Inicio. La presión de los amigos impulsa a que muchachos cada vez más jóvenes se introduzcan en el hábito, incluso a los 12 años.
Cultura. En Bolivia, el alcohol está presente en casi todas las actividades de la vida. El ingerir este tipo de bebidas no es mal visto.
Mujeres. El número de mujeres que consumen alcohol es cada vez mayor. Algunas pretenden probar que son iguales al hombre.
Tiendas. Negocios barriales son proveedores y facilitadores de los brebajes a los adolescentes y jóvenes. Aceptan prendas y fían.
“Tú sabes cómo es la cosa. Te ves con tus cuates antes de entrar al cole y dices: ‘¡Huy... me toca con el cabrón de química!’ o, ‘No quiero entrar a mate’. Entonces alguien propone: ‘Nos chacharemos, vámonos a chupar a la plaza’. Con otros tres o cuatro changos llegas donde la casera a comprarte una botella de alcohol y un jugo. Mezclas y te puedes dar duro (embriagar)”, relata Gustavo (17).
Estas reuniones para ingerir alcohol no tienen hora. Algunas se dan tan temprano como las 10.00 y otras inician a las 23.30.
El hecho es que los adolescentes y jóvenes consumen bebidas alcohólicas habitualmente y que lo hacen cada vez a edad más temprana, como algo “normal”, secundado de una arraigada costumbre cultural de la sociedad.
“Depende a qué hora el grupo tome la decisión. De día es mejor por la mayor seguridad que tienes, pero lo malo es que todos te pueden cachar (descubrir)”, explica Eddy (15 años).
La ingesta es siempre en grupo, “con los cuates”, es decir, los amigos. “El que toma solo se ralea, está mal”, considera Gustavo.
Esta práctica se ha constituido en “un tipo de reunión social”, explica Jannette Villanueva, responsable de Programas de la Unidad de la Niñez y Adolescencia de la municipalidad paceña.
Los muchachos y muchachas que se reúnen por este hábito se cuentan chistes, anécdotas, hablan de sus amores y del resto de sus compañeros de curso.
“Es fácil. Hablas más, con unos cuantos soldados (bebida barata elaborada con alcohol blanco y jugo de frutas) y estás en confianza”, dice Marta (18).
Otro de los factores que fomenta la formación de grupos es la necesidad económica. Los estudiantes, especialmente de secundaria, no generan ingresos, o si lo hacen son reducidos, por lo que la colaboración es un requisito indispensable para conseguir las bebidas para la reunión.
“Lo primero que hacemos cuando nos vamos a chupar es una vaca (colecta). Cada quien da lo que puede, una o dos lucas (bolivianos). Juntamos la plata y compramos”, cuenta Gustavo.
Según Villanueva, este sistema permite que todos consuman por igual. “Lo importante para ellos no es lo que puedas dar, sino que los acompañes”, agrega.
La presión del grupo es uno de los incentivos para que los adolescentes se inicien en la bebida. “Me decían que no fuera maricón, que mostrara que era su amigo. Y así es como comencé”, recuerda Fernando (19).
El muchacho o muchacha quiere ser aceptado por el grupo, debe y quiere demostrar que puede ser como el resto.
“Es difícil que se resistan. Ellos (los adolescentes) quieren ser respetados por sus contemporáneos, ser aceptados. No quieren ser parias”, afirma Villanueva.
Para otros, el consumir bebidas alcohólicas supone una especie de prueba de hombría, una manera de demostrar que ya no se es un niño, que ya creció.
“Lamentablemente, esta prueba se da cada vez más temprano. Antes se comenzaba a los 15, ahora tenemos chicos de 12, 11 y hasta 10 años tomando en las calles”, revela Villanueva.
Otro de los factores es la continua presencia de los mensajes mediáticos que igualan diversión, madurez y prestigio con el consumo de alcohol. “Tenemos el ejemplo de la fiestecita con cerveza o del estilo de vida con whisky”, añade la funcionaria.
Sin embargo, estos tragos no encajan en el presupuesto de los jóvenes y adolescentes. Para ellos están disponibles los combos de diversa calidad y los soldados.
“Compran una botellita de alcohol, de esas que máximo cuestan Bs 2 y la mezclan con un jugo. En total no gastarán más de Bs 8”, explica el cabo Félix Mamani de la Patrulla de Auxilio Ciudadano (PAC).
Esta bebida no sólo es barata, sino que también es fácil de conseguir. No hay ninguna restricción en la venta del alcohol, ya que éste es utilizado en funciones médicas y rituales y puede ser adquirido en cualquier lugar, al igual que las botellas de jugos.
Los muchachos prefieren este brebaje por su potencia, mayor de lo que su precio sugiere.
“Es más rentable. Mirá, las chelas, que son baratas, si sólo tomas una o dos, no te hacen nada. Tienes que tomar muchas para que te hagan efecto. Ellos quieren algo más fuerte, que los maree rápido”, asevera Fernando. Si el grupo consigue recolectar más dinero, van a algunas licorerías previamente seleccionadas, tiendas de confianza o a los puestos de la Buenos Aires a conseguir combos.
Los combos consisten en una combinación de algún tipo de trago —comúnmente ron, singani o vodka— con un refresco o gaseosa. El precio depende de la calidad del alcohol empleado y su precio puede variar entre Bs 15 y algo más de Bs 50, según cuentan los propios muchachos.
Los más baratos están compuestos por las adulteraciones de marcas conocidas.
“Encuentras todo tipo de nombres. Barrilito, Pampeano, Pampeños y otros que siempre tienen la etiqueta fotocopiada”, asegura Ramiro (22).
Los combos son más consumidos por los estudiantes de universidad, que cuentan con mayores ingresos y libertad.
Pero los escolares se dan modos de conseguir el dinero para estos “lujos”. “Hay los que empeñan su mochila con todo y útiles por un equivalente de siete lucas. Las dejan por dos días, hasta que consigue la plata. Quienes siempre te aceptan son las caseras de confianza y los que venden los tragos en la Buenos Aires”, confiesa Marcelo (18).
Los escenarios para estas reuniones son los mismos para los universitarios como para los escolares, aunque los primeros tienen disponibles más espacios.
“Se los encuentran en las plazas alejadas, en las vías públicas, en las fiestas, en las casas (aprovechando la ausencia de los padres) y en boliches ocultados”, informa un oficial de la Guardia Municipal que pidió anonimato.
Una característica de los bebedores universitarios es que no se alejan mucho de su casa de estudios. No sorprende al peatón observar a grupos de estudiantes tomando en los jardines del Monoblock, de la UMSA o en la calle Omasuyos (zona Norte), el campus de Cota Cota, la plaza Triangular o la Costanerita, según la comuna paceña.
Detenerlos es tarea de todos los días. La Guardia Municipal realiza batidas a cualquier hora, pero, con pocos resultados, según lamenta Villanueva, ya que los muchachos “regresan una vez que los frutillas se alejan”.
Testimonios
“Siempre se consigue dinero”
FERNANDO, Universitario de 19 años
“Mis amigos me decían que no fuera maricón, que mostrara que era su cuate. Y así es como comencé. Tomábamos soldados, yo quería cerveza, pero un soldado es más rentable. Mirá, las chelas son baratas si sólo tomas una o dos, pero no te hacen nada; tienes que tomar muchas para que te hagan efecto. Ellos quieren algo más fuerte, que los embriague rápido. Cuando no queríamos entrar a clases, hacíamos una cuota. Algunos daban más que otros, pero siempre conseguíamos reunir quibo, entre mis tres cuates y yo, como para hacer dos soldados. Con eso íbamos a la plaza a chupar todo el día”.
“El que toma solo, se ralea”
GUSTAVO. Escolar de 17 años
“El que toma solo se ralea, está mal. Nosotros siempre nos reunimos con los cuates para chupar, pasarla bien con los amigos. Además, entre varios es más fácil protegerte de los maleantes, escapar de los frutillas y conseguir buen trago. No es obligatorio dar mucha plata. Lo primero que hacemos cuando nos vamos a chupar es una vaca (cuota). Cada quien da lo que puede, una o dos lucas. Juntamos la plata y compramos un soldado o, si logramos conseguir más, alcanza para un combo. No nos podemos dar muy duro (beber mucho) entre varios, ya que el trago es poco”.