No se trata de una historia de fantasmas, como en la película, aunque tiene que ver con seres aparentemente invisibles. Estos días recuerdo a menudo al Dr. José Luis Roca cuando, en la década de los 90, luego de la aprobación y con los primeros años de experiencia de la aplicación de la Ley del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) aseguraba haber cambiado de identidad puesto que, no siendo indígena ni empresario, había pasado a ser “tercero”. El conocido y polémico historiador se refería a las normas sobre propiedad y la denominación de propietarios que establecía la mencionada ley.
El año 2001, al realizarse el Censo Nacional de Población y Vivienda y haberse aplicado la controvertida pregunta respecto a la autoidentificación étnica, que no consignó la posibilidad de declararse “mestizo”, muchas personas, y creo que el Dr. Roca también, dijeron que habían pasado a la categoría de “otros”, puesto que se negaban a autoidentificarse como “blancos” o como pertenecientes a alguno de los pueblos indígenas del país señalados en la papeleta de empadronamiento.
Quienes se sienten mestizos no son los únicos fantasmas de esta historia. En estos tiempos del cólera que corren en nuestro país también parecemos invisibles los “otros” que nos negamos a tomar una posición radical al lado de uno de los dos polos principales de confrontación: el proyecto político del Movimiento al Socialismo (MAS) o el de los Comités Cívicos de la llamada Media Luna. Los dos bandos enfrentados tienen su propia visión de país. Y los dos actúan como si lo único que les importara es aniquilar al contrario.
Si desde el año 2000 las y los bolivianos vivimos una crisis de Estado y una anomia social generalizada, desde diciembre del 2005, cuando el MAS ganó con casi 54% de votación y, al mismo tiempo, la población votó por primera vez a los prefectos de los nueve departamentos, eligiendo a seis abiertamente contrarios al proyecto del MAS, también vivimos en medio de una “champa guerra” de consecuencias imprevisibles.
Una guerra que nos involucra a todos, y no sólo a los que están abiertamente en un bando u otro. Un clima de confrontación cuya principal arma es el lenguaje.
Cuando la oposición defendía la legalidad en la Asamblea Constituyente y en el Congreso Nacional, lo que no quería era aprobar las reformas a la Ley INRA. Cuando se comenzaron a ver en el país los efectos de la inflación, encarecimiento y desabastecimiento que están afectando a toda la región, aquí se dijo que eran los empresarios cambas los culpables. Cuando por incompetencia nos falte el gas, ¿a quién echarán la culpa? Cuando con los votos confirmemos lo que ya sabemos, que estamos partidos en dos visiones de país… ¿quién podrá defendernos… de nosotros mismos? Estamos enfermos de desconfianza.
En verdad, cada día hay más motivos para desconfiar. Cualquier comunicación tiene dos y hasta más códigos. Mientras escuchamos, no estamos pensando en lo que nos dicen sino en lo que nos están ocultando. Hablan de autonomías y descentralización orillando el federalismo, pero sin decirlo, y hablan de diálogo mientras hacen corralitos y agreden a los interlocutores. Creemos que decidir cómo vamos a dividir el país nos va a salvar de enfrentar la lucha de fondo, que es pelear contra la pobreza y la injusticia. Por eso, para iniciar el diálogo lo primero que tenemos que dejar de lado no son las armas, sino las máscaras.
*Carmen Beatriz Ruiz es comunicadora social.
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