Enfrentamientos en el exterior Lo contrario de un pacto sería el fracaso de los políticos en su obligación de sostener a Bolivia como nación. Salir a buscar apoyo afuera para que ocurra lo que pasó con la Iglesia Católica, es decir, tocar sus puertas y luego desairarlos, sería fatal.
No hubiéramos deseado que se llegase al extremo del enfrentamiento y el desprestigio entre compatriotas en el exterior del país. Salir de Bolivia para denigrar al enemigo político no es lo más saludable. Como nunca antes había ocurrido, oficialistas y opositores decidieron desplazarse al extranjero, simultáneamente, en busca de apoyo foráneo.
El Presidente de la República estuvo en Caracas con el presidente anfitrión, Hugo Chávez; con el jefe de Estado de Nicaragua, Daniel Ortega, y con el vicepresidente de Cuba, Carlos Lage. Es decir que Evo Morales se ha reunido con la plana mayor de la Alternativa Bolivariana para las América (Alba), que sostiene y lidera Chávez y que, hasta la fecha, no ha mostrado una utilidad económica palpable para sus miembros, aunque sí un alineamiento político de izquierda populista.
En el otro flanco, el presidente del Senado boliviano, Óscar Ortiz, anunció un viaje a México y Colombia, con un fin similar al de Morales: explicar la situación política del país desde su punto de vista. La diferencia está en que ambos personajes han buscado distintos interlocutores: populistas, por el lado del oficialismo, y conservadores por el de la oposición.
Del presidente Morales se conoce ampliamente su discurso y éste, en esencia, no ha variado en varios años, desde su campaña electoral. El sufrimiento del pueblo, la explotación, la conjura —ha acusado a algunos militares en retiro de conspirar— y el yugo del imperialismo norteamericano. El senador Ortiz dirá otras cosas, seguramente, y explicará, desde su postura de opositor, cuál es el sentido del régimen de las autonomías que Santa Cruz y los demás departamentos de la denominada Media Luna pretenden instaurar.
Lo importante en uno y otro caso es el cuidado que se debe tener con las relaciones exteriores, sobre todo dentro del sistema interamericano. No puede ser concebible que unas naciones reciban una información sesgada por un lado y que otras deban enterarse de situaciones completamente distintas. Las cancillerías de los países amigos están muy bien enteradas de lo que acontece en Bolivia, y no necesitan de revelaciones extras.
Fundamentalmente, tanto los oficialistas como los opositores no pueden olvidar que el diálogo, tarde o temprano, deberá instalarse; y, por lo tanto, los ataques en uno u otro sentido sólo acabarán dificultando una probable salida a la crisis. Tras el referéndum del 4 de mayo, o de todas las consultas de las regiones que propugnan las autonomías, al margen de los resultados, ambas partes deberán sentarse en una misma mesa.
Lo contrario de un pacto sería el fracaso de los políticos en su obligación de sostener a Bolivia como nación. Salir a buscar apoyo afuera para que ocurra lo que pasó con la Iglesia Católica, es decir, tocar sus puertas y luego desairarlos, sería fatal.
Llegó la hora de pensar en serio, para evitar los errores del pasado. En dos años de gobierno del MAS, los bolivianos hemos presenciado una agresiva forma de practicar la política. Ha llegado el momento de arreglar nuestros problemas domésticos en el único lugar donde debemos hacerlo: en casa, en Bolivia. Y dediquémonos al trabajo, a la producción, a las exportaciones, al crecimiento... a menguar el hambre y la pobreza. Si optamos por viajar para denigrarnos entre nosotros mismos, vamos mal.