A mí, Lula me gusta. Lo confieso sin miramientos. Es un presidente obrero que, como muchos otros, se levantó del suelo y vivió en carne propia lo que es el hambre, la muerte por indigencia de algunos de los suyos y un largo etc. Por eso, en su boca la frase: “Mi sueño es que al final del día cada brasileño haya comido tres veces”, me parece auténtica. Sin embargo, aunque el Brasil ha logrado disminuir las cifras de pobreza absoluta, todavía está lejos de ver cumplida la ilusión de su mandatario.
No es un fenómeno únicamente del país del carnaval: los precios de los alimentos han subido a nivel mundial en un 40% en los últimos meses. Tan sólo el martes pasado, la cotización del trigo ha aumentado en un 25%. Como en todo fenómeno, no hay una sola causa; pero entre calentamiento global, fenómenos naturales y etanol, la verdad es que los alimentos seguirán subiendo y el pan nuestro de cada día irá disminuyendo.
En Bolivia, por supuesto, esto tendrá contornos dramáticos. Según datos del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, actualmente 1,8 millones de bolivianos no consumen suficientes alimentos para llevar una vida activa y saludable. Una de cada tres personas a nivel nacional y tres de cada cinco en el ámbito rural no pueden acceder a una canasta básica de alimentos. Agréguele que hasta el hambre es patriarcal: siete de cada 10 personas desnutridas son mujeres o niñas.
Y la situación tiende a empeorar, entre otras cosas porque los productores y los intermediarios bolivianos han visto llegada la hora de hacerse la América con los alimentos. A esto se suma la loca carrera por convertir alimentos en combustible. Loca porque, a pesar de lo que la propaganda de los terratenientes quiere mostrar, es terriblemente antiecológica y porque encarece el precio de los comestibles afectando a los más desamparados.
En Bolivia, Brasil y otros países donde se puede aumentar la superficie de los cultivos esto sólo es posible de hacer a condición de deforestar y al cortar árboles estamos evitando que éstos puedan absorber gases de efecto invernadero.
Cuando escucho a los agricultores cruceños hablar de ampliar la frontera agrícola, siento un estremecimiento porque esa es la manera más directa de decirle adiós a la Amazonia.
Creo que la solución va por otro lado: debemos aumentar la productividad, producir alimentos ecológicos, realizar una campaña para revalorizar nuestros alimentos ancestrales, comenzando por dar en el desayuno escolar una mejor ración (algo que, por ejemplo, ya se hace en el municipio de La Paz). Y, por supuesto, hay que hablar con el primer mundo para que éste pague porque nosotros mantengamos la selva.
El precio del petróleo ha sobrepasado los cien dólares lo cual es preocupante, pero mucho más que los comestibles suban tanto que la mayoría se alimente peor de lo que hasta ahora hace.
Ésta debería ser una cruzada nacional bastante más importante que un montón de temas que discutimos en los noticieros. Porque ciudadanos mal alimentados no podrán aprender en la escuela y tendrán baja productividad perpetuando un círculo de pobreza y desamparo.
*Jaime Iturri Salmón es periodista.
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