La imagen de las FFAA Desde que los conflictos sociales comenzaron a imponer su ley, las FFAA perdieron toda autoridad y, hoy, empiezan a pagar caro su incapacidad de desvincularse de la política. Los militares no pueden ser una fuerza de choque de ningún gobierno.
Últimamente, la institucionalidad de las Fuerzas Armadas (FFAA) ha sufrido graves quebrantos, lo que pone en duda la competencia de sus mandos y en entredicho el sometimiento al que se prestan ante los gobiernos.
La intensa actividad del contrabando en la población de Desaguadero ha vuelto a dejar en evidencia a las FFAA, tal cual ocurrió en las funestas jornadas del 24 y 25 de mayo en Sucre.
El último martes, cuando se intentaba posesionar al Jefe del Comando Conjunto que tiene la misión de luchar contra el contrabando en Desaguadero, los pobladores opusieron una tenaz resistencia, quemaron las oficinas de la Aduana, rompieron los vidrios de los vehículos de la comitiva oficial y tomaron el control de la tranca de acceso a esa zona.
El ministro de Defensa, Walker San Miguel, y las máximas autoridades militares asistieron al acto, pero no pudieron contener la revuelta de los pobladores que, para enfrentar a las fuerzas de la institución castrense, se armaron de valor antes que de cualquier otra cosa. Con piedras y palos llegaron al lugar para protestar contra la presencia militar.
Entonces, la pérdida de autoridad de las Fuerzas Armadas quedó nuevamente al descubierto. Aunque esta vez la salida fuera más digna, la historia de la humillación se repitió en menos de dos semanas. En la capital del país, un día antes de la efeméride de Chuquisaca, los militares pasaron por desagradables momentos al verse doblegados por la gente que protestaba contra el probable arribo del presidente Evo Morales.
Los manifestantes, reunidos en los alrededores del estadio Patria, obligaron a unos soldaditos a abandonar la zona con una bandera de Chuquisaca. Esos jóvenes habían sido enviados hasta allí para resguardar, a nombre de las FFAA, el homenaje que el presidente Morales había decidido realizar, junto con las organizaciones sociales del MAS, en forma paralela a los actos oficiales de Chuquisaca. Pero, al final, lo que se vio en los canales de televisión, una y otra vez, fue una deshonra.
Una dispersión similar se produjo el martes 3 de junio en Desaguadero, frontera con Perú. Tras la posesión de Ramiro La Fuente al frente del Comando Conjunto, cuando el ministro San Miguel todavía pronunciaba su discurso, habitantes de esa localidad comenzaron a atacar con piedras a los efectivos militares, que sólo portaban gases lacrimógenos.
En definitiva, San Miguel y los jefes militares tuvieron que huir del lugar, mientras que el resto de la tropa se vio obligada a salir en caravana del pueblo. Otra humillación más.
¿A qué se dedican las Fuerzas Armadas de la Nación, si cuando se las necesitan no pueden actuar? Esa es la pregunta que muchos bolivianos se hacen en este momento, después de ver a sus militares abochornados y, lo que es peor, no haciendo respetar a su institución frente a la conveniencia y los intereses políticos del partido de turno en el Gobierno.
Esta situación no es nueva. Desde que los conflictos sociales comenzaron a imponer su ley en el país, con los sucesos de octubre del 2003, las FFAA perdieron toda autoridad y, hoy, luego de varios pasos en falso, empiezan a pagar caro su incapacidad de desvincularse de la política. La institución castrense no puede ser una fuerza de choque de ningún gobierno.