Más allá de los resultados, los seres humanos somos el producto moral de una cultura que predica como fundamento último la previsión y somos el fiel reflejo de una sociedad neurótica que no tiene tiempo para tomarse un café o leer despreocupadamente un libro, gozando ingenuamente de un momento.
Si la ética oficial alcanza su justificación en la postergación del momento y la maestría convencional radica en sacrificar lo inmediato creando el artificio del devenir, permanecemos enfeudando nuestros momentos al proyecto en que nos hemos convertido y viviendo pres@s de una ansiedad previsora, que no deja espacio para un espíritu que celebra la presencia de lo irreemplazable (la eternidad del instante) y por ende la superioridad de un momento sublime que no es intercambiable.
La educación que se imparte tiene un odio patológico por el ahora. La virtud profesada es sinónimo de renunciamiento (es la condición para entrar al cielo); y sin duda, es el principio y final de una cultura basada en garantizar el paraíso a quien calcula y enajena premeditadamente sus momentos a favor del proyecto de Dios.
Si existe la maldad, si existe el diablo, está siempre enajenando y prostituyendo la fresca ingenuidad del instante. Y cuando volvemos a la planificación, volvemos a la conciencia y caemos en el tiempo. Sólo somos libres cuando vivimos con gozo los instantes, descuidando la trascendencia. Cuando cada segundo es un fin en sí mismo y no sólo un medio para alcanzar uno que otro fin.
Por eso Emile Cioran utiliza el término irreemplazable y no intercambiable para referirse a la magia del momento. Lo propio hace Jorge Luis Borges en su inigualado poema ´Instantes´: ´Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, sólo de momentos: no te pierdas el ahora´.
Evidentemente, la santidad sólo puede concebirse libre de la tiranía del tiempo. Gozando sin cálculos cada momento; sin pasado ni futuro; libre. Es decir que, si existe la santidad, sólo puedo imaginarla en la inocencia del momento, en la ligereza de un beso furtivo y en la inocencia de una caricia que le roba tiempo al tiempo.
Es decir, cuando por fin dejamos de ser para los demás y somos para nosotros; cuando ya no tiene importancia que nos recuerden ni que exista el recuerdo. Porque si pudimos llegar a ese estado de ingenuidad divina, a su vez llegamos al momento supremo del entendimiento: la inmortalidad sólo existe en el momento.
Somos eternos porque somos momentos. El/la que necesite justificar su existencia, que se venda al diablo y se convierta en proyecto. Que enajene su espíritu y envenene sus instantes. Que pierda el ahora por ese prejuicio burocrático llamado futuro.
En ese contexto, los instantes tienen más importancia que todas las revoluciones históricas. Para ser libre hay que abandonar el tiempo y apostar con ingenuidad por el momento. Tal vez entonces tenga algún sentido la inmortalidad y supere su condición histórica de hipóstasis trascendente.
*Mariella Pereyra O. es cientista política.
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