Muy de terno o tacos, muy de celular. Había que ver a la gente esperar su turno para martillar un clavo y atar en torno a él la cinta —algunos mucho más de una— para desear, para pedirle a algo o alguien que le cumpla el sueño. Tal como hacen desde hace siglos algunos pueblos africanos con los objetos punzantes. Tal como hace la gente, expresión de sincretismo, en Salvador de Bahía (Brasil) ante la iglesia del Señor do Bomfin, entre flores y agua bendita.
Samuel Pinheiro Guimaraes —artista brasileño— estaba seguro de que así reaccionaría la gente. Porque la fe, dice, es parte del ser humano, no importa cuán racional éste intente ser.
El cuadro de clavos y cintas de colores —en las se ha estampado la leyenda “Fé nas fitas Meu desejo é...”— irá llenándose a medida que la gente visite la exposición en el Museo Nacional de Etnografía y Folklore. La carga emotiva es imposible de calcular, pero por otro lado el trabajo permite identificar una característica del arte contemporáneo: es algo vivo, que se mueve, algo no definitivo, algo en lo que el espectador participa para completar el sentido de lo que el creador —el artista— propone como idea base.
Fé cravada fé amarrada, título de la exposición, tiene dos grandes temas que bien pueden articularse. Por un lado está esto de la fe que recurre a antiguas prácticas culturales. Por el otro, a través de cabezas humanas moldeadas y serigrafiadas, se develan prácticas con las que una parte del mundo descalificó a la otra, sin prever que aquellas le caracterizan también, hoy, inicios del siglo XXI, pues humanos somos todos, con lo bueno y lo malo que ello pueda implicar.
Los pueblos amazónicos, andinos, africanos, “salvajizados” como reductores de cabezas asoman en la muestra como un espejo. Nuestras cabezas se reducen también cada vez que las ideas propias se acallan para dejar espacio exclusivamente a las ajenas.
Pinheiro Guimaraes estudió Arquitectura en Río de Janeiro, ciudad a donde la familia le llevó desde su natal San Paulo, siendo un niño. “Me siento carioca”, dice quien creció entre obras de arte, pues su madre es grabadora. “La arquitectura me ha servido mucho para tener un horizonte muy amplio”, afirma.
El grabado y la escultura son algunas de sus formas de expresión que luego transitan por lo que se denomina “técnica mixta” y que multiplica las posibilidades de combinación.
Su vivencia entre pueblos del Amazonas y la información sobre las culturas africanas se sumó a ése su horizonte de ideas y entonces surgió el trabajo con cabezas humanas y esculturas en madera y clavos que también se sueldan en las piezas de metal. Obras, entre otras, que forman parte de la muestra que estará en La Paz hasta fines de abril.
Los últimos meses previos a esta visita, Guimaraes estuvo en Egipto. La experiencia reclama en él una respuesta estética, la que seguramente se traducirá en lo próximo que cree.
Mientras, el Guimaraes seducido por la idea de la reducción de testas y de la fe que se ata o se clave, da para volar en aras de los conceptos que el espectador quiera encontrar.
“En las culturas amazónicas —en Brasil, Ecuador e inclusive Bolivia—, una vez caído el enemigo se le cortaba la cabeza y se la exhibía reducida. Era un trofeo de guerra, de triunfo”. Visto desde este tiempo, aquello parece un acto salvaje y superado por la civilización. Nada más falso, retruca el artista, para quien la globalización mal equilibrada plantea otra forma de reducción de cabezas, en la medida en que hay grupos humanos y países —se les llama en vías de desarrollo— que no responden, no plantean, sólo reciben”.
Las cabezas en vías de reducción han sido modeladas en resina, con los ojos y la boca vendados. Y así, tridimensionales, son parte de la exposición. Pero, además, Guimaraes las ha fotografiado, ampliado y trabajado en serigrafía. Así ha armado una serie titulada Antiguamente el mundo no existía. Cada cuadro presenta la cabeza monocoloreada y objetos añadidos o superpuestos: grabados de cronistas o fotos de indios americanos, llaves que cuelgan de la boca, plumas de intenso colorido o tejidos andinos. En todo caso, los invisibles, las “almas en venta” que el colonialismo redujo —y reduce— a casi nada.
Pero, no se vaya a pensar que hay pesimismo en esta mirada de Guimaraes. Al contrario. Su fe —que clava y ata recogiendo prácticas africanas y latinoamericanas— está puesta en la capacidad de respuesta de los aludidos. Los que deben clavar y atar a su vez sin sentir que retroceden, que niegan el presente.
“Los indios se comían también al enemigo. Eran antropófagos. Pues hay que hacer lo mismo con las ideas: comerlas, digerirlas, convertirlas en algo diferente”. El banquete traducido en totems, libros clavados, cabezas pinchadas como para que reaccionen aguarda a los comensales en el patio Siglo XXI del Musef (c. Ingavi y Sanjinés).
Punto de vista
Un arte que hace accesible lo que es inalcanzable
RAMIRO MOLINA RIVERO, antropólogo, Dir. del Musef.
Fe clavada fe amarrada expresa la genuina esperanza que todo ser humano tiene. Estas esperanzas se representan a través de ritos y ritualidades, o actos ceremoniales o de significaciones simbólicas dirigidas a aquellas fuerzas intangibles que así se pueden hacer terrenales.
Para Samuel Pinheiro Guimaraes, el acto de fe no necesariamente responde a una creencia religiosa, sino a los más genuinos y básicos sentidos humanos de esperanza.
La obra de este artista está inmersa en las dimensiones de lo sagrado y lo profano, en la medida en que se sacraliza, en la ritualidad, lo inalcanzable, y a la vez esto se materializa en objetos simbólicos terrenales alcanzables. Tal la esencia y el sentido de la obra de Samuel Guimaraes.
El trabajo del brasileño muestra influencias culturales diversas, tanto locales como provenientes de otros continentes. La idea de las esculturas de seres humanos y animales, tallados en madera, presentes en la cultura africana oriental, conocidos como los nikises, es destacada por su fuerza simbólica para pedir a los dioses protección.
Se observan también las influencias de las culturas amazónicas, con las que el artista ha tenido la suerte de vivir algún tiempo tiempo. Las cabezas pintadas sobre los libros recuerdan a muchos personajes no del continente, que comparten en vidas y obras los ideales y utopías que van desde sus esperanzas de retornar a las raíces naturales (Thoroeu), hasta los más sociales y políticos como Allende y el Che.
Finalmente, la obra se extiende al espectador, ofreciéndole la posibilidad de incrustar su propio clavo en la madera, para pedirle a esas fuerzas de la naturaleza la materialización de un deseo, una esperanza o un anhelo.
La ritualidad que sacraliza y materializa es la esencia y el sentido de la obra de Guimaraes.