Yo coopero, tú cooperas, él coopera, nosotros cooperamos, vosotros cooperáis y ellos cooperan. Aunque en menor medida, la tercera persona del plural también echa una mano a Bolivia a través de las diferentes organizaciones humanitarias. Cinco de cada 100 personas que trabajan en proyectos para el desarrollo son expatriados, según las cifras que maneja Congi, la Coordinadora de ONG Internacionales en Bolivia, con 32 organizaciones afiliadas y otras 34 vinculadas. Vienen de toda longitud y latitud: Suiza, Italia, Francia, Japón, Dinamarca, Alemania, España...
Transmisión de conocimientos, ida y vuelta de aprendizajes y experiencias, los cooperantes extranjeros dejan tanto en Bolivia como se llevan. ´Es un gran aporte aunque el porcentaje sea muy pequeño. Ellos aprenden mucho y nosotros recibimos su frescura, su visión externa y sus ganas´, indica la coordinadora general de Congi, Shirley Sánchez Peredo.
Frente a la inmensidad de cualquier atlas, alguien podría preguntarse por qué precisamente a Bolivia. ´Como politóloga, me interesa el momento que vive el país´, dice la murciana Esperanza Ballester (35). ´Era el país que más me atraía por ser el más desconocido y del que menos información se puede tener desde Europa´, defiende la joven cooperante Sandra Martínez (30), de Sevilla.
Ni aventureros ni mochileros
´Especialista de un país desarrollado que colabora con organizaciones humanitarias que trabajan en el Tercer Mundo´; es la definición de cooperante que brinda el diccionario de la lengua española. Pero, ¿qué significa en esencia ser cooperante? Los protagonistas de estos párrafos, mujeres y hombres, rondan la treintena y responden a un perfil altruista y vocacional, sin mucha experiencia, pero con suficiente formación. Se les supone pacientes, operativos y preparados siempre para aportar su granito de arena. Como el chico ideal al que todo país querría tener cerca.
No son simples viajeros. Ni hippys trasnochados. Tampoco mochileros caídos del cielo en busca de un manojo de experiencias bolivianas que llevarse a sus países. Tienen horarios: ´¡Vengo a Bolivia y trabajo más que en Suiza!´, ríe Nora Herbst, una suiza de 25 años que, desde el pasado noviembre, colabora con Swiss Contact elaborando un inventario de emisiones contaminantes. No carecen de preocupaciones personales: ´Pasamos por momentos altos y bajos como todo el mundo´, explica la gallega Patricia Ramos Díaz, de 29 años. Y la rutina forma parte de sus vidas: ´La gente no lo cree, pero tengo una oficina, un despertador y monotonías´, aclara Itziar González Camacho, responsable de programas en la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID).
Con un trabajo que exige altas dosis de compromiso dialoga este reportaje. Pero se trata de una profesión, no de una vía de escape para dejar atrás los problemas. ´Puede que sea más emocionante que ser cajero, pero no es una aventura. Tenemos muchas responsabilidades; primero, con las personas a las que van destinadas los proyectos y, segundo, con el país de origen que destina los fondos´, aclara Itziar González.
Tan lejos de sus países y tan cerca de sus corazones, Bolivia ha supuesto para muchos un cambio radical. Con reminiscencias camaleónicas, han tenido que adaptarse rápido a los ritmos que exige su país de acogida. ´En Japón, la puntualidad es sagrada. Pero cuando doy clases aquí, los chicos llegan muy poco a poco´, confiesa la japonesa Midori Kaise (29). Lleva dos años enseñando a niños pequeños con Christian Children\'s Fund y regresa el 27 de marzo. Tiene claro que su maleta volará cargada de ´los besos y los abrazos que reciben los niños bolivianos, porque en Japón es todo mucho más frío y lo quiero enseñar´.
Contradicción de términos, los cooperantes mantienen un rol de profesor aprendiz. Desde el primer minuto. Desde que desembarcan en el país. Y hasta que recorren el camino de regreso. La representante de Acsur en Bolivia, la francesa Berenice Michard (27), lo tiene claro: ´Pensar que uno lo sabe todo es un defecto porque, en muchos casos, lo puede hacer el personal local. Me gusta estar aquí para aprender´. ´Lo que trabajo acá nunca podría hacerlo en Europa porque lo hacen profesionales´, matiza Nora Herbst.
Proceso de instrucción sin frenos, el de estos jóvenes es un ir y venir sempiterno, como el de una carretera con múltiples cruces en la que todos los sentidos convergen. Por eso Midori está de vuelta. Por eso Fernando de la Cruz Prego (26), recién de ida. Él todavía recuerda las caras cuando dijo que venía a Bolivia: ´La información es muy exagerada. Si hay inundaciones, las hay en toda Bolivia; si ha habido un muerto, están matando en toda Bolivia. Creían que lo pasaría mal, pero tienes una vida totalmente occidentalizada y, con 700 euros de beca al mes, vivo por encima de mis posibilidades´.
Las cosas claras, nadie dijo que resultara sencillo convivir en una cultura extraña. Tampoco en Bolivia. Tuvieron que entender primero y hacerse entender después. ´Visitaba proyectos y no lograba comunicarme. Había un técnico del programa que les decía exactamente lo mismo y le entendían. Tienes que aprender a expresarte, a cruzar la calle, a negociar los precios… todo es diferente´, explica Lucía López, representante de la Xunta de Galicia en Bolivia.
Profesión multidisciplinaria
Son abogados, diseñadores, pedagogos, ingenieros agrónomos y periodistas, politólogos, historiadores e incluso licenciados en Turismo, físicos y matemáticos. Pero, sobre todo, son cooperantes. ´La diferencia es la pasión que sientes por tu profesión. El límite de hasta dónde llega tu vida y dónde empieza tu trabajo está más difuminado´, adelanta Itziar González.
Y es que hoy, la labor de los cooperantes en Bolivia es tan variada como perfiles y puestos cubren. Por ejemplo, ´los becarios de las Comunidades Autónomas españolas hacemos de vínculo de comunicación entre nuestra región de origen y las contrapartes. Yo decido dónde y cuándo viajo para analizar los trámites de supervisión´, indica la valenciana Patricia Lázaro Ramos (30).
A pesar de la libertad, todos sus pasos responden a un esquema previamente elaborado. Juan Diego Ruíz Cumplido, adjunto a la coordinación general, desglosa el método de la AECID: ´Lo importante es que no se les suelta en un proyecto, sino que siempre tienen un responsable que, por definición, tiene experiencia. Se les da un plan de trabajo determinado´.
Por convenio, la mayoría emprende el viaje de vuelta. Nora, Patricia, Midori, Fernando, Berenice... marcharán algún día con el equipaje rebosante de experiencias. Acá dejan sus conocimientos técnicos, su frescura y sus ganas de ayudar. Pero la tercera persona del plural seguirá conjugando el verbo cooperar para demostrar que, si bien el trabajo mal hecho no tiene futuro, el bien realizado no conoce fronteras.
Estos extranjeros rondan la treintena y responden a un perfil altruista y vocacional, sin tener mucha experiencia, pero con suficiente formación.