El célebre festival antibélico celebrado en agosto de 1969 cuenta con un museo que evoca la música, el desenfreno y la forma de vida de toda una generación.
Texto y Fotos: AFP
Desenfreno, juventud, yoga, música, drogas... pero sobre todo un profundo deseo de paz para el mundo. Hoy, en pleno siglo XXI, un museo permite revivir desde el 2 de junio el festival de Woodstock, en el mismo lugar donde medio millón de hippies celebraron en agosto de 1969 a los grandes del rock y el nacimiento de esta ya célebre contracultura estadounidense.
Créase o no; Woodstock, una pequeña ciudad situada a un centenar de kilómetros al norte de Nueva York, Estados Unidos, donde vivían o grababan decenas de artistas como Bob Dylan o Janis Joplin, no es en realidad el lugar donde sucedió el acontecimiento.
El festival marcó a toda una generación de “baby boomers” (personas nacidas después de la Segunda Guerra Mundial) en el planeta, cuando estrellas como Jimi Hendrix, Joe Cocker, The Who, Joan Baez o Ravi Shankar ofrecieron conciertos gratis que duraban del alba al alba siguiente.
Como el público vivió tres días de libertad, droga, yoga y desnudez, en realidad el evento tuvo lugar en una chacra de 240 hectáreas, situada a 76 kilómetros del lugar, en Bethel Woods, a unos 200 kilómetros de Nueva York.
Un museo para revivir
La compra de la propiedad hace dos años por Alan Gerry, magnate local de la televisión por cable, permitió invertir los 100 millones de dólares necesarios para el museo y sus anexos. Apunta a promover el desarrollo turístico de una región golpeada por la desocupación.
Algo similar pasó para el festival de Woodstock. En 1969, la aventura se produjo porque un joven norteamericano, Sam Yasgur, logró convencer a su padre de la importancia del proyecto. Max Yasgur, que tenía 49 años, prestó su granja, recibió a la muchedumbre y soportó las consecuencias financieras desastrosas de la iniciativa.
“Cuando aceptó Jimi Hendrix, la ola de estrellas vino detrás”, cuentan los promotores en un video del museo, que reúne en más de 1.000 kilómetros cuadrados documentos fotográficos mostrando a jóvenes bañándose desnudos o rezando para que pare la lluvia, carteles, mensajes privados, automóviles pintados con estilo sicodélico, así como videos con un documental de la Warner sobre la época que vivía el país.
Asesinatos de políticos como John y Robert Kennedy o Martin Luther King, crisis de los misiles en Cuba, lucha por las libertades: los 60 fueron cruciales para Estados Unidos. El museo establece esos paralelismos entre arte y sociedad.
El lenguaje de la paz
La guerra de Vietnam está omnipresente en el festival, como en la canción de Country Joe and The Fish: “Uno dos tres cuatro, ¿por qué estamos combatiendo? no me lo pregunten, no me importa, próxima estación Vietnam”.
“Si hoy tenemos un afro-norteamericano y una mujer en la carrera por la presidencia es gracias a la herencia de aquellos años”, dijo a la prensa Richie Havens, que abrió el festival cuando los demás músicos estaban bloqueados en la autopista 17, atascada con cientos de miles de automóviles.
Los artistas finalmente llegaron en helicóptero hasta cerca del escenario, instalado al pie de la colina que hoy se puede visitar. “Vine de Texas con un amigo y nunca más me fui, aquí encontré trabajo y una mujer”, cuenta Duke Devlin, de 65 años, que trabajó en las granjas y ahora como guía turístico.
Si Woodstock marcó a la gente es por el entusiasmo pacifista que rodeó al acontecimiento, donde incluso la Policía estaba desarmada y llevaba insignias de “paz” en vez de “seguridad”, y donde el Ejército entregó víveres por helicóptero cuando escaseó la comida.
Algunos temas fueron improvisaciones: “Me dijeron: Richie, ¿cuatro canciones más? Ok, canté cuatro canciones. Y luego otras cuatro, y otras cuatro. Cuando ya no me quedaban, improvisé. Así nació ‘Freedom’”, cuenta Richie Havens, que inauguró el festival de cine de Cannes con esta canción.
La droga, omnipresente en Woodstock, apenas se evoca al pasar. “Casi vendemos unas píldoras ‘anti-ácido’ en la tienda, en referencia irónica a una advertencia pública durante el concierto sobre píldoras que no eran muy buenas, pero finalmente no lo hicimos”, comentó Wade Lawrence, director del museo de Woodstock.