El Gobierno y la Iglesia El Gobierno nacional tendría que cuidar mejor su relación con ella, para luego, cuando no le queden más alternativas que acudir a la Iglesia, no deba pasar por el mal momento de contradecir sus discursos con los hechos.
Las relaciones de los gobiernos con la jerarquía de la Iglesia Católica siempre deberían ser desarrolladas de la manera más cautelosa, partiendo del respeto recíproco que ambas partes deben guardarse, porque en momentos de crisis políticas y sociales suelen ser muy útiles para preservar la convivencia nacional. Al menos, esa es la experiencia histórica que se ha tenido desde el restablecimiento del sistema democrático en Bolivia, en 1982.
Esta conducta tendría que ser aplicada aún con mayor rigor en la actualidad, porque el gobierno de Evo Morales está empeñado en transformar las estructuras del país, lo cual, principalmente por las fórmulas aplicadas, no siempre mereció la aceptación general y, por el contrario, en varias oportunidades puso en aprietos a la administración gubernamental.
En este panorama de anuncios de cambios profundos y de resistencia política y regional a gran parte de esas medidas, irremediablemente se producen conflictos. De hecho, éstos no han sido pocos en los dos años y medio de la gestión de Morales. Como ha ocurrido en el pasado, los sectores que son o se sienten afectados por las políticas del oficialismo reaccionan adversamente, originando situaciones que a veces se tornan demasiado complejas y ponen en tensión la estabilidad política, económica y social del país.
La Iglesia Católica, la institución más representativa de todas —las encuestas establecen que cuenta con el respaldo de casi el 80 por ciento de los bolivianos y bolivianas—, se muestra comprensiva y dispuesta a cooperar hasta en los trances más difíciles, sabedora de que resulta ser el último recurso que tiene el país para asegurar la pacificación nacional.
Recientemente, el presidente Morales tuvo que acudir dos veces a la Iglesia Católica para que interponga sus buenos oficios y pueda instalarse el tan mentado diálogo que hasta ahora no llega. En ambas ocasiones, con el polémico tema de las autonomías departamentales de por medio, lamentablemente no hubo resultados satisfactorios, aunque sigue en pie esa posibilidad para después del referéndum de Santa Cruz.
El Gobierno del MAS, en rigor, siempre tuvo una relación extraña con el Clero, pues a momentos fue agresiva pero en otros cordial. Y, pese a esto, las autoridades eclesiásticas jamás le han rehuido a su responsabilidad con el país.
Cuando el presidente Morales sostuvo que había esclavitud en el chaco, el cardenal Julio Terrazas pidió pruebas, y de esto se valió el Ejecutivo para volver a atacar a la Iglesia Católica.
Al final, el tiempo le dio la razón a Terrazas porque el Gobierno bajó el tono de sus aseveraciones al hablar de servidumbre y no tanto de esclavitud. Sin embargo, Morales no quedó conforme y dijo sentirse “engañado y traicionado” por la jerarquía eclesiástica, mientras que el Cardenal respondió con un pedido de calma, además de ratificar que mantiene los esfuerzos por facilitar el diálogo en el país.
La mayoría de los bolivianos confía en la religión católica y, en ese sentido, el Gobierno nacional tendría que cuidar mejor su relación con ella, para luego, cuando no le queden más alternativas que acudir a la Iglesia, no deba pasar por el mal momento de contradecir sus discursos con los hechos.