El proceso político se ha acelerado de tal forma que cabe preguntarse cuánto es el “largo plazo”. En mayo del 2005 eran tres meses, en enero del 2005 parecían ser cinco años, ¿cuánto es hoy? El gobierno nacional lleva 26 meses en gestión y le faltan 34 para concluir su periodo constitucional. La anhelada reelección-inmediata-indefinida y sin renuncia ya no va y ni siquiera va el revocatorio por el riesgo real de que el Presidente y su Vice sean invitados a retirarse del Palacio.
El asunto de fondo es que el Gobierno con mejores condiciones políticas, sociales y económicas de la historia democrática se encuentra severamente desgastado y los tiempos políticos se aceleran. El 4 de mayo —como de aquí a 50 días— es un plazo que definirá el curso de la historia del país, pero en realidad, si el Presidente no cambia de discurso y comportamiento en 15 días, probablemente después ya sea innecesario y la historia le pase por encima.
Somos testigos, y a la vez actores, del avance y la consolidación de dos procesos históricos: el proceso histórico descentralizador y autonómico, y el proceso histórico de inclusión indígena. Ambos a punto de cristalizar, ambos complementarios: no se pueden —ni deben— parar, y con una potencialidad democrática enorme. ¿Por qué entonces la crisis?
El proceso histórico descentralizador-autonómico empezó a producir cambios efectivos en el sistema político al menos desde la Reforma Constitucional 1994; de la municipalización a la elección directa de prefectos ha avanzado a grandes zancos. Ha sido una decisión clara y contundente en cuatro departamentos, y hoy está presente en los nueve, incluso hay voces autonomistas en El Alto. Se empieza a reflexionar un diseño de Estado acorde a una historia que ha probado que carecemos de un núcleo de articulación hegemónica. Ya no es el proyecto del oriente o de la “media luna”, es un proyecto nacional.
El proceso histórico de inclusión indígena empieza a producir cambios efectivos después del Manifiesto de Tiwanaku en 1973 y al menos a partir de la década de los 80 muestra resultados concretos. Sólo uno de ellos —gracias al katarismo y al indianismo— es “Evo Presidente”. Sin este proyecto no hubiese sido posible el MAS, pero el MAS no es la base del proyecto, es su forma coyuntural. Ya no es occidental, también es proyecto nacional. La izquierda criogénica que se adhiere al MAS y abandona la camiseta clasista para ponerse la étnica, toma este discurso para consolidar su base electoral, pero ojo, el proyecto indígena no degüella cachorros ni golpea mujeres.
El Gobierno, a contramano de la historia, se puso frente al proyecto descentralizador autonómico y usó el proyecto de inclusión indígena para sus fines. No paró al primero y el antimasismo se vuelve anti indigenismo y produce retrocesos. Mientras ambos proyectos se encuentran en Sabina Cuéllar en Sucre, mientras el país se adscribe a ambos para pensar el futuro, el Gobierno reparte focos ahorradores, trae a Maradona para que llene el circo y busca recuperar apoyo a la “nacionalización” con Santos Ramírez en YPFB. Por cierto, si es verdad que él era el poder real detrás de Aruquipa, hace meses que se viene aplazando.
*Jimena Costa B. es analista.
Como los cangrejos
Vemos a Venezuela debatirse en una inflación galopante; añora unos alimentos que no es capaz de producir y a veces ni siquiera de importar.
Los males de la Policía
Es increíble que hasta ahora ningún gobierno le haya dado solución a todos los problemas internos que sufre la institución policial.
La siesta como obligación
Hace unos meses, el ministro de Sanidad francés recomendó a sus compatriotas que dediquen quince minutos diarios a la siesta.
Los embrollos de la Constituyente
En el país se cometió un grave error al convocar a una Asamblea Constituyente sin saber cómo debía funcionar ni quiénes debían ser sus protagonistas.
Ediciones Anteriores
Encuesta del día
Como Fidel, sin ningún cambio
Mantendrá el socialismo pero flexibilizará la economía