Rubén Costas y algunos dirigentes cruceños aparecen ante muchos como los malos de la película, capaces de engañar a cientos de miles de ciudadanos. Algunos patriotas, movidos por altos sentimientos morales, tratan de liberar del estado de servidumbre a miles de campesinos guaraníes en el Chaco boliviano. Algunos echan la culpa a Goni de nuestros desastres. Otros, menos advertidos, hacen lo mismo con relación a Evo.
Todos parecen haber olvidado las enseñanzas elementales de la sociología: la historia avanza en torno a consensos y discrepancias de grupos formados por miles de personas; todos ellos defendiendo, además de sus derechos personales, sus derechos colectivos. La sustancia de éstos sufre variaciones a lo largo del tiempo; una visión general, y algo grotesca de esta dinámica, muestra dos grandes grupos: los que defienden derechos con necesidades materiales básicas y con un sentido social, y los que ocultan la prelación de la defensa de sus intereses individuales frente a los colectivos. El líder tiene un papel importante en estas fricciones, mas, no es el determinante.
Ello sugiere que hay un marcado retroceso en las categorías de análisis de la historia, tanto en la derecha como en la izquierda. La derecha atribuye algunas tribulaciones por las que atraviesa Bolivia a su presidente Evo Morales; si dicha presunción fuese cierta, habría que analizar las raíces históricas y sociológicas para que ello ocurriese; lo que no hacen ni se proponen hacer los que aceptan como verdadera esa premisa.
En la actual lucha política, a los indígenas se les enrostra el hecho de tener poca educación, pero, si esto fuese verdad, ¿no es la culpa del grupo social que por privilegiar sus intereses personales privó históricamente al Estado de los recursos necesarios para educar a toda su población?
La literatura del primer cuarto del siglo pasado, incluyendo a la producida por Alcides Arguedas, llamaba la atención sobre la necesidad de que la clase pudiente
sintiese compasión por los desmunidos. Ahora, se razona en muchos círculos de izquierda en los mismos términos, promoviendo la liberación de la servidumbre por fuerzas externas en vez de plantear la movilización social de los oprimidos. En este proceso de empobrecimiento del análisis sociológico, se ha llegado a plantear que algunas pocas personas en Santa Cruz son capaces de arrastrar a miles de conciudadanos en defensa de intereses personales.
En épocas de globalización, aquí no termina la historia. La actual Constitución no dice una sola palabra sobre el posicionamiento de Bolivia frente al mundo. Quizás esto se explica por la altura de la Cordillera de los Andes, que no nos permite ver lo que pasa en el mundo y a la vez nos protege de él. Mas, sorprende que el estatuto autonómico de Santa Cruz no diga palabra alguna sobre el resto de los departamentos de Bolivia. Y sorprende también que muchos intelectuales bolivianos, al sostener que el referéndum del 4 de mayo “cambiaba Bolivia”, no se dieran cuenta de aquello. Muestran a Santa Cruz como si fuese un pueblo perdido en su país y en el mundo.
El defecto más grave del nuevo enfoque es el de plantear la lucha de colores como el motor de la historia olvidando lecciones elementales de la sociología. Hoy no se habla más de la posición que los unos y los otros tienen en el proceso productivo y en la distribución de la renta; en muchos análisis es más importante el color de la piel, que para colmo de los males tiene miles de matices. Fuera de ser un error sociológico, este error deja a la biología muy mal parada.
*Rolando Morales A. es economista. Actual superintendente de Empresas.
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