Mencionar a la Organización de los Estados Americanos (OEA) causa reacciones encontradas. Es el ´ministerio de colonias de los Estados Unidos´, según Fidel Castro; otros la ignoran y pocos la ensalzan como la organización internacional más antigua del mundo, que ha servido como ámbito de diálogo para la solución de diferendos entre sus miembros.
Ni tanto, ni tan poco. El colombiano Alberto Lleras Camargo dijo que las organizaciones internacionales son, ni más ni menos, lo que sus miembros quieren que sean. La OEA ha demostrado que no puede ir más allá del mandato que le confieren sus miembros. Esto es natural, porque ninguna organización tiene poderes supranacionales y, por ello, no puede intervenir independiente de sus miembros en la difícil tarea de preservar la paz o de solucionar, per se, los diferendos.
Hubo secretarios generales que comprendieron las limitaciones de la organización y su papel como primer funcionario de la OEA —no la preside ni fija políticas—; otros, quizá por sus antecedentes (hubo ex presidentes y ex cancilleres), creyeron que podían ponerla a su servicio en una pretendida misión mesiánica para componer entuertos.
Pocos secretarios generales no tuvieron sobresaltos. Otros pasaron por graves crisis, guerras limitadas (El Salvador – Honduras y Perú – Ecuador) o por peligrosas tensiones internas, como la del Perú, con la caída del presidente Fujimori, y por graves sucesos: Haití y la crisis en Venezuela por el fallido golpe contra el venezolano Hugo Chávez.
Ante el incidente entre Colombia y Ecuador, con Chávez entrometido, nuevamente se puso a la OEA en acción. Se reunió el Consejo Permanente que aprobó una resolución y ¡eureka! constituyó una misión, encabezada por el secretario general José Miguel Insulza, para que visite ambos países y presente un informe. Mientras tanto, en la reunión del Grupo de Río celebrada en Santo Domingo se produce lo inesperado: la distensión aleja un potencial conflicto de proporciones.
Insulza visita el lugar del ataque de las fuerzas armadas de Colombia, o sea el campamento de las FARC —que tenía tres meses de ser usado como refugio para treinta terroristas— y recibe informaciones de ambas partes. Luego, presenta un informe.
Nuevamente, se muestra lo anodino, la actitud contemporizadora con uno y otro lado, y se elude responsabilidades. Insulza, otra vez decepciona por su vaguedad y cobardía por lo que no dice; porque se limita a repetir las conclusiones de la resolución del Consejo Permanente y, sin imaginación, se queda en lo obvio: que conversen las partes y que éstas establezcan mecanismos para crear confianza mutua; porque disimula una innegable comprobación: que el campamento de las FARC en territorio ecuatoriano fue usado como refugio de la organización terrorista y como base para incursionar y matar, secuestrar y bombardear en Colombia; que había, al menos, tolerancia del régimen populista de Correa.
Insulza, frecuentemente se asocia con el más fuerte o con el que detenta el poder, como en Bolivia, al banderizarse con el régimen del presidente Evo Morales. Pero ante la certeza de que no podría hacerlo en este caso, se decidió por lo más cómodo: vendarse lo ojos y no decir nada.
*Sergio P. Luís es profesional independiente.
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