El papel de Chuquisaca Sucre se trazó el objetivo de recuperar el rol de administrador del destino del país y, como no lo había hecho antes desde finales del siglo XX, peleó en las calles por su ideal. En un año, el capitalino recuperó la confianza en sí mismo y la unidad.
Este 25 de mayo, día de fiesta nacional, encuentra a Chuquisaca en un momento particularmente importante, tanto para el departamento como para el país.
La idea de repensar Bolivia —hasta hace poco se habló de una refundación— y la incertidumbre reinante debido a una polarización que ha dividido las opiniones y estancado al aparato productivo, obliga a los bolivianos a volver su mirada a Chuquisaca, como en los orígenes de la República, por el papel determinante que desempeñó en la construcción del Estado.
Qué duda cabe de que el año pasado, a la luz de los hechos de noviembre, con el enorme movimiento social en La Calancha, la historia devolvió a Chuquisaca el protagonismo que le había encomendado en los inicios de la Bolivia republicana. Aquel mes cambiaría el curso de la gestión del Gobierno Nacional como del mapa político-regional.
Pero, para que ello ocurriera tuvo que correr bastante agua bajo el puente... El 6 de agosto del 2006, la esperanza de los bolivianos volvía a depositarse en torno de un magno acontecimiento, la Asamblea Constituyente, de nuevo en Sucre. Como hace 199 años, cuando el tañido de la Campana de la Libertad se escuchó en las callecitas del casco viejo de la ciudad y luego se atrevió a borrar fronteras hasta regarse por el continente.
Durante más de un año, el anhelado objetivo de un pacto social, imprescindible para dejar atrás el desencuentro nacional y aspirar a un futuro más digno para todos, mantuvo en vilo a la ciudadanía. Mas, la decepción no tardó en llegar, echando por tierra las voces optimistas que, bajo la irrefutable composición plural de la Asamblea, apostaron a la unidad en la diversidad como virtud salvadora.
Pronto quedó en evidencia que los problemas no podrían ser resueltos en el teatro Gran Mariscal. Entonces, el movimiento cívico chuquisaqueño apeló a la herencia de los antepasados y colocó en lo más alto de las reivindicaciones a la capitalidad plena, con el retorno de los poderes Ejecutivo y Legislativo.
Fue así que el sucrense tomó conciencia de que el equilibrio nacional, sobre la base de mejores oportunidades para los nueve departamentos, y un mayor desarrollo regional dependían de la capitalidad plena. Sucre se trazó el objetivo de recuperar el rol de administrador del destino del país, convirtiéndose en la bisagra de su desarrollo, y, como nunca antes lo había hecho desde finales del siglo XIX, peleó en las calles, por ese ideal. Tres jóvenes pagaron con sus vidas este sentimiento, trayendo a la memoria las luchas de 1809 y 1899. La capital de la justicia boliviana se plantó, otra vez, como centinela de la legalidad.
Hoy, con las heridas de noviembre todavía vivas, Chuquisaca festeja otro aniversario, esta vez apostando por la autonomía departamental. Sus perspectivas de un crecimiento sostenido se concentran en la riqueza hidrocarburífera que yace en el subsuelo y le auguran tiempos de bonanza económica y, ojalá, de un desarrollo equitativo, para bienestar de su población.
En un año, el capitalino recuperó la confianza en sí mismo y, lo más importante, la unidad. Y el Gobierno debe hallar la mejor manera de oír a esa región tan importante. Chuquisaca y Bolivia celebran hoy un momento histórico, que seguramente dejará los mejores frutos para el país.