Lo que pasa en Trinidad no es nada nuevo, si bien ahora adquiere ribetes de gravedad. ¿Por qué? Pues por el crecimiento de los asentamientos humanos de manera no planificada. En los llanos se produce lo que en La Paz con la ocupación de cerros que luego se desploman.
Los ingenieros de Trinidad se han manifestado en estos días de inundaciones en sentido de que tenían la solución desde hace tiempo; pero que los gobiernos no les habrían prestado la atención que ameritaban, quizás porque suponían que eran problemas pasajeros, sin mayores alcances, o simplemente porque prevalecía la indolencia.
La situación, sin embargo, ha tocado límites. No se puede seguir contemplando cómo periódicamente la ciudad, que ha ido extendiéndose más allá del anillo de seguridad, queda a merced de las aguas de los ríos Mamoré e Ibare.
Argumentan los profesionales benianos que, luego de efectuar estudios que han incluido aspectos tan importantes como los de la geología, la arqueología y otros que resultan ser concomitantes, nunca recibieron respuestas, es decir apoyo económico ni técnico, de parte de las autoridades.
Los propios ingenieros reclaman cómo fueron puestos de lado hace un año y el trabajo de construir un deflector (desvío de las aguas) se encomendó a un Batallón Militar de Ingenieros, sin que éstos dispusiesen de los diseños necesarios y menos —reclaman— del control de calidad para llevar a buen término los trabajos. El avance de la obra, entre marzo y octubre del 2007, fue del cinco por ciento, según ha informado el presidente de la Sociedad de Ingenieros de Bolivia, Wálter Hurtado.
Un detalle que han establecido los profesionales es que para proteger la ciudad de Trinidad —ahora con 91.000 habitantes— hay que construir un defensivo de unos tres metros de alto y hacer que el Mamoré se desplace en un ancho de 40 kilómetros, para que sus aguas no se conviertan en un torrente. Según los diseños, mediciones y trabajos que deben realizarse, Trinidad podría tener una población de hasta medio millón de habitantes, sin riesgo de inundaciones. La condición básica es que las obras se efectúen en época seca y que respondan a un plan cuidadosamente estudiado.
Los ingenieros benianos tienen una propuesta, seguramente con la garantía de que conocen el lugar mejor que nadie; sin embargo, no hay que desestimar la ayuda técnica que están dispuestos a brindar países de Europa y EEUU. El bagaje científico y tecnológico de estos ámbitos, más los aportes locales, seguramente podrán garantizar respuestas adecuadas.
Se ha hablado de trasladar la ciudad de Trinidad; pero esta idea debe servir como acicate para asumir medidas menos traumáticas y costosas. Lo que no se puede hacer es dejar que pase el tiempo para que dentro de un año o menos se tenga que lamentar, nuevamente, el drama de los damnificados.
Lo dicho lleva también a otros temas que hay que tomar muy en cuenta. Uno de ellos es la necesidad de que las universidades, desde sus carreras de ciencia, aporten a las soluciones, que haya un diálogo efectivo entre los centros de investigación y la sociedad. Lo que pasa en Trinidad no es nada nuevo, si bien ahora adquiere ribetes de gravedad. ¿Por qué? Pues, y aquí viene el otro tema, por el crecimiento de los asentamientos humanos en torno a las urbes de manera no planificada. En los llanos se produce lo que en La Paz respecto a la ocupación de cerros que luego se desploman. Al final, las catástrofes tienen mucho que ver con la imprevisión.