Sivak revela las simpatías entre Clinton y Evo Martín Sivak, periodista y escritor argentino, lanzará el lunes 12 su nuevo libro. “Jefazo” es el título de una obra que retrata a Evo Morales en sus momentos de intimidad política y en medio del drama boliviano.
El periodista Martín Sivak ha tenido un acceso único a la intimidad del presidente Evo Morales. Le entrevistó por primera vez en 1995 y desde entonces lo acompañó en distintos momentos de su vida. Para escribir este libro, viajó con él por África, Estados Unidos, América Latina y cada rincón de Bolivia. Asistió a grandes actos, a reuniones de gabinete (con su círculo íntimo, con alcaldes y sindicalistas) y a encuentros bilaterales con Gadaffi, Clinton y Chávez, entre otros.
Jefazo cuenta, en sus capítulos pares, la historia personal de Morales; en los impares, la cocina de los años de su convulsionado mandato; en unos y otros asoma el drama contemporáneo de Bolivia. Entrevistas y una pesquisa de archivos y documentos complementan la experiencia del autor, en muchos casos testigo directo de los hechos que narra.
Sivak —un conocido autor en Bolivia por dos títulos suyos: El asesinato de Juan José Torres y El dictador elegido— cedió a La Razón fragmentos de su nueva obra que será lanzada el lunes 12, en simultáneo, en Bolivia y Argentina. Los lectores lo podrán adquirir en las librerías como resultado del esfuerzo de editorial El País.
FRAGMENTO I
De cal y de arena En 2003 Sánchez Berzaín estaba a cargo de destruir políticamente a Morales. En una reunión con funcionarios de gobierno explicó el plan: “Estamos tratando de ver si está vinculado al narcotráfico. En realidad, tenemos tres líneas de investigación: 1) Cocaína, 2) Propiedades y 3) Vida privada”.
A las pocas semanas, El Zorro decidió suspender la investiga- ción sobre la vida privada, porque creía que a nadie le importaba.
Lo más firme, le dijo a su gente, era la línea 2:
—Estamos viendo si el pobrecito, muerto de hambre, en rea- lidad tiene doscientas hectáreas.
Nunca encontró nada.
En esa primera reunión reconoció que le resultaba imposible comprar a Evo, pero que le pagaba a Felipe Quispe.
—No sé cuánto le pagas —le dijo uno de sus interlocutores—, pero no sirve para un carajo. ¿Qué mierda has ganado?
—Tú no entiendes. Quispe nos da una de cal y otra de arena. Él, a la hora de la verdad, se alinea.
El desarrollo posterior de los hechos mostró que Quispe no se alineaba. O nunca cobró nada y Sánchez mentía; o recibía algo y después hacía lo que quería.
Goni no aprendió la lección del Febrero Negro. En breve comenzaría la última guerra de Sánchez de Lozada en suelo boliviano: la del Gas.
—Goni, existe el riesgo de una guerra civil —le advirtió en junio el analista político Cayetano Llobet en una reunión privada.
—No sé de qué lado estarás tú, Tano, pero yo voy a ganar esa guerra —contestó.
FRAGMENTO II
Octubre 2003 Mientras Mesa hablaba con Greenlee, Sánchez de Lozada seguía aferrado al poder. Creía que las medidas que había propues- to horas atrás —referéndum consultivo sobre la política del gas, revisión de la Ley de Hidrocarburos e incorporación de la Asamblea Constituyente al régimen constitucional— podían concretarse y ganar aire. El plan B podría graficarse en una frase atribuida a Sánchez Berzaín: “Con novecientos noventa y nueve muertos quizás no alcance, pero con mil quizás alcance”. El entonces ministro de Defensa le preguntó al Presidente hasta dónde estaba dispuesto a llegar.
—Hasta donde llegó Salvador Allende —contestó.
Aunque en nada se parecían —ni los personajes, ni la coyuntura histórica—, Sánchez Berzaín se envalentonó, ya que interpretó que Goni batallaría hasta el final. Entonces deslizó otra cifra de muertos: “Con dos mil muertos nos quedamos, pero con un costo muy alto”. La familia de Sánchez de Lozada presionaba para que Goni no imitara a nadie: con una fortuna calculada en doscientos millones de dólares pesaban otras prioridades.
FRAGMENTO III
—Éste es el gobierno de los solteros —me dijo—. Cada vez que vuelvo de un viaje tengo miedo de que Álvaro (García Linera, el vicepresidente) haya hecho un decreto imponiendo una primera dama.
—Cuando te conocí (en 1995) planeabas casarte. ¿Qué pasó?
—Sí, claro. Fue la única vez que estuve cerca de casarme. Pero el compañero David (Choquehuanca, su canciller) me convenció de que no lo hiciera. No me casé y ya no creo que me case. Además, yo estoy casado con Bolivia. Alguna vez me dije: “tanta gente me quiere, pero no me quiere una mujer”. Y eso pasaba en la década del 90. Yo proponía matrimonio y me decían: “No, te van a matar, te van a meter en la cárcel”.
—¿Quién te dijo eso?
—Algunas compañeras de la clase media, de la clase profesional. Y nuestras compañeras me decían: “Yo me quiero casar, pero para estar todo el tiempo contigo”. Y es difícil. Imagínate salir a las cinco de la mañana y la dejas ahí, botada en la cama.
El Vocero le pasó el hilo dental. Evo cortó un pedazo y lo hizo circular. Nos sacamos de entre los dientes los restos de animales, menos el Vice que había traído cepillo.
—Álvaro —le pregunté—, ¿no es peligroso que vueles con el Presidente?
—Si nos quieren matar, nos matarán pues.
FRAGMENTO IV
Clinton Evo visitó Estados Unidos por primera vez en septiembre de 2006 con motivo de la inauguración de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Hasta entonces figuraba en una lista de terroristas que no podían entrar al país.
Presidentes, ex presidentes, lobbistas, académicos y políticos lo recibieron con extrañeza y hasta con cierta admiración. Bill Clinton fue uno de ellos. En la cola para ingresar a un acto de su fundación, se codeaban personalidades como Vicente Fox, Javier Solana, Bill Gates o Madeleine Allbright. Clinton se detuvo en Morales:
—Presidente, me honra con su presencia —agradeció ante la sorpresa de los que miraban.
Al rato tendrían una reunión en un penthouse del hotel Sheraton. Al ex presidente lo acompañaban tres asesores y un empresario amigo.
—Usted no es Chávez. Si tiene petróleo, puede ser un bocón. Es imprescindible para la democracia de Bolivia que a usted le vaya bien. Si a usted le va bien, quiere decir que hay democracia —le dijo después de haberle prodigado el “tratamiento Clinton”, que consiste en tocar al otro más de lo que se acostumbra.
Morales le habló de los 500 años de dominación colonial y ese tema no pareció interesarle tanto al ex presidente. Mientras tomaba un café, Clinton se refirió a la administración republicana:
-No importa los problemas que ha tenido con este gobierno. Los que yo tuve han sido peores.
Cerró con un gesto final:
—Si yo fuera un minero boliviano, habría votado por usted.
Al salir, le dijo a un asesor: “Escucha, quiero ayudar a este tipo. No digo pavadas”. A otro lo sorprendió: “¿Es este tipo real?”.
Además de a Clinton, Evo había sorprendido a sus custodios. En una primera reunión con indígenas pidió que cada uno se presentara. “Soy Evo Morales, un aymara del ayllu...” Hasta que la ronda llegó a un pelirrojo alto y el Presidente le indicó, con un gesto, que él también lo hiciera: “Soy John, del servicio secreto”.
FRAGMENTO V
El Presidente Después de un “¿cómo estás?” monologó durante un rato largo casi sin interrupciones. Como en los discursos públicos, los temas se entremezclan según vínculos firmes, a veces imperceptibles para sus oyentes. Se veía más ejecutivo, más hacedor y más preocupado por la gestión que el Morales de 2006.
—Condonaron la mitad de las deudas. Y yo pensaba que después de la condonación no sería posible pedir crédito. Antes estaba en contra de los créditos porque creía que había que usar la plata que uno tenía y ya... Los ministros tenían sueldos de tres mil dólares y sobresueldos de [otros] tres mil dólares. Yo quería ganar cinco mil pesos (625 dólares), que es lo que necesito para la pensión de mis hijos, pero me dijeron que si pedía eso todos los ministros debían ganar menos que yo... Como dirigente sindical necesitaba para caminar y comer: acá es lo mismo y como me pagan la movilidad y la comida no necesito más....Yo acabo de entender lo del déficit fiscal y lo del superávit: antes de ser presidente no sabía... De 1970 en adelante el Estado siempre tuvo déficit fiscal. Y nosotros no fuimos a Estados Unidos a pedir dinero para pagar los aguinaldos, hemos pagado antes... Las reservas estaban en mil setecientos millones y ahora están en tres mil quinientos millones. El peso boliviano se revalorizó frente al dólar... Empezamos con una deuda de cinco mil millones de dólares: cada boliviano debía unos quinientos dólares y ahora, menos de doscientos... Tampoco podemos cambiar el modelo de quinientos años, de veinte años, en un año y medio de gobierno... Quiero que haya voto a partir de los dieciséis años… En el campo, el niño trabaja desde que anda: a los seis o siete años, ya espanta a los pájaros para que no se coman la quinua. Eso hice yo... Los ministros deberían pasar horas escuchando a los cocaleros... Hay un problema campesino que es el paso del campo a la ciudad. Hasta que no se resuelva ese problema no se resolverá el problema de Bolivia... Mira, yo nunca pensé en ser alcalde y ahora soy presidente.
Esa tarde, hablaba como alcalde y como Presidente. Su primer año de gestión cerró con una paradoja: muy buenos números económicos (bajaron la pobreza, la desocupación, por primera vez en 30 años no hubo déficit fiscal —pero sí superávit— y la deuda externa se redujo a la mitad) y dificultades políticas por conflictos regionales y con distintos sectores. Ese Evo de abril de 2007 ya había incorporado a su retórica radical las preocupaciones del gestor. El Palacio, en el que siempre temió quedar encerrado, preso de protocolos ajenos, había empezado a moldearlo.
El Presidente seguía obsesionado por observar cada detalle. Esa tarde llamó al Alcalde de La Paz para que arreglara unos focos de la plaza Murillo y al de Cochabamba le indicó que llevarían el cemento para construir una calle en su ciudad.
Jefazo
Después de la cena, Evo subió a su cuarto para dormir. En el camino, dijo que teníamos que hablar.
—¿Cómo se llamará tu libro?
—Jefazo.
—¿Jefazo? (riéndose). No, pero tiene que ser Subjefazo.
“Clinton cerró con un gesto final, le dijo: ‘si yo fuera un minero boliviano, habría votado por usted.’”
El autor
El periodista • Martín Sivak (Buenos Aires, 1975) se recibió de sociólogo en la Universidad de Buenos Aires y es periodista desde los dieciocho años: ha escrito para diarios y revistas de América Latina y participó en ciclos de radio y televisión. Es conocido en Bolivia.
Sus obras • Publicó El asesinato de Juan José Torres (1997), El dictador elegido. Biografía no autorizada de Hugo Banzer Suárez (2001), El Doctor. Biografía no autorizada de Mariano Grondona (2005), y Santa Cruz: una tesis (2007). Actualmente vive en Nueva York.