Basta de jugar con la ilusión del hincha Sánchez supo demostrar cualidades excepcionales como jugador; pero, le falta mucho para dirigir con tino un seleccionado que, el domingo, no tuvo peso futbolístico, presencia... tampoco resto físico y menos velocidad, cambio de ritmo, sorpresa.
Basta de improvisar. No se puede jugar con la ilusión de todo un pueblo. Y menos todavía cuando éste, al fin, había logrado unirse y olvidar, aunque sea por un día, las profundas diferencias que permanentemente avivan la crisis nacional. El desastroso partido de la selección ante Chile, al margen de los errores técnico-tácticos, es una muestra de la falta de seriedad con la que se maneja el fútbol en Bolivia, pese a la importancia de este deporte en el ánimo de las sociedades.
Éste no era un partido más. Era la oportunidad para dar el salto de confianza que tanta falta le hace al país y para celebrar, a rienda suelta, el despegue del fondo de la tabla de posiciones en las eliminatorias del Mundial Sudáfrica 2010. Pero, evidentemente, el cuerpo técnico y, por ende, los jugadores no estuvieron a la altura de las circunstancias.
La esperanza en una gloria esquiva desde 1997, cuando Bolivia fue subcampeona de la Copa América, se convirtió en decepción con esta derrota sin atenuantes. Es que no hubo equipo. Ni individualidades, ni dirección técnica. Se puso demasiada carga sobre las espaldas de Marcelo Martins, un chico de 20 años que, si bien estuvo en Brasil, debe sobrellevar el peso mediático del valor de su pase —14 millones de dólares— como el más caro jugador boliviano de la historia.
El entrenador Erwin Sánchez supo demostrar cualidades excepcionales como jugador; pero, le falta mucho para dirigir con tino un seleccionado que, el domingo, no tuvo peso futbolístico, presencia en su casa; tampoco resto físico y menos velocidad, cambio de ritmo, sorpresa. En lo técnico, evidenció una alarmante carencia de juego en equipo y de calidad individual; en lo táctico, desorden, desconcentración. Para mayor desazón, ni siquiera tuvo el carácter para intentar dar vuelta el resultado. Sin embargo, nada de esto es nuevo.
Las debilidades del juego boliviano son conocidas por todos y se arrastran por muchos años; entonces, no está bien achacarle al técnico todos los males de estas eliminatorias.
Sánchez, como cabeza del grupo, se lleva la mayor parte de la responsabilidad, por no haber sabido transmitir la garra que, mínimamente, debe demostrar un equipo cuando juega de local; por sus desacertados cambios que, en lugar de desconcertar al DT rival, Marcelo Bielsa, terminaron mareando a sus propios dirigidos; por no haber infundido la confianza necesaria en las piezas clave: Martins, Campos, Gutiérrez, Raldes, Galarza, para mencionar algunos de todas las líneas del campo.
El fútbol, aunque a muchos cueste asumirlo, tiene más seguidores que la política; la gente le presta más atención a este deporte que a la agobiante rutina de la gestión pública. ¿Los políticos y los dirigentes del fútbol lo habrán notado? No; de otro modo, el país no tendría su actual estructura deportiva, que, carente de un norte y sin las bases mínimas de un proyecto de divisiones inferiores, da lástima en un continente futbolero por excelencia como es el sudamericano.
Lo peor es que, con tanto desacierto, se va generando una peligrosa costumbre a perder. Con la moral siempre caída y la autoestima lastimada, el niño y el joven se olvidan de ganar, e, irremediablemente, se sienten peores que todos. Y, viendo el fútbol de los países vecinos, todos mejoran, menos Bolivia...