Las nacionalizaciones no son condenables como tales, pero hacen meditar sobre sus ventajas cuando llegan este tipo de circunstancias, en que la estrella energética del cono sur, el país que era considerado el Kuwait de la región, ha caído en una crisis semejante.
Los departamentos de Cochabamba, Oruro y La Paz reciben menos gas natural del que necesitan. Esos departamentos precisan 88,7 millones de pies cúbicos de gas por día, pero solamente les llega 73,1 millones.
En metros cúbicos, estas cifras equivalen a 3,1 y 2,3 millones, respectivamente. Comparando con las exportaciones, el compromiso de venta a Argentina es de 7,7 millones de metros cúbicos y sólo se le envía un promedio de 1,8 millones. De aquí surge que la crisis en la producción de hidrocarburos haya alcanzado incluso al gas natural de consumo interno, lo que no deja muchas esperanzas a los países vecinos que siguen esperando que Bolivia les venda mayores volúmenes.
Esta escasez se suma a la que ya existe de gas licuado de petróleo (GLP), de diesel oil y de gasolina en algunas ciudades, y a la perspectiva de que este invierno dé lugar a que se conozca con precisión el déficit de energía eléctrica.
Bolivia, que era la esperanza de resolver los problemas energéticos de la región, o al menos del cono sur del continente, ha pasado a ser otro país con dificultades de abastecimiento.
El pueblo boliviano es muy estoico. La mayor parte de los hogares del país sigue usando leña o carbón, taquia o yareta para cocinar. La calefacción es un lujo al que los connacionales todavía no aspiran a conocer.
Sería bueno que el Gobierno, como administrador del Estado, se ocupe de resolver los problemas causados por esta crisis. No es admisible que teniendo semejantes posibilidades de contar con energía de todo tipo, desde la hidráulica, la eólica, la hidrocarburífera y la geotérmica, se sufra igual que las naciones que no cuentan con estos recursos.
Se trata, definitivamente, de un caso de mala administración de los recursos por parte de los encargados de administrarlos: los gobiernos. No sólo el actual, sino también los anteriores.
Ahora, cuando se proclama que la nueva filosofía económica es el ´vivir bien´ de los ciudadanos, es más condenable que nunca una crisis como la que ahora afecta al país.
Otro problema emerge de la falta de cumplimiento con las naciones con las que existen contratos por honrar. Esto deja al país con una mala reputación para la firma de contratos, sobre todo en la perspectiva de recibir cada vez menos recursos provenientes de exportaciones, hoy en día, vitales para Bolivia.
Todo este panorama lleva a la primera conclusión de que las cosas se deben hacer pensando muy bien en las repercusiones, en los efectos inmediatos y mediatos; en suma, en el mañana. No parece eficiente, como se ha visto ahora, tomar medidas que afecten al sistema de producción sin haber previsto las consecuencias que podrían provocar.
Las nacionalizaciones no son condenables como tales, pero hacen meditar al ciudadano sobre sus ventajas cuando llegan este tipo de circunstancias, en que la estrella energética del cono sur, el país que era considerado como el Kuwait de la región, ha caído en una crisis semejante.
Lo que corresponde ahora es resolver los problemas a fin de que esta urgencia energética se extienda el menor tiempo posible y no impacte con severidad en la población, principalmente en los sectores más desamparados.