Filemón Escóbar, el viejo dirigente minero, no entiende cómo los cocaleros del Chapare se niegan a seguir un consejo que él les dio antes de que Evo Morales llegara a la Presidencia de la República.
Filipo cuenta ahora que les dijo a los cocaleros que debían estar preparados, pues si Morales llegaba a ser presidente, ellos debían dejar de producir coca, por lo menos mientras esté en el cargo, si no querían perjudicar su gestión.
Lo estoy diciendo en palabras publicables. Las que él usa son mucho más expresivas.
Para pedir aquello a los cocaleros, el viejo guerrero sindical tuvo en mente el sacrificio que hicieron los mineros de Catavi, en 1952, cuando tuvieron que trabajar por lo menos seis meses sin recibir salarios sólo para garantizar que la mina sea rentable y apta para ser nacionalizada.
La conciencia revolucionaria había sido la que produjo aquel milagro en Catavi. De mayo a octubre de 1952, los trabajadores estuvieron sin recibir salarios. Y lograron su objetivo.
Filipo no entiende cómo es que los cocaleros, en cambio, no pueden actuar con conciencia revolucionaria, si saben que con un pequeño sacrificio estarían ayudando a su líder, el actual Presidente de la República.
Las decepciones de Filipo son muchas. Yo le recordé una. La que sufrió en septiembre de 1986, cuando comprobó que los mineros de base de Comibol preferían ser relocalizados antes que sacrificarse para mantener la vigencia de las minas estatizadas, como él y Simón Reyes les proponían entonces, angustiados. Los mineros de base habían sido tentados por la oferta de que recibirían tres veces más del monto que les correspondía si se acogían al despido. En efecto, como lo escribí entonces, la relocalización fue propuesta por Paz Estenssoro pero impuesta por las bases mineras.
Y él recordó otra decepción más. En 1993, esos mineros que habían preferido el soborno de las indemnizaciones extralegales fueron nuevamente sobornados. Sánchez de Lozada les ofrecía a muchos de ellos que si votaban por su partido, él les devolvería los ahorros que perdieron con la quiebra fraudulenta de la financiera Finsa, donde habían depositado el dinero del primer soborno. Y aceptaron, dice Filipo gritando de indignación. ¡Los mineros relocalizados estafados por Finsa ayudaron a elegir a Sánchez de Lozada, que iba a privatizar las empresas estatales con el cuento de la capitalización!
Pues bien. Parece que Filipo no se rinde y, a pesar de todas las decepciones que sufre, sigue esperando que la gente actúe con conciencia revolucionaria.
Siguió a esos mineros, que ya sabían de sobornos, hasta el Chapare. Y mantuvo su discurso, reclamando gestos de conciencia revolucionaria. Como lo había hecho un antiguo palestino, Filipo siguió predicando. Sus mineros estaban ya adorando a becerros de oro. Pero él seguía pidiendo conciencia revolucionaria.
Ahora se sabe por qué los cocaleros no dejaron de cultivar coca cuando llegó Morales a la presidencia. Porque lo único que ellos persiguen, lo único que buscaban cuando aceptaban los ingenuos seminarios políticos que les daba Filipo, era contar con garantías para seguir cultivando coca. Y para eso están usando el gobierno de Morales. El becerro de oro ha triunfado. Pero Filipo sigue en la brega.
*Humberto Vacaflor G. es periodista.
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