrumbado en el siglo XXI.